Rusia está participando y no está participando en Tokio 2020. Como país, no está. Cómo Comité Olímpico, sí.
En realidad esta situación sería más coherente con la idea olímpica original de Pierre de Coubertin: los Juegos Olímpicos son competiciones entre deportistas, no entre estados. La razón por la que en Tokio 2020 se habla de Comité Olímpico Ruso y no de Rusia, y por qué la melodía que acompaña a sus éxitos es el Concierto para piano y orquesta N° 1 de Tchaikovsky y no el tradicional himno ruso.
La razón tiene que ver, precisamente, con esa política de Estado que en los Juegos Olímpicos, de nuevo, está y no está. Sobre la RDA y la URSS hubo sospechas -confirmadas en el primer caso, por evidencias y confesiones- de dopaje masivo promovido por el Estado.
El caso ruso ha recibido una dura sanción. En 2019 la Agencia Mundial Antidopaje excluyó a Rusia durante cuatro años de eventos internacionales -aunque sus deportistas podrían competir como ‘independientes’ si acreditan su ‘limpieza’- por su contumacia en mantener, o no corregir, un sistema de dopaje amparado por su estructura deportiva y estatal.
Hubo escándalo tras Sochi 2014, hubo exclusión en los Juegos de Invierno de Pyeongchang 2018 y de Mundiales de Atletismo.
Casi ninguno de sus atletas pudo competir en Río 2016. En cambio, no hubo problema alguno en el Mundial de Rusia 2018 pese a que los directamente implicados en el ‘caso’ estaban a la cabeza del deporte ruso, y el fútbol en concreto.




