Por Arlindo Luciano Guillermo
No sé si los lectores nacen con cierta inclinación a la observación y comprensión de la escritura y el placer singular de poseer un libro entre las manos para disfrutarlo y convertirlo en un objeto y cómplice suyos o se hace y educa en el medio sociocultural en el que vive, estudia y se desenvuelve a diario. Jorge Luis Borges tuvo la fortuna de que su padre lo indujera amigablemente y con el ejemplo a leer los libros de la vasta y variada biblioteca familiar. En el Perú se celebra el Día del Libro y de los Derechos de Autor el 23 de abril. En Argentina se conmemora y festeja, desde el 2012, el Día del Lector y la Lectora el 24 de agosto, día del nacimiento de Jorge Luis Borges, quien afirmaba que era un lector antes que un escritor. En el poema “Un lector”, Borges dice: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído”. Entre el libro y el lector hay una sociedad secreta, una simbiosis determinante, una recíproca asistencia y solidaridad. En el libro, el lector deja sus huellas y sus comentarios; el libro transforma al lector en ciudadano despierto, con los ojos abiertos, el pensamiento lúcido y la palabra como navaja de barbero. Quien lee argumenta, jamás impone. Si los libros fueran lingotes de oro seríamos más millonarios que un empresario de Qatar.
Jorge Luis Borges siempre ha mostrado, en sus conferencias, conversatorios, entrevistas y ensayos, preferencia, predilección y regresó a ciertos libros que, seguramente, han impactado notablemente en su curiosidad, sensibilidad y necesidad de lector. El lector disfruta sin pretensiones académicas; el crítico literario sí está empeñado en descifrar la arquitectura del libro, valorar la estética, el lenguaje y la calidad, las posibilidades y trascendencia de la ficción. El escritor crea, construye y ofrece poesía e historias literarias que el lector acoge o repele. El libro ingresa, como una mercancía, al circuito de la comercialización. ¿Cuándo vamos a ver en exhibición y venta, en la librería Crisol, los libros de escritores de Huánuco? Según el reporte de La República (31-12-2022), los libros más vendidos en el Perú son literatura juvenil, autoayuda y no ficción. ¿Y los libros de ficción y la poesía? La revista Debate, previa consulta a críticos literarios, intelectuales y escritores, eligió el poemario El huso de la palabra (1989) como el mejor libro de poesía de la década del 80. Me imagino la felicidad y serenidad proverbiales de José Watanabe. La última parte (nueve poemas) se titula “Krankenhaus” (hospital en alemán), escrita en 1986; tiene semejanza con Blanco de hospital (2002) de Samuel Cárdich. Se lee más narrativa que poesía por la sencilla razón de que impacta más al lector el relato efectista y de fácil comprensión antes que la metáfora, las imágenes poéticas, el lenguaje sutil y la construcción de una entidad literaria distante de la cotidianidad, abstracta, blindada por el léxico enrevesado y pocas veces accesible al consumidor de literatura.
Borges era un gran relector y sentía preferencia por ciertos libros que disfrutaba como un hedonista a ultranza. ¿Qué releía Borges? El Quijote, la Divina comedia, Las mil y una noches, El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer, el filósofo del sufrimiento, a quien llamaban el Buda de Fráncfort. Borges nunca escribió una novela, sin embargo, echó elogios al Quijote y a Ulises de James Joyce. Prefirió el cuento, el ensayo y la poesía. Dejó para suerte nuestra Ficciones y El Aleph. Borges era muy riguroso con el lenguaje, la trascendencia del libro, la historia literaria, la puntuación, obsesivo en la corrección antes y después de la edición de sus libros, la concisión antes que la retórica y la pomposidad lingüística, el verbo conjugado, el sustantivo vital o el adverbio exacto e idóneo por encima del adjetivo distractor y lisonjero. Yo descubrí el punto y coma borgiano. Finalmente, para qué sirve leer poesía, disfrutar de historias literarias, consumir libros como termita famélica. Borges, seguramente, para saber, fantasear, escribir, usar mejor el idioma y trascender como escritor y lector. Se dice que mostró arrepentimiento por cuatro libros suyos que para nosotros es digno de lectura y aprendizaje: Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos y Cuaderno San Martín.
Nosotros algún día vamos a morir; es la ley natural, nadie escapa ni negocia. En el ataúd no caben las riquezas, los libros ni los bienes materiales, pero lo leído, disfrutado y vivido nos acompañarán en ese viaje incierto hacia la luz, las tinieblas o la nada. Hay libros de una sola y ligera lectura, pasan sin despeinar al lector; son para la amnesia y la exhibición decorativa en la escenografía. Otros apenas se hacen presentes, deleitan y caen al suelo como hojas del árbol para formar una sábana de hojarasca que el viento arrastrará sin norte ni destino. Algunos libros escritos por celebridades precoces o insignes fueron ignorados deliberadamente por razones mezquinas, miopía y soberbia intelectual, puestos en el refrigerador, postrados, silenciados hasta que un descubridor y el tiempo se encargaron de revelarlos. Son pocos los libros brujos que hechizan y encandilan con una magia inexplicable y convierten al lector en prosélito, íntimo seguidor y sacerdote, que llega hasta la enajenación y la dependencia. A esos libros regresamos una y otra vez para cogerlos, ellos nunca se resistirán, sentir su presencia amable y entrega física y releerlos como si fuera la primera vez. Ilíada, Edipo rey, el Quijote, Los versos del capitán, España en el corazón, Hora de silencio, De claro a oscuro, Blanco de hospital, El huso de la palabra, Los heraldos negros, Poemas humanos, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba, El mito de Sísifo, Cien de soledad, La ciudad y los perros, Pedro Páramo, El llano en lamas, La metamorfosis, La palabra del mudo, etc. siempre nos atraerán para la relectura y admiración. Son los libros que quisiéramos seguir leyendo después de la muerte. Nunca acaban su encanto. Envejecen, pero se quedarán, cuando nosotros muramos, para esperar a un lector relevante y sustituto.
Leer es un acto personal, solitario, rebelde y revolucionario contra la indiferencia, el analfabetismo funcional, la miseria verbal, la estupidez y la escasez de argumento. Donde no se lee surge el insulto, la intolerancia y la injusticia. ¿Algún día tomaremos las calles de la ciudad para exigir la publicación de libros e implementación de bibliotecas? Hoy leemos menos que antes, la “astucia” ha reemplazado a la inteligencia y creatividad, el celular (aparato tecnológico imprescindible que también uso) ha proscrito al libro y la lectura. Hay mucha información, pero entendemos menos. Si la muerte llega, en cualquier momento, que te pille con libros y leyendo.




