QUIÉN JODE A QUIÉN

Por: Arlindo Luciano Guillermo
En la entrevista publicada en La República (01-01-2017), Luis Pásara, intelectual peruano que reside en España, dijo: “El Perú no se jodió por sí mismo: lo jodieron los peruanos”. Es una postura contraria a la célebre frase Santiago Zavala (el famoso Zavalita), en la novela Conversación en La Catedral (1969): “¿En qué momento se había jodido el Perú?” El personaje vargallosiano considera que el Perú se hizo un harakiri, minó su propia existencia histórica, social y cultural, y en ese Perú jodido (maltrecho, con problemas y conflictos, pero también con oportunidades y ventajosa diversidad) vivimos todos los días, trabajamos, hemos formado familia y tenemos descendencia. Luis Pásara, con valentía, considera, desde la orilla opuesta, que los que joden y jodieron al Perú somos los propios peruanos. El mensaje es claro: asumir responsabilidades y no buscar culpables, como es habitual en una sociedad con crisis de valores y deterioro de principios. La pregunta pesimista del periodista Zavala podría ahora tener una respuesta.
A partir esta reflexión podemos plantear otras preguntas que nos salpican, afectan e involucran: ¿en qué momento se jodió nuestra felicidad?, ¿en qué momento nos volvimos insensibles, ingratos y propensos a “vivir para trabajar”?, ¿en qué momento nos convertimos en fieles devotos del dinero?, ¿cuándo tomamos la decisión de que solo la escuela educa a nuestros hijos? Somos responsables de lo que hacemos, pensamos y sentimos. Pareciera que el instinto de sobrevivencia y de la ley más fuerte se imponen, peligrosamente; la racionalidad se reserva para ciudadanos pensantes, reflexivos, críticos, democráticos y respetuosos de las normas de convivencia. Desde la tribuna se exige, airadamente, a los jugadores que ganen el partido, humillen al rival, perforen la valla del contrincante. El espectador, como en el circo romano de Nerón o Cómodo, insulta, da rienda suelta a prejuicios y tabúes sociales como el racismo, la homofobia, la intolerancia, la xenofobia. Desde las graderías se exige que el delantero meta goles y el arquero evite la goleada. Cuando la situación se invierte cambia la posición. No es lo mismo ver que hacer. Hacer implica actuar con efectividad. En ese escenario hay aciertos, virtudes, decisiones, pero también errores, debilidades y fragilidad de decisiones. Siempre hay activos y pasivos. Buscar culpables revela incompetencia y escaso reflejo para avanzar a pesar de la adversidad.
La vida cotidiana no pide mucho para actuar correctamente, sin presumir de éticamente puro, pulcro, con un historial impecable, exento de errores y exonerado de defectos. La vida diaria pide “pequeños logros personales” que repercuten en la familia, en el barrio, la escuela, en las instituciones y en la sociedad.
Llegar puntual a una reunión, a la escuela o al trabajo cambiaría radicalmente la costumbre de empezar tarde una convocatoria. Se premia la eficiencia laboral con un diploma o resolución; la productividad económica, con un plus salarial; sin embargo, la honradez, la puntualidad y la responsabilidad no merecen premios, felicitaciones ni estímulos. Un profesional con los mayores grados académicos también tiene que exhibir y autoimponerse la práctica de valores éricos y actitudes positivas de integración, respeto, trato merecido a los usuarios. La meritocracia exalta los méritos profesionales, las habilidades sociales y laborales, el conocimiento científico de la profesión y el desempeño mensurable. Cuando el “profesional meritocrático” no tiene madurez de inteligencia emocional, el riesgo es que se conviertan en un arrogante, todopoderoso y dueño del “espacio que gobierna” con autoritarismo y soberbia. En nuestra sociedad, donde hay “ciudadanos desubicados”, candidatos fijos a envidiosos, la pendejada se convierte en una estrategia y “filosofía barata” para obtener beneficios personales que sirven para satisfacer necesidades y perjudicar a otros. Actuar con honestidad, con responsabilidad y decencia sería lo ideal. Practicarlas, ponerlas como guías de nuestros actos y decisiones, depende de nosotros. Nadie es honrado por decreto supremo. Así podríamos dejar de jodernos y dejar de joder más al Perú y a la tierra que nos vio nacer.
Saludar mirando fijamente a los ojos, sin reparar en la condición social refleja respetar al prójimo. El saludo demuestra que no somos más ni menos que los demás. El vigilante, los trabajadores de limpieza, los colaboradores, los jefes y las autoridades merecen nuestro saludo horizontal, amable, con una palmada en la espalda, el beso sincero en la mejilla y el deseo de que “nos vaya bien el día”. Las manos no se gastan cuando saludamos ni los labios cuando besamos todos los días. El corazón se muere a pedazos cuando no quiere, ni se emociona ni se atreve a amar ni a perdonar. La “billetera gorda” atrae a mucha gente como a las moscas la miel o la basura. El niño que ve un billete de 50 soles, lo recoge y lo entrega a la cajera de la tienda de ropa fashion, elegante, es honrado, aún no tiene malicia ni instinto de depredador. Para muchos sería un tonto, pero el padre, que lo ha visto todo, se siente orgulloso y estupefacto porque no sabe en qué momento aprendió a ser honrado y a no quedarse con algo que no es suyo.
No joder a nuestros pueblos, a las instituciones donde trabajamos, la reputación de los ciudadanos con el agravio y el perjurio, es un modo productivo de contribuir con la sostenibilidad, la humanización y la dignificación de la sociedad. Sin cambios conscientes de actitudes, si no ponemos nuestro talento al servicio de la sociedad, con la mejor meritocracia, los más altos títulos académicos y con la rebosante fortuna seguiremos jodiendo al Perú. Hay millones de ciudadanos que actúan, viven y deciden honestamente. El barro sucio del ventilador no tiene por qué salpicar a todos.