La madrugada del 24 de febrero de 1962 quedó grabada en la memoria de Trujillo gracias a un acto de heroísmo singular. El sonido de una sirena, proveniente de la bolichera “Jerry Lou”, presagiaba un inminente naufragio frente al balneario de Buenos Aires. La pesca industrial, en pleno auge en la costa peruana, experimentaba también sus riesgos, y esa madrugada sería prueba de ello.
Según la investigación publicada por El Comercio, el sonido de alarma de la bolichera “Jerry Lou” marcó el inicio de una dramática jornada.
En medio de la confusión y la oscuridad, un pescador local, Enrique Venegas Piminchumo, emergió como la figura salvadora. A bordo de su tradicional caballito de totora, embarcación ancestral utilizada por los pescadores de la región desde tiempos precolombinos, se enfrentó a las embravecidas olas para rescatar a la tripulación de la nave siniestrada. La cercanía de la costa, a unos 100 metros, no disminuía el peligro ante la fuerza del mar.
Venegas, quien acostumbraba a salir muy temprano en busca de sustento, jamás imaginó que su habitual faena se transformaría en una misión de rescate. Al percibir la gravedad de la situación, no dudó en lanzarse al mar, impulsado por la solidaridad hacia sus compañeros hombres de mar. Su pericia en el manejo del caballito de totora, perfeccionada a lo largo de años de experiencia, sería crucial para el éxito del rescate.
La bolichera “Jerry Lou” luchaba contra las olas, pero su destino parecía sellado. La tripulación, presa del pánico, veía con desesperación cómo la embarcación se inclinaba peligrosamente. Fue entonces cuando Venegas llegó, ofreciendo una esperanza en medio de la tragedia. Con una valentía admirable, transportó uno a uno a diez de los tripulantes hasta la playa, desafiando el oleaje y la fatiga.
Sin embargo, la tragedia no pudo evitarse por completo. El capitán de la embarcación, Leopoldo Barba, pereció en el hundimiento, atrapado en el interior de la nave mientras intentaba salvarla. Su cuerpo, al parecer, nunca se despegó de su navío, en un acto final de entrega y fatalidad. La densa neblina que cubría la zona esa madrugada, un fenómeno común en la costa peruana, contribuyó al desastre, desorientando a la tripulación y dificultando la navegación.
La labor de Venegas no fue solitaria. El conductor Macedonio Sánchez Vasallo, desde la playa, iluminó el mar con los faros de su auto, sirviendo de guía para el pescador y los náufragos. Asimismo, Alejandro Venegas, hijo del héroe, colaboró activamente, ayudando a su padre a superar las primeras olas y recibiendo a los rescatados en la orilla. Este trabajo en equipo fue fundamental para minimizar las consecuencias del naufragio.
Días después, se intentó rescatar la bolichera, valorizada en tres millones de soles de la época, pero la tarea resultó extremadamente compleja. Finalmente, solo se recuperaron algunas partes de la embarcación, como el “boliche” y la “chalana”, gracias al trabajo de un equipo de buzos especializados. El mar, implacable, reclamó para sí la mayor parte del “Jerry Lou”, dejando una marca imborrable en la historia de Trujillo.




