La cuarta dimensión virtual. Pero también el hábitat del migrante (Gustavo Buntinx).
Por Israel Tolentino
La vez que las mujeres tomaron la sartén por el mango, fue en la brillante promoción de Rocío Rodrigo, guidas por Anna Maccagno (Roma 1918 – Lima 2001).
La especialidad de escultura había abarcado un notorio dominio masculino, por ejemplo, en la Escuela Nacional de Bellas Artes, luego de cien años tienen una mujer en su dirección, mientras su contraparte, la Facultad de Arte de la Pontificia Universidad Católica (PUC), encontraba en Maccagno (1965), a la personalidad del cambio, maestra que encauzó las desbordantes potencialidades femeninas.
Rocío Rodrigo Prado tiene con Huánuco un cordón umbilical, ingresando a la facultad de Arte de la PUC. Vino a esta ciudad, cuenta que el trazo del viaje los realizó Pablo Macera con Cristóbal Aljovín y viajaron junto con ella, María Gracia de Lozada (escultora) y Alfonso Tena.
Conocer el Perú es adentrarse en sus pueblos, sufrir sus caminos, Lima la horrible, espera siempre el retorno; la generación de Rocío tuvo que dejar de recorrer los polvorientos caminos a consecuencia del terrorismo; se interrumpieron miradas, sobre todo, esos lazos con los telúricos espacios de la patria. ¿cuántas posibilidades creativas truncas?
Alguna vez en 1999, Rocío, participó en el mítico taller: “Maestros del carrizo” idea de Alfonso Castrillón y Manuel Munive, con el auspicio de la Universidad Ricardo Palma; un mes de constante trabajo junto a artistas como Esther Vainstein, Ricardo Wiesse, Johanna Hamann, Felix Oliva, Juan Pastorelli, etc.
En esa oportunidad, con el apoyo de los artesanos Marco y Teodoro, concibió a la Barbie/Venus/ Yunza, mujer estrambótica que describía el país de ese momento, mejor decir: el país de siempre.
La contundente exposición individual: Susurros Neo Ancestrales de la Dúctil Ofrenda, exhibida en la sala Venancio Shinki del Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA) en Lima, curada por Gustavo Buntinx, quien hace mucho, resiste los desangelados tiempos reflejados en el arte, donde, desde las esferas ajenas al mismo, intenta desde su lucha almada recuperar su necesaria áurea, es cómplice de ello.
La colosal obra, una gran nave de carrizo recibe al espectador, hecha para conciliar el cielo y el terrenal cubo agonizante, consta de una bilocación del Lanzón de Chavín, con metal e iluminando el perfil con una luz blanca, como el Pentecostés de los alucinados textos de Pablo Macera: Túpac Amaru San Isidro Pentecostés y El Amaru – Teja.
Nueva ascensión de un dios andino llegado desde tiempos chavines. Susurros Neo Ancestrales de la Dúctil Ofrenda, obra que ha transmutado la sala en una capilla, encaja en esa continuidad.
En una semilla que se parte en cuatro germina el Lanzón de Chavín, debajo, adelante y atrás, un conjunto de fetiches puestos sobre el piso acompaña la luz reflejada de la deidad y en dos Keros (dualidad andina) con un espejo en su interior, uno se refleja y se vuelve ofrenda. Los objetos tejidos en bulto, se ofrecen como alimentos, como unidades que, al juntarse y mezclarse en la acción devoradora celestial, tomarán una nueva forma; ovillos enredados, asemejando una criatura amorfa o sierpes, como el Amaru – Teja. El hilo esencial de su obra, sobrepasa cualquier materialidad, el tiempo que sabe pasar, hace que la deidad retorne y se camufle en cada tiempo en el material que el contexto le provea, le permita.
Rocío Rodrigo, siempre ha mantenido presente en su obra, esa acción ritual; en la V bienal de Arte y Empresa en 1988, donde eligieron como tema: Contemporaneidad del arte CHANCAY, ella escribió: Para celebrar Chancay, una de las culturas origen de la actual, escojo el altar.
El altar es un espacio del sacrificio del homenaje. Un sacrificio es a la vez una ofrenda; se le ofrece a una deidad. La ofrenda es una constante en su obra, un misterioso anhelo, tal vez una manera de afianzar su ser panteísta. Un pasado en persistente presente.
Todos los dioses son al final “saturno” si no engullen literalmente a sus criaturas, devoran las ofrendas.
Rocío Rodrigo, hace mucho que calma las furias de los dioses andinos, no hay cuerpos ni sangre como ríos, pero sí una presencia seminal (la luz es vida) incluso el color de las ofrendas recuerda a un arcoíris fecundador, un lugar para entrar quitándose los zapatos.
Una renovada mesa altar, nave o barca, lista para recorrer los ríos o el espacio interestelar, acogiendo la ofrenda, apuntando al altísimo, ya sea para el pequeño cuerpo humano o el infinito cobijo: el universo. (Amarilis, septiembre 2022).




