¿Por qué, Papá Ata?

 Escrito por: Jacobo Ramirez Maiz 

Ha pasado poco más de dos meses de tu partida. Y acá, no bajo la sombra de un limonero, sino sentado en una banca, contemplando el horizonte, vienes a mi memoria, viejo amigo. Bebo un sorbo del trago que está en el vaso, y te veo salir por el callejón que conducía a tu oficina, que así la llamabas, haciendo sonar tus llaves, shucapeando. Recuerdo que cuando querías joderme, lo que sucedía no pocas veces, me llamabas con nombres y apellidos completos, y luego sonreías, gustoso.

Te veo sentado en una de esas sillas que hoy están vacías, hablando de todo. Observo tu cabeza casi sepla y admiro tu memoria de elefante. Casi no hay personajes de novelas o cuentos que se te olviden. Preguntas por los libros que estamos leyendo, nos pides explicaciones. Cuando nos callamos, tus labios comienzan a hablar de Guillermo Cabrera Infante: «Tres tristes tigres es uno de los mejores libros que se hayan escrito». Añades: «Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen», y comienzas a contarnos la novela. Nos hablas de Cuba. Juras que todo lo que dices es verdad. La novela describe un ambiente nocturno en La Habana, a través de las andanzas de tres amigos en el transcurso de una noche. Pareciera que quieres vivir cada detalle, cada momento, cada instante de lo que ese libro ha dejado en tu cerebro. Levantas tu vaso y bebes lentamente, disfrutando el sabor de la cerveza.

Sonríes. Tus ojitos brillosos se mueven de un lado para otro, y cantas descompasado: En esta tarde triste yo te espero / Tú vendrás hacia mí con tu ternura / Yo te diré lo mucho que te quiero / oprimiendo tus manos con dulzura. Agarras tu vaso de cerveza que cuidadosamente tapas con tu mano. Tomas, y, cuando ves que uno de nosotros está casi dormido, dices: «Para eso se meten a tomar con hombres». Y vuelves a sonreír.

Nos callamos. En ese silencio viene a tu memoria Daniel Magal. Comienzas a cantar en dúo o trío: Negros tus cabellos, cubrían tu cuerpo / Tan llena de amor, te vi bailando / Otro te abrazaba, otro te besaba / Pero eras a mí, a quien mirabas / Cara de gitana, dulce apasionada / Me diste tu amor, con una espada / Hoy en los caminos, vagas tu destino / Vives el amor, robas cariño / ¿Dónde están tus ojos tan profundos? / ¿Y aquel fuego de tus labios que eran míos? / El licor que bebo abre mis heridas / Me emborracha y más te quiero todavía. Terminando de cantar, chocamos nuestros vasos, y ¡salud!, ¡salud! Quieres doblar la mesa con el peso de las botellas de cerveza.

 Entonces es momento de partir. Hasta otro día. Pero tú te quedas. No solo, jamás solo, sino con quienes se pelean por acompañarte. Eran pocos, sí, pero junto a ti podrían abrir zanjas oscuras en los lomos más fieros. Me cantas: «Me dices que te vas, pues anda vete…».

Y ahora que me tomo este trago amargo, recordando que muchas veces te dejé, me pregunto por qué mierda tuviste que partir sin cantar, sin hablar de Cabrera Infante, sin sonreír, sin silbar, sin parafrasear versos en portugués. ¿Por qué te fuiste a buscar a Pibe? ¿Acaso no sabías que estaba bajo la sombra del limonero? ¿O es que en el fondo eras consciente de que no se encontraba allí, sino en un lugar todavía mejor, y hacia allí te fuiste? ¿Por qué, Papá Ata? ¿Por qué, Tío Muñi? ¿Por qué te fuiste, dejando un vacío en todos cuantos hoy, tomando, fumando, leyendo tus libros, te recordamos? ¿Por qué te marchaste por ese rumbo oscuro por donde sé que va a ser difícil encontrarte? ¿Por qué cruzaste la laguna de Estigia, sin llevarnos contigo? ¿Por qué?

 

Las Pampas, 25 de marzo de 2021