RAZONES PARA LEER HILDEBRANT EN SUS TRECE

Por Arlindo Luciano Guillermo

En el libro Una piedra en el zapato (2011) César Hildebrandt escribe: “Prefiero mil veces la pasión incendiaria que la mistura del medio pelo y la complicidad”. Este principio ciudadano y profesional está plasmado en el semanario Hildebrandt en sus Trece. El periodista César Hildebrandt es una enorme piedra en el zapato de los políticos y gobernantes que actúan incorrectamente en el poder, les pisa el callo a diario y, cuando defiende una tesis, una postura o una posición, está en sus trece, aunque todo el mundo piense lo contrario. Hildebrandt es Hildebrandt. Leer Matices, el editorial de CH, es una lección de redacción periodística, argumentación política de la coyuntura y reflexiones sinceras y hondas y motivación para ciudadanos que quieren ir más allá de la noticia cotidiana. César Hildebrandt, por su valentía, su lenguaje corrosivo, por tramos culterano y de poesía frontal, implacable, que no da tregua ni otorga un solo milímetro a los excesos y tropelías que se cometen en el Estado, las instituciones y el ejercicio del poder. “Un país que vende cerros y comidas y que, entre otros deméritos, ha depravado la educación universitaria no debería pensar en un futuro colosal. Y, sin embargo, seguimos diciendo que el destino es nuestro y que derrotaremos a Goliat. “Los cometarios reales” son nuestro Torá”. (Hildebrandt en sus Trece, 30-8-2024). El editorial de El Comercio titula El juicio de las cifras (“Que el Perú lleve más de 27 años con una inflación de un dígito es un reconocimiento al profesionalismo del BCR”, 7-9-2024); de La República, Ola de crímenes por sicariato (“Tres asesinatos en Sullana y una pasajera muerta en ataques a vehículos de transporte público”, 7-9-2024); de Hildebrand en sus Trece, Comprendiendo a Dina (“Dina es lo que merecemos”, 6-9-2024). El tema de estos medios escritos es muy diferente: economía, inseguridad ciudadana y política. 

El sábado 31 de agosto fui al MAC (Módulo de Atención al Cliente) en Real Plaza para cumplir un encargo de pago de mi hijo Juan Diego. Antes había comprado Hildebrandt en sus Trece en la Plaza de Armas. Eran las 10:25 de la mañana.  En la cola -porque hay que respetar el orden de llegada- había unos 20 usuarios. Me puse a leer el editorial; lo hacían con mucho interés. Sentí que alguien me observaba. Una dama vestida de rojo de pronto giró hacia atrás para mirarme y me contemplaba. Indiferente yo seguía con la lectura. Detrás de mí, varios caballeros estaban muy entretenidos con el celular. Hasta que escucho la voz de la fémina. “¿Por qué lee ese periódico? Ese Hildebrandt es un caviar, un resentido social, todo le parece mal, nada está bien para él”. Con paciencia de monje tibetano y actitud de estoico la miró fijamente a los ojos. Ahora su rostro es rubor completo. Se alisa el cabello rubicundo, se frota las manos. “No estoy de acuerdo con él”. Le pregunto respetuosamente: “¿Usted ha leído Hildebrandt en sus Trece?” “Ni loca”. El facilitador del MAC cuenta hasta cinco e ingresan al módulo para registrar la atención. Soy el número seis. ¿Quién es esa dama iracunda? ¿Una ciudadana que simpatiza con la “derecha bruta y achorada? ¿Una intolerante que no acepta otra razón que la suya? ¿Qué profesión ejerce? ¿Hildebrandt es un caviar? ¿El que lee a Hildebrandt piensa y actúa como él? No necesariamente. Hildebrandt es un periodista de mucha influencia en el Perú. Sus editoriales son petardos poderosos, dan pautas y orientan la opinión pública. Sé que nunca más voy a volver a encontrarme con la dama de rojo; yo seguiré leyendo Hildebrandt en sus Trece.       

Hildebrandt no es dios infalible ni dueño absoluto de la verdad. Es un periodista admirable y de aprecio académico y profesional. Sus editoriales son derroches de análisis, sabiduría, disección cirujana de la coyuntura, exhibición de lenguaje culto, de impacto emocional en el lector. Cuánto extraño las columnas de Mario Vargas Llosa. No soy monaguillo de Hildebrandt, soy un lector cartesiano y ávido de información y aprendizaje. ¿Qué razones hay para leer Hildebrandt en sus Trece? ¿Por qué deberíamos leerlo? ¿Si no lo hacemos? El semanario es una versión crítica de la coyuntura política. Creo que sí existen motivos suficientes para permanentemente leer Hildebrandt en sus Trece. 1. Tiene personalidad propia e inconfundible. Quien lee a Hildebrandt ve la otra cara de la realidad, sin maquillaje ni evasión. 2. Permite reforzar el pensamiento crítico del lector, quien jamás permanece apático ni pasivo, sino se convierte en el actor que coincide y discrepa. 3. Se aprende a valorar la redacción periodística, las posibilidades del lenguaje para informar y argumentar. 4. No deja títere con cabeza en la política donde meritocracia, ética y decencia tienen caminos diferentes. 5. Ayuda a comprender cuál es la situación de la coyuntura política desde el coraje para decir las cosas como son. 6. No existe una sola versión de los hechos en política, está tiene varias facetas y actuaciones. Hildebrandt en sus Trece es una posición crítica y objetiva de la política. Dice en Matices: “Somos el lento fracaso de una república que no cuajó, de una democracia declarativa, de un desgarro ancestral que nos separó. Somos la consecuencia de una derecha sin patria y de una izquierda sin grandeza” (6-9-2024). Dice Hildebrandt: “Mi rebeldía no ha transado con nadie. Nunca. Está invicta. Es lo único que tengo ileso” (Confesiones de un inquisidor, 2011).   

Hildebrandt y sus periodistas y colaboradores dicen lo que otros no dicen, callan o no quieren decir, para no pelearse con el poder político y así no incomodarlo. Vale la pena leer Hildebrandt en sus Trece, gastar -mejor invertir- 6 soles semanales, 24 al mes y 288 al año. Leerlo es cotejar el grado de competencia del pensamiento crítico de los ciudadanos, la performance lingüística y la agudeza del análisis político. Hildebrandt es la reencarnación moderna de Manuel González Prada, ese pensador anárquico, de argumento explosivo, de frases como consignas para la posteridad, de bravura gigante y ácido cuestionador, autor de Pájinas libre y Horas de Lucha, libros que debemos releer. El sábado 7 de setiembre hacía mi cola en el Banco de la Nación de Open Plaza, 12.35 aproximadamente. Leía Hildebrandt en sus Trece (6-9-2024). De súbito siento que alguien empuja levemente el periódico. Veo que una amiga mía, con su índice derecho, apunta a una de las caricaturas de la carátula. Dice: “Es la gata Ron-Ron, la wayki de Oscorima”. Reímos. Hildebrandt en sus Trece, que se edita desde 2010, no tiene avisaje del Estado ni de empresas privadas -los flagela por igual-, solo se mantiene con la compra impresa de sus lectores y donativos incondicionales; así garantiza su circulación. Yo compro, como el pan para el desayuno, los sábados Hildebrandt en sus Trece. En La llamada a tribu se lee: “Este semanario se propuso pisar todos los callos posibles y ha llegado a ser, en efecto, una incomodidad. Ni el gobierno ni los grandes intereses nos quieren”. En esa perspectiva, el semanario, la línea editorial, las investigaciones periodísticas y su director son insobornables, independientes, sin hipotecas.