¿Qué estaremos pagando los peruanos?

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Sorprendidos por lo insólito de la petición, los peruanos no podíamos dar crédito a los trascendidos que el pasado viernes 11 de marzo comenzaban a circular por las redes sociales de los principales medios de comunicación, respecto de que el presidente Castillo habría solicitado, ¡motu proprio!, presentarse ante el Congreso de la República para dirigir su mensaje a la representación nacional, y esto en circunstancias en las que, dado el contexto de admisión a debate del pedido de vacancia en su contra, nadie esperaba que se animara a hacerlo. El desconcierto que tal solicitud generaba obedecía, por supuesto, a la reiterada y jamás justificada negativa del presidente a acudir al Hemiciclo para darle explicaciones a la población, incluso cuando a ojos de todo el mundo era insostenible el que continuaran pasando los días sin que se dignara a brindar los descargos que le devolvieran la estabilidad al país. Pues ni siquiera en los momentos en los que la gravedad de las acusaciones de corrupción que se realizaban en su contra alcanzaba niveles nunca antes vistos en tampoco tiempo de gobierno había sido capaz de abrir la boca para decir ni media palabra.

Fue esa inexplicable y reiterada negativa a afrontar con resolución los cuestionamientos, a cual más comprometedor que el otro, que día a día se venían sucediendo en su contra lo que terminó, finalmente, por crearle esa reputación de hombre oscuro, de individuo que oculta no pocas cosas, de quien, en definitiva, pareciera no tener la más mínima intención de transparentar aquello que hace, y no ya en el ámbito de su vida privada, que poco o nada tendría que interesarnos, sino en lo que concierne ni más ni menos que al ejercicio de sus funciones. Unas funciones a las que, naturalmente, nadie lo obligó a comprometerse. De modo que sorprendidos es lo mínimo que podíamos estar al enterarnos de que el presidente más hermético que hayamos tenido en los últimos años hubiese tenido semejante iniciativa de pedir al Congreso que le aceptase su solicitud de presentarse ante el Parlamento.

Así las cosas, era comprensible que la expectativa por saber qué iría a decir el señor Castillo durante su intervención crecía minuto a minuto conforme se acercaba el momento en que, por fin, podríamos escuchar de su propia boca (y no de la de sus asesores, como nos tenía acostumbrados hasta ahora) las explicaciones que tanta falta le hacían al país. Por lo que aguardábamos con muchísimas ansias, por ejemplo, que nos explicara por qué carajos insistía en seguir nombrando como ministros de Estado a tantos impresentables que, además de tener serios cuestionamientos en cuanto a la probidad de sus hojas de vida, “destacaban”, asimismo, por ser unos rematados incompetentes en cuanto al ejercicio de sus funciones.

Y ni que se diga que también deseábamos saber, por supuesto, por qué en lugar de afrontar con hidalguía y responsabilidad las consecuencias de las decisiones de gobierno equivocadas en las que incurría prácticamente a diario, lo que hacía más bien, y con una cara dura que lo mínimo que nos podía causar espasmo, era victimizarse de la forma más cobarde que se haya podido ver jamás.

Del mismo modo, esperábamos también que cuando menos dedicara algunos minutos de su discurso a hacer una autocrítica respecto de la manera en que había venido relacionándose con los medios de comunicación, a los que, a la primera oportunidad que se le presentaba, solía faltar el respeto de una forma que solo podría explicarse si se tratara de un gobierno dictatorial, y no de uno democrático como, se supone, es el suyo.

Pero no. Nada de esto pasó. Y no pasó, entre otras razones, porque el señor Castillo solo se limitó a leer un discurso en el que, además de no abordarse los temas medulares por los que, se suponía, había buscado dirigirse al Congreso, si hubo algo por lo que dio mucho que hablar apenas finalizada su intervención, fue porque se trató en gran medida del mismo texto leído por su premier, Aníbal Torres, durante su presentación en el Parlamento algunos días atrás.

Y por si con semejante falta de respeto a los parlamentarios y a la población en general no tuviésemos suficiente, los peruanos tuvimos que soportar, encima, las delirantes explicaciones que inmediatamente salieron dar algunos congresistas de Perú Libre. A quienes no se les ocurrió mejor idea para defender el desatino de su líder, que señalar que, si ambos discursos eran en esencia el mismo, ello se debía a que en el gobierno de Pedro Castillo todos los funcionarios “hablaban el mismo idioma”. O, todavía más hilarante, que, si el discurso de marras repetía con puntos y comas el dado por el primer ministro, se debía a que los logros del gobierno eran también los mismos.

¿Qué estaremos pagando los peruanos para tener que soportar tamaña incompetencia, semejante desfachatez? Cada quien sabrá. En cualquier caso, no se necesita ser adivino para saber que, cuando en unos días se presente nuevamente ante el Congreso, el presidente Castillo volverá a dar el mismo triste espectáculo. ¡Para qué hacernos ilusiones!      

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