Por Jorge Cabanillas Quispe
A veces hay despidos confusos y a veces me cuesta entender más los que se ejecutan en la modernidad.
Cierto día, según el calendario era un sábado, estaba yo cuarenteneando. Recuerdo que había dormido un poco, ustedes saben: informes, plataforma, videos, plataforma, (pum se colgó y pum solucionen), exámenes, sesión Zoom, etc.
Y entre esos ires y venires uno espera, cuanto mínimo, un «¿Cómo estás?» de los que se sienten superiores a ti, («jefes», les dicen, «jefecitos», otros). Pero no. Ese día llegó al grupo de WhatsApp un mensaje pavoroso que parafraseando decía algo así: «Si no quieren trabajar por la mitad de su sueldo pueden irse a buscar a otro lado donde trabajar; pero eso sí, muaja, ja, ja, ja, no encontrarán naaaada. Por eso yo hago lo que quiero; les descuento lo quiero y les pago lo que quiero. ¿Cómo la ven? A ver (“haber”, escribió el jefe) que alguien renuncie pues… Ja, ja, ja. Así me gusta, nadie dice nada, ¿ya ven? Dependen de mí, ¡así que trabajen bien y a mi modo!».
Bueno, yo que estaba practicando un viejo deporte que me enseñó mi amigo Nando (manejar bicicleta), me detuve en un lugar para comprar unas cosas y pude leer con calma el mensaje… Me quedé conmocionado, no por el contenido —ya antes había leído de ciertos tipejos que se creen dueños del universo como sir Aníbal VonWanko, Mr. Puntilla, Mr. Satán y así sucesivamente en alguno que otro libro o ficción televisiva—, pero sí por el silencio temeroso, la aceptación de la humillación de muchos respetables colegas…
De repente me confronté un instante y me dije: «Oye, ¿qué queda?, ¿has estudiado cinco años y constantemente has viajado, para especializarte, dos años más de Huánuco a Lima para que te dejes tratar así?». Me quedé mudo y de pronto mi otro yo exhortó: «¡No seas cobarde!»… Entonces escribí en grupo de chat: «¿Perdón?»…
En ese momento estalló un combate que ya había perdido hace rato. Salieron los soldados, que siempre resguardan a «dictadores» con aires madurezcos, a defenderlo; hasta a profesores «filósofos» e ignaros pagan para eso. Lamentable.
Lo cierto es que ese término ofendió profundamente al tipo al que iba dirigido. Sintió, según me dijo luego él mismo, que había cuestionado su autoridad. «Sé más claro», me confrontó. Algunos de los docentes se limitaban a escribirme personalmente apoyando mi causa; sin embargo, en el grupo salvaguardaban su trabajo defendiéndolo.
«De acuerdo, se lo digo directamente, me parece una bajeza lo que ha hecho: está condicionando a docentes que dependen de ese sueldo para mantener a sus familias. Eso es una bajeza». Supe que en ese momento estaba firmando un documento de despido invisible en el chat. Creo que no tuvo sentido decirlo así, pero era lo real, era la verdad, era lo que todos querían decir, pero nadie se atrevían: estábamos regalando nuestro esfuerzo, y muchos, en este momento, están regalando su trabajo en varios colegios privados.
Los días pasaron y supongo que se me declaró una guerra fría, pero ya no importaba, ya había dicho lo que necesitaba decir, lo que muchos docentes queremos decir: se nos trata como objetos sin que tomen en cuenta nuestros años de lectura, de preparación, de formación, de días grabando videos de nuestras clases en tales circunstancias y por unas miserables monedas.
«¿Te arrepientes ahora?», otra vez me pregunté. Creo que no me arrepentiré nunca, creo que hice lo correcto, creo que también me he formado mucho más, disculpen que no ponga igual, que el tipo aquel que asume ser el todopoderoso porque tuvo el dinero necesario para formar una empresa…
Nunca hubo «un gracias directivo», pero sí recibí la gratitud de muchos alumnos —a quienes por cierto les dijeron muchas cosas falsas como que yo había renunciado—. Gracias a mis exalumnos por protestar en grupo aquel día en que sin más ni más solo me eliminaron de un grupo de WhatsApp, una forma fría de despido arbitrario de este siglo.
Es cierto que muchos vivimos lo mismo en algún momento. También es cierto que ya no veré en mi cuenta sueldo esa miseria que no merecemos; es cierto que le dije unas cuantas cosas a un empresario que tiene aires de monarca; es cierto que si hubiera sabido que mis años de estudio no pesan nada cuando se dice la verdad, me hubiese quedado callado y ahora seguiría grabando diez videos por clase y recibiendo una propina por eso; es cierto que mis colegas siguen sometiéndose porque no les queda de otra y es cierto que muchas empresas educativas contratan ahora a profesores de preferencia solteros para sacar mejor partido económico de ellos, e incluso si tienes cierta edad y familia no conviene contratarte a pesar que estés especializado en tu área.
Quizá a mí tampoco me quedó de otra aquella tarde; quizá aquella tarde también tenía que elegir entre pedir auxilio o ser exiliado; quizá hice lo correcto; quizá, después de todo, algún día comprendamos que no merecemos ese trato; quizá algún día, mientras ordene mis libros, salga alguien a defendernos y yo aplaudiré detrás de una pantalla; quizá salga alguien a decir que no merecemos ser la última rueda del coche; quizá pronto o quizá mucho después salgan mis colegas a decir que lo que hice no estuvo del todo mal, aunque quién sabe, quizá lo estuvo: «¡Piense en dinero, hombre!»; quizá ese día solo fue un sueño, un sueño bonito como aquel que soñé en 2012 cuando ingresé a Lengua y Literatura y supe que ser maestro es más que una noble y digna vocación…
Quizá ahora, quizá pronto, dejen de despedirnos eliminándonos de los grupos de WhatsApp sin mejor justificación que el «Tú no me caes, tú no te dejas someter ni humillar» y así deshacerse de nosotros, quizá, Señor, quizá…




