Yeferson Carhuamaca Robles
Mi corazón, cual brote sinuoso de una flor se ha conmovido de unas formas de colores y mis ojos encasillados en una brisa que desea llover de canto a canto, sumado a mis respiraciones que dibujaban céfiros a las luces de un yermo tenue que emitían una ráfaga de recuerdos, de latidos que parecían olvidados en un tiempo sin nombre, todo yace ahora en mi pecho rojo, ya que entre mis manos alguien colocó su cariño dibujado de obsequio: «no se entregar regalos, pero esto es para ti» me dijo, y sus brazos cubrieron mi sombra.
Los regalos mayormente son objetos, que con o sin dedicación son entregados en ciertas celebraciones, en ciertos homenajes o simplemente se entregan porque queremos y ya. La mayoría de ellos no perdurarán al tiempo, algunos irán al olvido o la perdición que no avisa, por descuido de las cajas olvidas o porque simplemente queremos perderlos para olvidar las manos que las dejaron en las nuestras, ello depende siempre de como hemos vivido a cada uno esos gestos a cada una de sus secuencias remotas que tuvo la vida para unirnos.
Quién recuerda su primer obsequio, quizás la mayoría lo ha olvidado, pero muchos todavía recordamos los primeros regalos, sobre todo aquellos que, siendo infantes inocentes de sueños y brillos latentes en el futuro, mirábamos sin tristeza a veces la vida, y éramos la forma más cautivadora de la alegría.
Yo recuerdo claramente uno de mis primeros juguetes, uno de mis primeros regalos que aún tengo aquí en el medio del corazón, este era un robot que caminaba y decía: «power, power…» mientras se prendía una luz roja de su pecho, que hacia contraste con el color azul intenso de su armadura; ese pequeño juguete de plástico me salvó la infancia. Luego vinieron más juguetes, como mi primer trompo de madera casi blanca, tenía una franja de color verde, el trompo más grande posible que me dio mamá Toña. Al caer a la adolescencia me encantaba el rock, el rock peruano precisamente, y una de las primeras bandas en ser seguidor fielmente fue «Libido», banda que escuchaba en las emisoras de radio, por aquellas épocas en la radio Z Rock and Pop, hasta que un día de enero, mi hermana Zuli me entregó el CD de Libido, el álbum del 2009: «Un nuevo amanecer», quedé embelesado y lo escuché tantas veces hasta que el disco se rayó.
La vida siguió trayendo sus obsequios, desde sus lugares y coincidencias del universo. Una tarde mientras el sol se ocultaba y las nubes dibujaban estaciones perfectas de la naturaleza, apareció un oso de peluche de color blanco humo, suave de terciopelo que entonaba una canción al tocar su pecho, junto con ello una nota pequeña que recitaba la frase: «Goethe, “Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte”» Con el tiempo y después de algunas heridas quedó guardado en una caja, caja que un día amargo se confundió con una de basura, se marchó dicho peluche y con él solo quedó el atardecer de aquel día en mis memorias de bolsillos rotos. La vida sinuosa y sus diatribas pegan fuerte. Los regalos siguieron, pero cada vez menos… aunque cada 21 del primer mes del año esperaré siempre a mi hermano Alex, quien con su extraordinaria forma de obsequiar algo llegaba cargado una caja de cervezas y me decía: «aquí esta tu regalo, eso querías no, carajo. Ahora vamos a chupar hasta olvidarnos del ayer y de los miserables…» Reíamos y nos burlábamos de todos y todos.
Cuantos obsequios han determinado mi alegría, muchos de ellos ahora son polvo, pero también de alguna manera marcan el alma de sobremanera y solamente queda agradecer ese gesto de gracia inmortal que de dar es más que recibir en todas sus fórmulas y efectos.
Entonces abrí la caja blanca, ella me miraba, observé un tejido que tenía la forma de un muñeco motociclista, la figura tenía cabello largo, polo negro, jeans azules y lentes oscuros, «ese eres tú», me dijo. Has conmovido a mi corazón, repetí varias veces en mi mente y corazón, la luna sonrió una vez más con nosotros y juntos de la mano…
POR: YEFERSON CARHUAMACA ROBLES




