Rindo homenaje al ser que me dio la vida

Por: Denesy Palacios Jiménez
Permítanme rendirle homenaje a una mujer, que dio todo a cambio de nada, porque todo su quehacer era ver y hacer felices a sus hijos. Si quisiéramos exagerar la bondad de Dios para con nosotros, diríamos que nos concedió el ser que no solo veló por nosotros en nuestra infancia, hasta vernos fuertes, grandes y crecidos, sino que nos prodigó de tanta ternura, comprensión y alegría; allí donde los amigos y parejas, nos abandonan o traicionan, está su palabra de aliento para seguir adelante.
Cuando surgen los problemas escolares que nos parecen muchas veces difíciles de solucionar, está ese ser, que si algunas veces no logra ayudarnos a resolverlos y nos ve con angustia, cuando nuestra impotencia se llena de lágrimas, está ella, para decirnos que por la mañana encontraremos la solución.
Fuimos creciendo y con ello nuestros problemas, ya no solo jugamos, charlamos, ahora nos enamoramos, surgen las ilusiones, los castillos en el aire, y ese ser nos mira apacible, en nuestro ir y venir, nos ve resbalar y nos levanta, nos ve reír y ríe con nosotros, nos ayuda a hacer volar la imaginación, que algún día encontraremos el ser perfecto que nos sirva de compañía, pero mira nomás; de pronto, los castillos se derrumban, las ilusiones se transforman en grandes desilusiones, y ese ser ahí a nuestro lado, para acariciarnos, quizá la caricia más pura, más sana y nos llena de calor para consolarnos.
La noche llega y en algún momento de su descanso los hijos nos acercamos a pedirle algo -y que torpes interrumpimos su descanso- pero ella nunca está cansada o no lo refleja, siempre alegre y dispuesta, qué pasa hijo, qué deseas hija. Y nosotros cada quien tratando de llamar más la atención para que ella nos colme, cuánto egoísmo.
Ese ser está pensando en qué traje lucirán sus hijos en su cumpleaños, qué hará de almuerzo mañana, en qué forma arreglará la mesa para dar una sorpresa a la familia, qué colegio será el mejor para sus hijos, qué amigos serán los mejores, conociendo cada detalle de sus hijos.
Cómo recuerdo mi bella infancia, en esa tierra tan querida y lejana todo era juego con los hermanos y con los vecinos, un barrio muy amigable, todos estaban presentes en los cumpleaños y era un hermoso compartir, de familia, de vecinos y sobre todo de contar con alguien que indesmayablemente se dedicaba a nosotros, siempre pendiente; a eso había que sumar que era una de las mejores costureras del pueblo, y por ello tenía sus ingresos.
Por eso en los días de fiestas, todos lucíamos nuestros trajes muchas veces comprados y hechos por ella. Recuerdo, qué bellos tiempos aquellos de la gallina ciega, el pido y el ampay. Y mientras jugábamos nuestros padres conversaban y se regocijaban de vernos; hasta que ese ser nos decía ya es hora de dormir.
Éramos ocho hijos, ocho preocupaciones, ocho problemas, ocho alegrías, ocho promesas, así nos veía nuestra madre, una mujer que con solo primaria tenía una cultura basta y ni un pelo de tonta; fuimos creciendo y las hijas nos convertimos en sus amigas.
Sabes, extraño mucho tu presencia, representabas uno de los estímulos más grandes en mi vida. Y siempre quería ofrecerte lo mejor.
Hoy comprendo que ese ser, que Dios no da como compañía en nuestra vida, es el mejor regalo, para recordarnos que DIOS EXISTE. Y esté entre nosotros.
Felices los que aun disfrutan de su compañía.