¡QUÉ EMOCIÓN!

Escrito por: Jacobo Ramírez Maiz

 Hace dos días me emocioné tanto, que un poco más y tomaba agua de azahar para tranquilizarme. Como me imaginaba que un poco más de la mitad de los peruanos en ese momento no estaban viendo la televisión, decidí hacerlo; y, la verdad sea dicha, sentí la misma emoción que cuando era niño y mi hermano Ugo me llevaba al estadio para ver jugar al León de Huánuco.

Así, a las cuatro en punto, más puntual que cuando dicto mis clases, estuve frente a la pantalla de mi TV con mi voucher de apuestas en mano, boleto este al que minutos antes había garroteado con ruda y con unas ramitas de romero, sin hablar del rezo a los apus, todo por el sano y comprensible deseo de ganar. Me tiré al mueble y esperé el inicio del partido. El primer tiempo estaba tan aburrido como la espera de los resultados finales de la ONPE. Mi canchita, que había tostado con no poco esfuerzo, fue disminuyendo poco a poco, al tiempo que mis labios y mi lengua se sancochaban debido a la mucha sal que le había metido. Así terminaron esos primeros 45 minutos.

En los quince minutos del intermedio, preparé mi cafecito y regresé, con la emoción venida a menos, a ver la segunda etapa. Mientras tomaba mi primer sorbo, el árbitro, a quien le metí su mentadita de madre como Dios manda, cobró un penal a favor de los ecuatorianos. Entonces puse mi pocillo a un costado del mueble, agarré mi boleta de apuestas, la arrugué y la lancé al depósito de basura, pues estaba convencido de que, después del gol de penal, el Perú se convertiría en una coladera. Pero como si los dioses se hubieran puesto de acuerdo para darnos una alegría a los que estábamos mirando el partido, el árbitro se fue al VAR, observó la pantalla en un tiempo que se hizo eterno y con el pito en la boca señaló que no era penal. Viendo eso, le pedí disculpas por haberle hecho recordar a su madre.  Los ecuatorianos atacaban como endemoniados. Resignado a ver perder a esos once jugadores que corrían a las justas, le quitan la pelota a un ecuatoriano, sale un jugador y hace un pase un poco largo; el jugador peruano-italiano arranca con la pelota como si hubiera visto al mismísimo demonio, levanta la cabeza, ve a Cueva, le entrega el balón y este lo introduce en el arco del equipo contrario. Grito, me levanto del mueble, aplaudo y, disimuladamente, saco del basurero mi boleta de apuestas. La desarrugo, la plancho, levanto mis ojos trasnochados al cielo y pido a Diosito que se mantenga así el resultado hasta el final. Ya no me importa quién gobernará el país desde el 28 de julio. ¡Al carajo con el próximo presidente del Perú! Estoy feliz. Miro el reloj. Falta poco. Pero sabido es que en el fútbol cualquier cosa puede pasar en un par de segundos. Cruzo los dedos. En eso, el jugador ítalo-peruano, una vez más, entra a la jugada. Hace un pase maravilloso. Advíncula mete un patadón, como dirían en mi pueblo, una patada de shucuy. Y gol. Grito en mi sala como un demente y me alegra porque solo somos la mitad de los peruanos los que celebramos. Porque imagino que los demás no deben de estar viendo el partido, tal y como manifestaron por las redes sociales. Falta poco. Siento que mi ombligo está arrugado. Me rasco la cabeza. Le digo, cariñoso, al árbitro que ya acabe el partido. En eso, gol del equipo contrario. Ya no sé qué hacer. Quisiera jalarme de los cabellos. Me muerdo las uñas. Miro el reloj. Ruego a Diosito que le diga al árbitro que ya es hora. Faltan 24 segundos y, ¡pit!, suena el silbato. Salto sobre el mueble. Salgo de casa como loco. Abrazo a Satanás y a Venus, mis mascotas. Les prometo comprar grageas con la ganancia. Ellos me bailan. Uno mueve su cola larga; la otra, como es cuta, mueve su pequeño rabito de un lado para otro. Amo a la selección. No me interesa si clasifica al mundial o no. Lo único que quiero es que siga ganando todos sus partidos, y yo todas mis apuestas. Que los tiempos no están para andar diciéndole que no a la buena suerte.

 

Las Pampas 20 de junio de 2021