Que no nos vuelvan a tomar de cojudos

Jorge Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

La noticia de la liberación de Keiko Fujimori ordenada por el Tribunal Constitucional no implica, en modo alguno, su absolución por parte del referido organismo, como han salido a vociferar a voz en cuello los simpatizantes de la heredera del dictador; aprovechando, como es su costumbre, la alarmante desinformación que, para variar, y a pesar de lo mediático del caso, impera aún sobre el tema. Ello por la simple y sencilla razón de que, para haberla absuelto, se habría requerido antes, por una cuestión de obvia lógica, que esta estuviese condenada, cosa que, contraviniendo una cuestión de también obvia lógica, no estaba. Y no por falta de pruebas, desde luego; sino porque, como es ya costumbre tratándose de nuestro país, aquí la justicia jamás marcha al ritmo que debería, y menos si, quienes se hayan cuestionado por las razones que fueran, son los llamados poderosos del Perú.

¿Qué es, entonces, lo que ha sucedido? ¿De qué se trata en el fondo el asunto este, que ya comienza a dar de qué hablar en todas las redacciones? Pues, en principio, que con cuatro votos a favor y tres en contra, el Tribunal Constitucional determinó declarar fundado el hábeas corpus que buscaba la liberación de la lideresa de Fuerza Popular, luego de hallarse sufriendo prisión preventiva durante poco más de un año, como consecuencia de la investigación que se le viene siguiendo por el caso Odebrecht. Con lo que se estarían dejando por sentado que las resoluciones dadas en primera y segunda instancias, respecto de la aplicación de la prisión preventiva en contra de la señora Fujimori, no habrían estado ajustadas a derecho. Lo que en buen cristiano no es otra cosa que el que se la habría estado manteniendo tras las rejas injustamente. Hecho este último que, a la luz de todo lo que se sabía en el momento en que se dispuso su prisión preventiva, la verdad cuesta creer.

Lo que muchos se han de estar preguntando es por qué, si, como ya sabemos a raíz de las declaraciones de Jorge Yoshiyama, Dionisio Romero Paoletti y Víctor Rodríguez, la acusada habría recibido ingentes cantidades de dinero para el financiamiento de sus últimas campañas a la presidencia, dichos testimonios no habrían sido tenidos en consideración por el TC al momento de ordenar la liberación de Keiko Fujimori. La razón de tal aparente contrasentido, según apuntan los entendidos en la materia, sería que los mencionados testimonios salieron a la luz mucho después de que se dictara la medida de prisión preventiva, cuestión puntual y objetiva sobre la que acaba de fallar el Tribunal Constitucional. Como sea, y explicaciones al margen (que, para muchos, es bueno señalarlo, no “explican” en modo alguno la polémica decisión del TC), lo que a un gran sector de la población le produce la liberación de la señora Fujimori no es otra cosa que aquella conocida sensación de impunidad que experimentamos cada vez que de lo que se trata es de dizque juzgar a los llamados peces gordos.      

Como sea, lo cierto es que, para el todopoderoso Tribunal Constitucional, la señora Fujimori debe estar fuera de las rejas, y así será. Bien por ella, que sabrá aprovechar la ocasión, como corresponde, para venderse como la víctima de un sistema de justicia que, por muy imperfecto que pueda ser, y que de hecho lo es, sobre todo en lo que toca a la cuestionable figura esta de la prisión preventiva, lo único que habría buscado desde un principio es ensañarse con alguien que, si por algo se ha caracterizado a lo largo de toda su vida, ha sido por la honorabilidad de sus acciones, por la transparencia de sus actos, por la respetabilidad de sus actuaciones.

Pero como no todo puede ser color de rosa en la vida, ni siquiera para quienes como ella parecen haber nacido de pie debido a la indiscutible “suerte” que a pesar de todo siempre la acompaña, el haberse determinado su liberación no será impedimento, de ninguna manera, para que el Ministerio Público pueda continuar con sus investigaciones hasta llegar, si los vientos le son propicios, a formular acusación en su contra. Máxime si se tiene en consideración que hoy existen nuevos e importantes elementos de juicio que podrían no solo devolverla tras las rejas bajo la figura de una nueva orden de prisión preventiva, sino incluso hasta acabar condenándola.

Por lo pronto, preparémonos para los días que se nos avecinan, que estarán, cual si de telenovelas mexicanas se trataran, marcados por los lloriqueos, golpes de pecho y demás cursilerías a las que apelará la señora Fujimori en un afán evidente por mostrarse ante la población como la buena de la película, como la víctima de sus enemigos políticos, que en honor a la verdad tampoco es que sean unos cuantos. Eso siempre funciona, y ella lo sabe. Los peruanos tenemos una extraña debilidad por el sentimentalismo barato; nos gana la emoción, como quien dice. Ojalá nomás que por andar de noveleros no nos vuelvan a tomar de cojudos, que en eso también tenemos amplia experiencia.