PICHGACOCHA

Por Jacobo Ramirez Maiz

Jaime es el encargo de llevarnos durante una hora y media en carro hasta ese lugar turístico que pertenece a Cochamarca. Hace un poco de frío y el café, lo mismo que el pan, los plátanos fritos y la cecina recién están corriendo por nuestros intestinos. Emprendemos la subida. Caramelos en nuestras mochilas, un poco de coca para la altura, y a viajar se ha dicho. Llegamos a Conchamarca. En sus calles solitarias, retumba una música que sale de la radio de una casa. Entramos por una calle empinada y salimos a la carretera que nos lleva hasta Jatunsequia. El agua de riego se pierde por una ladera, mientras en Las Pampas la acequia está más seca que una pasa. 

Llegamos a Yaurín. Antes, una casa elegante sobresale entre las otras del sitio. «Es la casa del exalcalde», nos dice el chofer, y entiendo el porqué de la elegancia. Una cadena nos impide el pase. La entrada cuesta cinco lucas por cabeza, nos dice un jovenzuelo que mete sus narices por la ventana. Pagamos y seguimos subiendo, arbustos de shiraca con sus frutos rojizos se ven en ambos lados de la carretera. 

Más arriba, un zorzal salta en medio del camino, y el olor del eucalipto ingresa por la ventana del vehículo. Maizales y papales florecen en medio de las pendientes. Miro disimuladamente, y me encuentro con que es un abismo al que, si alguien cayera, estoy seguro de que no sobreviviría. El chofer nos dice que ya falta poco. Efectivamente, después de unas curvas, llegamos a Mesapata. Bajamos del vehículo y el aire fresco ingresa por nuestras fosas nasales. No hay ni un solo letrero que nos indique la altura, pero sé que la primera está a 3700 metros sobre el nivel del mar. Es momento de emprender la caminata. Un camino estrecho, por donde pasa una sola persona, nos dice que empieza la aventura. Trepamos unas gradas construidas con piedras y cemento. Se ven un poco primitivas para la época, pero la adrenalina es más fuerte. A nuestros oídos llega el sonido del agua: una catarata de más de cien metros nos da la bienvenida. Seguimos nuestra ruta y nuestros ojos quedan maravillados con la majestuosidad de la primera laguna. Sentimos la brisa fría en nuestros rostros. Tomamos unas fotos y, calculando el tiempo, decidimos seguir cuesta arriba. Nuestro objetivo es llegar a la quinta. 

Un camino rústico con piedras pintadas de amarillo nos indica el camino. Otra vez, unas escaleras angostas. Curvas en zigzag hacen emocionante la aventura. Contemplamos la catarata que cae y sé que un resbalón de ahí, por más que se tengan las vidas de un gato, acaban con cualquiera. La hermosura de la segunda laguna nos dice que vale la pena seguir cuesta arriba. Ingresamos a la tercera, remojamos nuestros pies cansados. El agua está completamente helada y el frío se incrementa. 

A seguir adelante se ha dicho. La altura me quiere jugar una mala pasada, pero no le hago caso. Llegamos a la cuarta laguna, y unos patos silvestres nos saludan. Son hermosos, nadan felices. Junto a una pequeña isla de esta laguna hay una madre con varios patitos, es una alegría verlos en su hábitat natural. La laguna es la más grande de todas. Una flecha indica el camino a la quinta laguna, pero ya no hay sendero. Es como introducirse a un laberinto. Por un lado, bolsas de plásticos, táperes, residuos de papeles, botellas vacías. En ciertos espacios fangosos, margaritas hermosas florecen. Seguimos el camino, ya no hay nada que nos indique cómo llegar. Estamos a 4000 metros. El frío es fuerte. El cielo se oscurece. Las nubes negras hacen temerosa la caminata. Acomodamos unas cuantas hojas de coca detrás de una roca: es la paga al aukillo. Saltamos entre rocas y, finalmente, llegamos a la última laguna. Es pequeña; de ella se desprende un pequeño hilo de agua hacia la cuarta. Es silenciosa, ya no hay más cataratas. Es la más solitaria de las lagunas y es la primera empezando desde arriba. Le agradecemos por permitirnos verla. Le ofrecemos ofrendas que nuestros ancestros nos enseñaron a utilizar en este tipo de casos. Sonreímos todos, nos abrazamos y prometemos regresar otro día. 

Las Pampas, 10 de agosto de 2023