POR LOS CAMINOS DEL PERÚ

Israel Tolentino

Hay algo significativo en esta exposición, a Wiliam Cudeño (Huánuco, 1985) lo conozco desde el 2002, ambos coincidimos en el colegio Pillko Marka, en una temporada donde yo era un joven profesor de arte y él un adolescente en busca de su profesión. Momento de encuentro donde las recomendaciones de un novato docente se circunscribían al contexto político y económico del país (dadas las circunstancias, mis recomendaciones hoy día siguen siendo las mismas) poco halagüeñas para decidirse al Arte en general, pero como suceden en las historias dignas de contarse, Wiliam no me hizo caso completamente, es decir, a la búsqueda de un trabajo estable económicamente, sumó su vocación hacia la pintura como técnica y las imágenes como una manera de paliar su desarraigo.

Cuántos jóvenes desde hace mucho deben migrar para conseguir el espacio donde cumplir sus metas o adquirir alguna. Esta, su primera individual en la sala 113 del Espacio Fugaz de Callao Monumental que se inaugura este 18 de agosto confirma esa genuina vocación contra la que no se puede desaconsejar y mi cercanía en estos años con Wiliam. En esta individual  me toca ser el curador, hecho que me conmueve. Hace 22 años, él no imaginaba ser un artista profesional, menos yo, un curador.

Una roca enorme, tallada como parte protectora de su casa muestra la fuerza y el empuje de Wiliam, hasta ahora cada paso a llevado un tiempo, ha costado sudor y lágrimas y así, nadando contra la corriente, ha levantado vuelo, vuelvo a recordar la enorme roca, una obra pintada a la acuarela, una especie de punto de respaldo y apoyo sumergida en agua.

El arte como la vida tiene su tiempo, sobrepasa la noción de Escuela o Institución, y cuando llega, no se va nunca, al menos del alma. Los caminos del Perú cubren esta geografía accidentada donde la roca se convierte en la imagen del paisaje, su resistencia y su futuro. Cada paraje por donde un hombre peruano a recorrido es hoy una construcción que guarda una esperanza interminable, la roca, un reto donde dibujar esta abrupta geografía, historias extrañas e inverosímiles. Wiliam es una artista que lleva en su itinerario la sierra, la selva y la costa y el agua de la acuarela el río por donde navega.

Ha querido titular esta primera individual “por los caminos del Perú”, frase que le recuerda muchos lugares y todos los oficios que tuvo que realizar para arribar a su condición actual. Inicia su camino profesional con el Arte y la sala 113 del Espacio Fugaz conducido por Leyla Aboudayeh se vuelve en su punto de partida.  Esta muestra individual convierte la sala en un estacionamiento, un lugar donde convergen camiones de lugares y tiempos disímiles, historias que como fantasmas, cada noche, saltarán en el silencio del ambiente de Monumental Callao.

Wiliam es consciente de lo que le espera, como en todo viaje, siempre se está en inicio, recorrer sin tener el control de la llegada. Los camiones, mixtos, buses interprovinciales, urbanos, son la constancia inquebrantable del viaje, del recorrer de cada uno de nosotros, como si esos camiones te encararan con historias las dificultades y penurias de tus padres y abuelos y de ti.

Sobre un lado de la sala se lee una obra donde los nombres de tres mujeres, que son sus hijas, hacen las veces de una cumbrera donde descansan las mochilas de las mismas, una imagen tierna y llena de lucha, un padre sacrifica y pone en juego su integridad física por el deseo de tener a sus hijas en una parte del camión que representa su herramienta de trabajo, como un lema, el artista pinta esos nombres que le dan las fuerzas para resistir el día a día.

Esta individual es también un homenaje a su abuelo Emilio, de quien recuerda: mañana todos listos para abordar “El panameño” (mixto) si nos deja, tendremos que esperar la otra semana, advertía a sus hijos y todos se preparaban para ese viaje. En el trayecto de Chaglla a Tingo María (Huánuco) el viaje era lento, dormían donde los alcanzaba la noche, a veces bajo una peña y lugares desolados. Cuentan que los atormentaban espíritus, de miedo escuchaban voces extrañas y miraban personas con patas de animales, todos se abrazaban y de rodillas rezaban y algunos masticaban hojas de coca y encendían sus tabacos. Don Emilio hacia lo mismo siempre en cada viaje, para ellos llegar a la selva era mágico (Pozuzo, agosto 2024).