Quien busca encuentra

Escrito por Arlindo Luciano Guillermo

El sábado 22 de agosto, 13 ciudadanos murieron, asfixiados y aplastados, en una discoteca de Los Olivos. Junto a ellos, otros también asistieron para divertirse, beber licor, bailar y “pasarla chévere”, a pesar que las reuniones sociales están prohibidas totalmente. La PNP intervino según la ley. A esos 13, no los liquidó el covid-19, como a miles de peruanos, sino la supina negligencia, la suprema irresponsabilidad y el deseo incontenible de jaranear como Dios manda, sin importar contagiarse ni contagiar en el bailódromo, los servicios higiénicos, los excesos de la ebriedad con la pareja, la conversación cercana y en la barra o cantina. Son lamentables estas muertes, sin embargo, hay lecciones que tercamente no aprendemos, excepto aquellos que sí acatan a regañadientes el confinamiento obligatorio, el distanciamiento social y la añoranza de la vida pública que teníamos hasta antes de la pandemia.

Ahora es el momento (como vieja costumbre republicana) de buscar culpables. ¿Vizcarra y el Consejo de Ministros? ¿El alcalde de Los Olivos? ¿La PNP? El propietario de la discoteca, que ha trasgredido la ley, debe responder ante la justicia, que le caiga todo el peso de la ley. Esos 13 no van a resucitar como Lázaro. En una sociedad consumista, epicúrea y plutómana, como el Perú, el dinero es más valioso que la vida y la obediencia a la ley. Vivimos en un país pluricultural y de pendejos, de aquellos que le sacan la vuelta a ley, que se aprovechan del descuido de la autoridad, que se pasan el semáforo rojo riéndose, que encubiertamente (“sin roche”, “solapa nomás”) se reúnen para jaranear, beber y divertirse. Situación diferente es la de aquellos ciudadanos que vive del “día a día”, los que “ganan hoy para comer mañana”. Ellos salen a trabajar honradamente para mantener a su familia, sobrevivir, pagar los servicios y las deudas que no perdonan, incluso cuando estás en UCI, en la morgue, en el velatorio o en el crematorio. La tragedia de estos 13 peruanos enluta, causa dolor, tritura los nervios de los familiares, pero es, a la vez, un espejo brutal donde debemos mirarnos si queremos morir tempranamente o sobrevivir heroicamente a la pandemia.

Somos responsables de nuestros actos. En esta coyuntura durísima, complicada, se pone en prueba, en los hechos, la capacidad de resiliencia que disponemos. No es fácil enfrentar esta adversidad viral. Aguantar encerrado un domingo (encima sin luz como ayer domingo) es un acto admirable, de mucho valor y coraje personal. A veces siento el acecho de la claustrofobia o camino en la sala como una fiera enjaulada rigiendo. Ganas no faltan de darse una escapada, pero a costa de un riesgo de contagio. Como todo hecho social o biológico, el ciclo de la pandemia pasará; la vacuna llegará de donde sea, pero nuestras vidas ya no serán las mismas. Los que sobrevivimos somos testigos de un ataque viral poderoso, letal, inmisericorde; también contaremos cómo logramos sobrevivir, recordaremos a los amigos y familiares que el covid-19 se los llevó. Por ahora no tenemos otra salida que el cuidado personal, la protección nuestra y de la familia. En la discoteca de Los Olivos se congregaron aproximadamente 120 personas: 13 murieron, de los 23 detenidos, 15 dieron positivo al covid-19, que deben cumplir la cuarentena; los demás, que lograron escapar, se llevaron consigo, sin duda, el mortal virus a la calle y a la casa donde viven.     

Mientras miles de peruanos actúan con responsabilidad para no contagiarse del covid-19 ni contagiar a los demás, otros, sin consideración, despiadadamente, sin solidaridad, incurren en irresponsabilidad ciudadana y total carencia de sensibilidad y empatía. Un ciudadano responsable (con trabajo o desempleado) sabe perfectamente que una reunión donde hay concentración masiva, a pesar de utilizar mascarilla, el riesgo de contagio es altísimo. Una vez más digo: nuestros actos personales (o la educación recibida en la familia o en la escuela) determinan las decisiones y actuación en la sociedad. La educación inútilmente trasfiere harto conocimiento a la cabeza del estudiante, pero descuida educar ciudadanos con competencias actitudinales e intelectuales, responsables, honestos, solidarios, que ejerzan el pensamiento crítico para tomar decisiones correctas. Eso no se hace en el quehacer diario en la escuela. Mientras no haya real convicción de nuestros actos con responsabilidad y disciplina sociales aumentarán las polladas, festejos de 15 años, juerga en discotecas, encerronas clandestinas en viviendas privadas, parroquianos que beben en bares clandestinos con damiselas incluidas. Los agentes de contagio se elevarán exponencialmente. Cuando el virus haya atacado ferozmente, en los hospitales no hay oxígeno, no hay camas en UCI suficientes. En esas condiciones, la muerte es inminente. Es mejor prevenir que lamentar, quedarse en casa antes que divertirse. Nadie es inmune ni invulnerable contra el ataque del covid-19, salvo los superhéroes, Rambo o el Hombre Araña.