Para algunos familiares y amigos, visitar a sus parientes recluidos en el penal de Potracancha resulta ser simplemente una vía crucis. Los días de visita, que son miércoles, sábados y domingos, más de 1500 personas (varones, mujeres y niños) registran su ingreso al penal formando largas colas bajo el inclemente sol.
El desorden impera desde las afueras del centro penitenciario. Muchos no respetan el orden de llegada y tienen que esperar que los efectivos policiales (a más de 50 metros de la puerta) “los enumeren y sellen” para su ingreso.
Pasan en grupos de 30 a 40 personas; pero el tumulto se forma en el acceso principal al penal, porque algunos malos efectivos, según dan cuenta los denunciantes, hacen ingresar “a sus conocidos” o quienes “les entregan alguna dádiva” y no respetan el orden de llegada.
Los familiares de los reclusos preparan alimentos que son minuciosamente revisados por personal del INPE. Algunas personas manifiestan que incluso sus víveres son retenidos y aducen que no pueden ingresar y no les dan mayores explicaciones.
El sábado, las personas, que llegaron al promediar las 11 a. m., tuvieron que esperar hasta las 2 p. m. para ingresar y solo pudieron ver a sus familiares algunos minutos.
Piden una restructuración del proceso de ingreso y se amplíe los días de visita. Los últimos años, la población de reclusos creció de forma exagerada y por consiguiente aumentó el número de visitantes.
El penal de Potracancha fue construido para 919 presos, pero existe una elevada sobrepoblación. En la actualidad, se registran más de 1500 internos, entre varones y mujeres.



