Escrito por: Jorge Farid Gabino González
¿Es Vladimir Cerrón el nuevo Vladimiro Montesinos de la política peruana, como no pocos comienzan a sostener, motivados, a no dudarlo, por la innegable influencia que viene ejerciendo en las decisiones, casi siempre erráticas, que “toma” el presidente? Pues no. No lo es. Y esto, entre otras cosas, por dos razones fundamentales. Primero, porque, a diferencia del tristemente célebre ex asesor presidencial, que se conducía, como se sabe, al abrigo de las tinieblas, Vladimir Cerrón no solo actúa a vista y paciencia de todo el mundo cada vez que le viene en gana hacerlo, sino que además no tiene reparo alguno en aprovechar la más mínima oportunidad que se le ofrece para presumir a los cuatro vientos el indiscutible, el desmesurado poder que ostenta.
Segundo, y no por ello menos importante, porque Alberto Fujimori podrá haber tenido todos los defectos del mundo, ¡y vaya que los tenía!, pero imbécil no era. Por lo que se podría afirmar que entre él y Montesinos había una relación más bien equilibrada, una suerte de vínculo “laboral” en el que tanto asesor como dictador se encontraban, por decir algo, al mismo “nivel”. No sucede lo mismo, sin embargo, con el presidente Pedro Castillo, cuyas evidentísimas limitaciones intelectuales, sumadas a su probada impericia política, lo hacen particularmente proclive a la comisión de disparates. De ahí que, en lo que toca al grado de dependencia, de sujeción, de subordinación que muestra el presidente respecto de su más influyente asesor, salte a la vista que Pedro Castillo se halla a miles de años luz del dictador, y que Vladimir Cerrón es potencialmente mucho más peligroso que el otro doctor.
Motivos para preocuparnos, naturalmente, los tenemos de sobra. Porque si algo ha quedado demostrado en estos primeros días del nuevo gobierno, es que las decisiones verdaderamente importantes, aquellas cuyas repercusiones comienzan a redundar ya en el rumbo que va tomando de a pocos el país, no las ha tomado, por más increíble que parezca, el presidente de la República, lo que en otras circunstancias sería lo normal, sino Vladimir Cerrón. Con lo que además de configurarse el delito de usurpación de funciones, se da pie para que la oposición vuelva a poner sobre la mesa la figura de la vacancia presidencial.
A todo esto, resulta inevitable preguntarse en qué carajos anda metido el presidente, que no es capaz de salir a dar la cara a la población, esto es, de asumir su responsabilidad ante la ciudadanía por las infelices decisiones tomadas por su despacho respecto de la designación de ministros y otros altos funcionarios; decisiones que, más temprano que tarde, habrán de conducirlo a la primera gran crisis de su endeble gobierno. Porque es un hecho que, así como van las cosas, el Congreso acabará censurando a su primer gabinete, con las terribles consecuencias que ello acarreará a nuestra ya de por sí mellada economía.
¿Será que si el presidente Pedro Castillo no ha salido hasta ahora a responder a los fundados cuestionamientos a su decisión de colocar como ministros de Estado a personas poco menos que impresentables, es porque se encuentra “estudiando” el guion de lo que habrá de decir a la ciudadanía? ¿O será, quizá, que su sospechosa ausencia obedezca más bien a que no encuentran argumentos para defender lo indefendible? En cualquier caso, alguien debería decirle que no podrá permanecer escondido para siempre; sobre todo porque conforme pasan las horas se hace más insostenible el clima de tensión en que se encuentra el país, en que se debate la gente.
Por si lo anterior no fuera poco, comienzan a cobrar cada vez más fuerza las posiciones según las cuales el verdadero objetivo de Perú Libre sería precisamente ese: provocar que el Congreso censure al gabinete Bellido, y a cuantos vengan después de él, para tener el argumento perfecto con que justificar la disolución del Legislativo. En cuyo caso obtendrían por fin lo que vienen deseando desde un principio: tener carta blanca para hacer con el país lo que les dé su puta gana.
El Perú, por supuesto, no lo merece. Por lo que haríamos bien en dejar de buscar culpables donde no los hay; en dejar, por ejemplo, de echarles en cara a quienes votaron por Pedro Castillo el que estemos como estemos. Porque por más que nos pueda causar disgusto el que nos hallemos en esta situación por culpa de la insensatez de un gran número de nosotros, resulta injusto culpar de todo a quienes votaron por el actual gobierno, pues nadie en su sano juicio habría votado por él a sabiendas de lo que se vendría.
Y es que quienes lo hicieron optaron por Perú Libre en la creencia de que dicho partido sí los representaría, esto es, de que con Pedro Castillo tendrían, por fin, a alguien que en verdad sacase cara por ellos. ¡Craso error! Pues no solo ha quedado demostrado que a casi dos semanas de su juramentación no tenemos presidente, sino que además vamos camino de una crisis económica y política como no tuvimos jamás. ¡Que Dios nos ayude!




