
Por Yeferson Carhuamaca
Alexander sale apurado de su casa a pesar de lo temprano que era y todo para llegar a su trabajo, tenía una deuda con el banco, un divorcio a cuestas y la soledad acompañándolo a cada esquina. Era lunes, tenía los audífonos puestos (sonaba: Trátame suavemente de Soda Stereo), se lamentaba irónicamente de ser profe de letras, en qué estaría pensando cuando decidió estudiar tal carrera. La música le entraba por sus tímpanos, así como la luz traspasa los vidrios y llega a las plantitas que crecen con vigorosidad.
Entre tantas astillas que se insertan en la vida de Alexander, llega a su colegio, aquel donde casi lo despidieron dos veces por llegar con resaca y por casi haber golpeado a un directivo en una fiesta. Si no fuera porque es pata del Dire., lo botan.
Se sienta en una de las pocas bancas que hay dentro y espera a que el timbre suene. Como todos los lunes a llegado muy temprano, tanto así que faltan más de cuarenta y cinco minutos para que empiece el dictado de sus clases. De pronto se acerca alguien, un alumno con mirada nerviosa, es uno de los que siempre llegan temprano, muy temprano.
El colegial le pregunta al profe. – Profe, buenos días- y antes que responda, el chico sigue… -me gusta el curso de usted, es chévere en su clase, profe, me gusta como narra sus historias; bueno, las historias de los escritores, profe-, le dice, y le pregunta, ¿cuál fue su primer libro que pudo leer?
Gracias a la pregunta Alexander se mira muchos años atrás, donde vivía en un viejo campamento minero, con la nieve sobre su techo de calamina y la champa ardiendo en el fogón y se ponía a leer su primer libro, con miedo, con algo de curiosidad, pero sin ninguna obligación, se adentraba a este irreversible mundo de las letras y su arte.
Alexander empieza y le dice a ese pequeño que el primer libro en su vida fue aquel que se titulaba: El retoño de Julian Huanay, una obra que narraba sobre un personaje llamado Juanito Rumi, un pequeño que quedó huérfano a sus once años y que siempre tuvo un sueño profundo, conocer la capital, o sea Lima la “bonita”; en unos de esos días él se escapa de su tía, con la que vivía después que sus papás murieron, todo para poder cumplir su sueño anhelado, entonces, guardando un tanto de cancha paccho en su bolso, emprendió el valiente viaje. Llegó a la Oroya y tuvo que conseguir un trabajo para poder costear su viaje, fue cargador de equipajes y luego con todo ese esfuerzo llegó al pueblo de Morococha gracias a la ayuda de buenas personas que iba encontrando en su camino. Una vez en ese lugar tuvo que trabajar en la mina, como capachero (el que escoge los minerales), -esta es mi parte favorita- le dice Alexander a su estudiante: a Juanito Rumi le narran esta historia que habla de la mina y el mito del Muki, la mina de Morococha antiguamente solo tenía dos peones y que uno de ellos venía con su hijo pequeño a trabajar, el niño se quedaba jugar en la entrada de la mina y cuando el papá volvía de su jornada lo encontraba muy sonriente y entusiasmado. Hasta que una vez el minero le preguntó a su hijo de por qué siempre estaba feliz y el niño le contestó que jugaba con un amigo que aparecía de la nada, el minero se dio cuenta que era el Muqui de las minas, y le dijo a su hijo que la próxima vez quisiera conocer a su amigo; entonces, el minero llevó de su casa una cuerda de cerda de caballo (según la creencia, el Muki es un tipo de duende que solo puede ser capturado con esa cuerda) y con tal cuerda, el minero pudo capturar al Muqui, quien para poder ser liberado de dio todo el oro que pidió, pero que el peón lo gastó en puro trago y murió así, ebrio.
El estudiante lo sigue escuchando atentamente a Alexander, -el final de esta historia-, le dice, es que el pobre de Juan se enferma y lo llevan a Lima y aquellos que lo llevaron, lo abandonan en el hospital llamado Dos Mayo de esta acaba la historia de El Retoño. Es necesario decir que fue escrita por alguien que fue un chofer, sindicalista y luego terminó como periodista. -Esta obra me sigue encantando, vuelvo a ella siempre, no es un “obrón”, para mí, sí lo es-, dice Alexander. Toca el timbre, el chico se despide él, el profe sujeta su maleta y se va clases.





