Escribe: Ronald Mondragón Linares
La asonada de la revuelta popular indígena en Ecuador, durante la primera semana de octubre, en Quito, nos ha dejado, además de unas instantáneas dolorosamente hermosas (un uniformado que se quiebra en lágrimas viriles, ante los gritos hechos cánticos de las mujeres manifestantes; un joven estudiante de secundaria plegándose a la lucha; una recia mujer indígena, como solitaria estatua milenaria, a la vanguardia de miles de sus hermanos; una asambleísta, perseguida por el innoble Moreno, recibiendo fraternal asilo en la embajada mexicana), nos ha dejado, decía, reflexiones y enseñanzas que es preciso establecer con claridad y poner de relieve.
En primer lugar, acerca del significado y la dimensión de este levantamiento. Si bien, en términos estratégicos y en temas de fondo, no implica un giro significativo en el modelo económico de la sociedad ecuatoriana, sí lo es en el terreno de la táctica política y la correlación de fuerzas en el corto plazo. El gobierno de Lenín Moreno ha sufrido un durísimo golpe y una franca derrota política: es visto, a nivel interno y sobre todo a nivel internacional, como un tiranuelo maquillado de demócrata arrojado contra las cuerdas y obligado a recular debido al ímpetu y a la terquedad inquebrantable de la rebelión indígena, dispuesta incluso a morir en el intento.
Con un saldo lamentable de siete muertos -que honran la dignidad de una protesta social amparada por la legislación nacional del Ecuador, las normas internacionales y los convenios mundiales sobre derechos humanos-, más de mil detenidos y una cifra similar de heridos en la contienda, el levantamiento principalmente amazónico y andino logró la eliminación del decreto 883, referido específicamente a la liberación de precios de los combustibles, dentro de un paquete de medidas de ajuste fiscal dispuestos por el FMI como condición sine qua non para la aceptación y ejecución de un préstamo financiero, que es el callejón sin salida adonde conduce el manejo económico neoliberal de un gobierno sometido.
En segundo lugar, tenemos el problema fundamental del bloqueo mediático. Lo vimos aquí, en nuestro país, en una versión de ribetes francamente grotescos y una desvergüenza sonriente plena de cinismo. En los momentos más candentes de la crisis, cuando la revuelta se aproximaba a la tragedia mayúscula, en desmedro ciertamente de las masas indias y campesinas en inferioridad evidente de armas y pertrechos militares, los diarios peruanos se seguían ocupando alegremente de atropellos vehiculares y detenciones de bandas criminales, si no del último affaire de la farándula chicha. Si una crisis de semejantes proporciones se hubiera realizado en Venezuela, como ocurrió hace meses, las imágenes de la televisión, con enviados especiales, y las informaciones periodísticas habrían estado a la orden del día (esperando naturalmente la caída del gobierno de Maduro).
El silencio, la tergiversación y el bloqueo mediático también se sintió a nivel de la región latinoamericana. La OEA, luego de unos días de silencio, se pronunció por fin a través del inefable Almagro solo para respaldar al gobierno de Quito, que originó no obstante una contundente respuesta del Parlamento mexicano.
La direccionalidad con la que actúan, en general, los medios a nivel nacional, regional y mundial, verdaderos halcones de la maquinaria capitalista, nos lleva a una tercera reflexión: el franco despiste de los gobiernos de derecha en la coyuntura actual, por lo menos en lo que a Latinoamérica se refiere. En Honduras (en 2009, Manuel Zelaya, elegido democráticamente, sufrió un golpe de Estado promovido abiertamente por EE.UU), las evidencias de narcotráfico y las manifestaciones populares actualmente arrinconan cada vez más a un peón del gobierno estadounidense, Juan Orlando Hernández. En Brasil, el gobierno del neofascista Bolsonaro es mirado con preocupación a escala mundial, incluso por Europa, especialmente a raíz de los incendios forestales en la Amazonía. En Argentina, pese a un grosero -otra vez- bloqueo mediático, nos dimos cuenta que Macri acata también las medidas de ajuste fiscal neoliberal que aplasta la economía de los más pobres del país, que da un giro nuevamente a la izquierda. En Ecuador, sabemos que el futuro político de Moreno tiene la suerte echada y emerge la figura del ex presidente Rafael Correa. En Bolivia, se planea -ya sabemos desde qué embajada- un golpe de estado en contra de Evo Morales. Y, en el Perú, los promotores oficiales y oficiosos de la derecha temen el giro del electorado hacia la izquierda, ante la aversión pública que produce el fujimorismo, cuyo virulento comportamiento ha desnudado la esencia corrupta de la democracia formal peruana que necesita unas nuevas bases y una urgente refundación.



