J. Miguel Vargas Rosas
Hemos señalado ya que las potencias mundiales solo pueden imponerse mediante el militarismo. Por otra parte, en América Latina y el Caribe, el fascismo se deja entrever en la promulgación de leyes que permiten la permanencia en el poder de gobiernos que asumen bajo los lineamientos del totalitarismo, y en la represión de protestas populares, a pesar de que estas sean consideradas un derecho en los documentos constitucionales. Esto en medio de la gran pugna entre el Gran Capital Financiero y el Gran Capital Burocrático, ambas ramas opuestas de la Gran Burguesía del Perú, en cuanto cada Gran Burguesía está alineada con uno de los dos bloques imperialistas en beligerancia. En el 2019 una ola de protestas sacudió América Latina y el Caribe, debido precisamente a las crisis económico-políticas ocasionadas por el “libre mercado” y la sujeción de los países del Tercer Mundo al poderío del imperialismo, el cual a su vez presenta contradicciones irresolubles. La violencia estatal estalla porque catalogan a las protestas populares como amenazas contra los intereses económicos del imperialismo y sus subordinados.
En Ecuador (del 2 al 13 de octubre del 2019) las movilizaciones contra el paquete económico de Lenin Moreno fueron contenidas con una represión gubernamental brutal, a tal extremo de dejar como saldo cinco manifestantes muertos, más de mil heridos y una cantidad similar de encarcelados. Chile sorprendió y remeció América con una protesta que poco a poco se fue estructurando en la demanda de una Asamblea Constituyente para la elaboración de una Nueva Constitución Política, dado que el “milagro económico chileno”, tal como lo llamó Friedman, había sido hasta entonces una bonanza falaz. En ese entonces, con Piñera como continuador de Pinochet, “el milagro económico” había llegado a un momento extremadamente crítico. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) había informado que en Chile solo el 1% más adinerado se había apoderado del 26, 5% de la riqueza en el 2017, mientras que el 50% de la población solo accedió al 2,1%. A la par, la población tenía que enfrentar medidas económicas que encarecerían el costo de vida. En estas protestas, que abarcaron cerca de dos años, se registraron aproximadamente 18 asesinatos, 120 casos de tortura, 18 agresiones sexuales, poco más de 1300 heridos y más de 4200 detenidos. Estas cifras alarmantes denotan fehacientemente que, en Chile y Ecuador, la democracia burguesa no fue ni es una democracia para la gran mayoría social, sino más bien una democracia y una libertad para los que oprimen.
En Bolivia ocurrió otro tanto ese mismo año. En este país, la represión se ha “engalanado” además con demagogia racial y han reprimido a campesinos, les han quemado sus casas, se registraron cerca de 30 personas heridas y no se anotaron muertos, pues no hubo ni existe una intervención para la recolección de testimonios y datos. En otras palabras, no hubo ni hay una investigación concienzuda. Después de las protestas y de la huida de Evo Morales, ex presidente de Bolivia, la violencia contra los campesinos y trabajadores se ha incrementado, aunque el gobierno de hoy ha buscado pacificar la zona, lo ha hecho en detrimento de las clases trabajadoras y ha dotado de seguridad a la Gran Burguesía e imperialismo.
En Haití ocurrió una protesta masiva aquel mismo año contra el entonces presidente que había incurrido en actos de corrupción y había profundizado la crisis socioeconómica del país. El gobierno solo supo hacer frente con la tan manida política de la “cachiporra”, provocando, según la CIDH, el asesinato de al menos 17 personas por manos de fuerzas armadas gubernamentales, para después conducir un país crítico y en caos hacia la profundización de dicha crisis y caos, sometiéndolo a un estado carente de seguridad, pues la violencia delincuencial campeaba en las principales ciudades. México, Colombia, Venezuela y Puerto Rico también movilizaron a numerosas cantidades de personas para protestar contra sus respectivos gobiernos, aunque claro está que, en Venezuela, aprovechándose de la crisis debido a la inoperatividad del gobierno para resarcir la crisis, los recalcitrantes capitalistas de un ala de la Gran Burguesía atados al imperialismo norteamericano, intentaron apoderarse de las protestas y demandaron la intervención de Norteamérica, quien hasta hoy lanza ciertas amenazas de invasión.
Brasil protestó contra el gobierno fascista de Bolsonaro en el 2019, pues este había establecido una política de recortes presupuestales que afectaban al sector educación, a la defensa de la Amazonía, entre otros sectores. Bolsonaro, como leal servidor del imperialismo norteamericano, pensaba dejar la libre depredación de la Amazonía brasileña a cambio de la sonrisa lasciva de los yankis y, en su afán de privatizar la educación —que es una política ya expandida por América Latina— planeaba el recorte presupuestario del 30% a las universidades públicas, que afectaría a los trabajadores e hijos de estos. La multitud fue reprimida ferozmente, aparte de ser catalogada por Bolsonaro de “idiotas útiles”. En el 2021 estallaría una nueva protesta que reuniría a millones de brasileros en contra de Bolsonaro, el cual no hizo esperar su respuesta mediante las armas, los gases pimienta y la represión violenta que incluye encarcelamiento y tortura.
Las protestas continuaron hasta el 2022 aproximadamente y el turbio proceder de los gobiernos de turno nunca menguó su violencia, pues, tal como sentencia Wallat, H. (2021), el capitalismo «no resuelve las contradicciones socioeconómicas y los conflictos políticos subyacentes, sino que los reprime con violencia interna y externa» (p. 192). Por esto, la crisis va haciéndose más compleja hasta llegar a un nuevo punto de quiebre que despierta la indignación de las masas; estas protestan y los gobiernos reprimen, asesorados siempre por los imperialismos a los que defienden. Es menester darle énfasis al hecho de que el fascismo emerge abruptamente, como brazo armado del capitalismo e imperialismo cuando el sistema neoliberal sucumbe en una nueva crisis, más escandalosa y grave que la anterior. Cuando estas crisis estallan, nuestros burgueses piensan —siguiendo la perorata anticientífica y antihistórica de Von Hayek— que se debe defender los intereses de la burguesía, incluso a costa de su sagrado “libre mercado”, la “libertad absoluta de pensamiento” y el “derecho a la protesta” porque son ellos y su capital los que “valen”. «La memoria del proletario no recuerda un burgués que haya vacilado en sacrificar a sus obreros para salvar sus propios intereses. ¡Qué brutos son estos burgueses!» (Marx, K., 1976, p. 81)




