La renuncia de Gustavo Adrianzén a la Presidencia del Consejo de Ministros no fue una sorpresa, sino la confirmación de que el Ejecutivo llegó tarde, otra vez, a leer el clima político y social del país. Su salida se dio apenas unas horas después de los cambios en tres ministerios, que no bastaron para frenar una censura que ya tenía los votos asegurados. Cuando Fuerza Popular le retiró el respaldo, no quedaba más que dar un paso al costado.
El gobierno de Dina Boluarte pretendía defender a Adrianzén hasta el final, pero terminó cediendo sin reconocer que el verdadero problema no era solo el primer ministro, sino la desconexión del Gabinete con las prioridades del país. El crimen en Pataz, donde trece trabajadores mineros fueron asesinados, expuso de manera brutal la falta de reacción y liderazgo del Ejecutivo frente al problema de fondo: la inseguridad.
Mientras tanto, el partido de Keiko Fujimori, jugaba su propia pichanga, Fuerza Popular anunció públicamente su respaldo a la moción de censura del congreso contra Gustavo Adrianzén, argumentando que el gobierno tuvo una reacción tardía frente a la masacre en Pataz. Además, criticaron que el entonces primer ministro haya puesto en duda el secuestro de las víctimas, lo que —según la bancada— demostró una desconexión total con el problema más grave del país: la inseguridad.
Con esa presión encima, el intento del Ejecutivo de calmar las aguas cambiando solo algunos ministros no fue suficiente. El país esperaba un giro más amplio y claro. Pero el gobierno eligió el camino mínimo, como si la salida de un funcionario bastara para restaurar la confianza.
En un movimiento absurdo, Boluarte continua designando a los mismos exministros, por decir, Morgan Quero, Eduardo Arana y Daniel Maurate. Pero lo cierto es que ninguno de ellos representa, por ahora, un cambio de fondo. Sin una agenda clara ni un compromiso real con la lucha contra la inseguridad, cualquier relevo corre el riesgo de ser solo un recambio de fichas.
Si el gobierno busca evitar más censuras, lo primero que debe hacer es escuchar y actuar. No se trata solo de contentar al Congreso, sino de dar señales firmes a la ciudadanía. De nada servirá nombrar un nuevo premier si se mantiene la misma actitud evasiva frente a los problemas más urgentes del país.




