Jacobo Ramírez Mays
Ya se acerca el primero de noviembre. Mientras medio mundo anda hablando de santos y el otro medio de muertos, mi casa (desde que tengo uso de razón) para esa fecha olía a pintura fresca y flores recién compradas.
Mi mamita, con su balde en la mano, cumplía con su rito anual: ir a pintar los nichos de mis hermanos, de su madre y de algunos de sus difuntos preferidos. Ella dice que no se puede llegar con las manos vacías al más allá, y por eso lleva su brochita, escoba y trapos para dejar los nichos relucientes.
Yo la acompañaba cuando era niño, y era bonito verla trabajar mientras el aire olía a flor fresca y vela derretida. Ahora han pasado los años, y ella ya no puede caminar mucho; entonces son mis hermanos los que van y cumplen con su pedido. Después, ella observa las fotos, junta las manos y da gracias a su Dios por todo.
Para esa fecha, el cementerio se convierte en un gran mercado de flores, velas, latas que sirven de floreros y chiuchis que limpian nichos por precios módicos. En todas las conversaciones, sin excepción, se escucha que los muertos eran buenísimos, santos casi canonizados, aunque en vida se tomaban hasta el agua bendita.
Pero lo mejor del Día de Todos los Santos no era eso. Era cuando yo estaba en el seminario, todavía con cara de santo y alma de pecador en práctica. Ahí sí que hacíamos negocio con los muertos. Nos mandaban al cementerio a cantar responsos por las ánimas; llegábamos con nuestras sotanas, un breviario, agua bendita en una botellita y la garganta templada como flauta de misa.
Requiescat in pace, Domine…, entonábamos en un latín que ni los romanos entenderían.
Los deudos lloraban, nos echaban sus moneditas, y nosotros, con cara de santos recién estrenados, hacíamos nuestra colecta sagrada. Según el reglamento, toda propina debía ir al ecónomo del seminario, para «la gloria de Dios y el sustento común». Pero el hambre también es divina, y el olorcito a pollo a la brasa tiene más poder que cualquier mandamiento.
Así que, al caer la tarde, mientras los demás seguían rezando con cara de mártires, nosotros (los seminaristas rebeldes) ya estábamos intrigando: «Oye, ¿cuánto juntaste?» Más de lo que esperaba, causa. Hay harta alma generosa hoy día. Entonces, no se diga más, vamos por nuestros pollitos a la brasa y su Inca Kola grande.
Y allá íbamos, con las sotanas colgadas del brazo, dejando una estela de incienso y culpa. Pedíamos como si fuera la última cena: salchipapas dobles, pollito a la brasa con papas fritas, gaseosa helada y, si alcanzaba, una porción de arroz chaufa “para la bendición”.
Mientras comíamos, entre risas, decíamos que esos responsos habían servido para liberar un par de almas y engordar las nuestras. Uno de los muchachos, más devoto, decía: Oigan, ¿no creen que estamos robándole a Dios? No, hermano —le respondíamos—. Dios ya está bien alimentado; nosotros somos los que estamos en ayuno perpetuo. Y todos reíamos, con la boca llena de mayonesa, sabiendo que el cielo no se enoja con un pecadillo bien condimentado.
Los días de Todos los Santos siempre tuvieron ese olor a mezcla de fe, hambre y pintura fresca. En los cementerios se escucha el murmullo de las oraciones; los vendedores gritan “¡Flores, flores!”, los niños corretean y las viejas pelean por quién pone más bonita la tumba. Algunos lloran con sinceridad; otros aprovechan para hacer tertulia de difuntos: «¿Sabes que el hijo de don Celestino ya no viene desde hace tres años?»¿ «¡Ah! Entonces el pobre viejo debe estar penando doble».
Yo miro todo eso y me da risa; no por burla, sino porque la muerte, al final, también tiene su costado festivo. Los santos deben estar allá arriba, mirando cómo los recordamos entre pollos a la brasa, rezos incompletos y brochazos de pintura.
Cada primero de noviembre, mi mamita manda a pintar los nichos de sus hijos, padres y hermanos. Y yo, que ya dejé el seminario hace tiempo, le cuento aquellas travesuras de seminarista con hambre y fe. Ella se ríe, me da un codazo y dice: «Por eso Dios no te quiso de cura, hijito, seguro te comías hasta las ofrendas».
Tal vez tenga razón, pero si el cielo es como un cementerio limpio y alegre, lleno de flores, canciones y un buen plato de salchipapas, entonces me gustaría irme ahí para comer con los santos y con diosito.
Las Pampas, 30 de octubre del 2025




