Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de lengua y literatura
Con el pase del señor Pedro Castillo a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales el pasado 11 de abril, se corroboran, para desgracia nuestra, muchas cosas. Se confirma, por ejemplo, y no es poco decir, que la inmadurez, que la ignorancia política de un gran número de peruanos es todavía, en muchos sentidos, de dimensiones a todas luces tercermundistas. Y no, por supuesto, porque el respaldo dado en las urnas al candidato en cuestión sea, por sí mismo, indicativo de que quienes creyeron conveniente ofrecérselo, en el que apunta a ser un arrebato de intrepidez, de insensatez, de locura, anden necesariamente mal de la cabeza. Desde luego que no.
Pues, aún cuando sus razones no alcancen ni por asomo para justificar la pretensión de ese significativo porcentaje de desavisados electores de pretender llevar al poder a alguien que, se lo mire por donde se lo mire, está preparado para cualquier cosa, menos para convertirse en el próximo presidente de la República, estas pueden ser en muchos casos, con todo y con eso, todo lo válidas que se quiera. Más aún si tenemos en cuenta que dicha decisión de haber optado por confiarle su voto al señor Castillo, responde, en muchos sentidos, a ese comprensible hastío, a ese inocultable desencanto, que no pocos peruanos admiten sentir respecto de un amplísimo sector de nuestra clase política.
Como sea, lo cierto es que el haber obrado de tan insensata manera al momento de votar, ha acabado por ponernos en una encrucijada que, por muchos motivos, pero sobre todo dado el contexto de pandemia que actualmente atravesamos, amenaza con llevarnos a un punto en el que podríamos terminar entregando las riendas del país a alguien que, ni siquiera en una disyuntiva como la presente, debería considerarse como una opción: la señora Keiko Fujimori. Candidata que, de confirmarse su paso a la segunda vuelta, y todo apunta a que se confirmará, aglutinará bajo su liderazgo a todos los partidos y votantes que ven en el señor Pedro Castillo, y con justificable razón, a la versión peruana del indefendible chavismo.
Que lo sea o no es cuestión que, desde luego, solo el tiempo acabará por desvelar. El problema es que “tiempo” es precisamente lo que los peruanos no tenemos. Con menos de dos meses para que tenga lugar el balotaje, tiempo para determinar a ciencia cierta el grado de peligro a que nos estaríamos exponiendo de elegir al señor Castillo, es lo que los peruanos no tenemos. Porque, habiendo quedado ya el panorama electoral con estos dos candidatos como únicas posibilidades a las que poder elegir, de lo que se trata en este momento es de tener la seguridad de que, si finalmente no nos queda más remedio que votar por el señor Pedro Castillo, para evitar el Perú vuelva a caer en las asquerosas manos del fujimorismo, para impedir que el Perú premie a la tristemente célebre heredera del tirano convirtiéndola en presidente del Bicentenario.
¿Estará el señor Pedro Castillo a la altura de las circunstancias, esto es, se encontrará en condiciones de poner por delante los intereses del país, en lugar de pretender llevar a cabo muchas de las insensateces que dice que hará una vez que llegue al Gobierno? La verdad es que lo dudamos. Quisiéramos, sin embargo, equivocarnos. Errar como lo hicimos años atrás, cuando pensábamos que si Ollanta Humala, en ese entonces enfrentado también a la señora Keiko Fujimori, llegaba al poder, haría del Perú una nueva Venezuela. Esto habida cuenta del discurso extremista por el que era ampliamente conocido. Y no. No ocurrió lo que temíamos. Fue el suyo, más bien, un gobierno responsable, por lo menos en lo que toca a lo económico. ¿Experimentaría Pedro Castillo la metamorfosis por la que atravesó Ollanta Humala?
Mientras los peruanos comenzamos a rompernos la cabeza tratando de encontrar razones que justifiquen optar por el candidato de extrema izquierda, aunque solo fuese para no cometer la insensatez de entregarle el país en bandeja de plata a la señora Fujimori, quizá sirva de algo recordar que si hemos llegado a esta situación es, en gran medida, por culpa de nuestra propia irresponsabilidad. Y es que, de no haber votado tan abrumadoramente por un individuo por varias razones impresentable, no estaríamos en este momento debatiéndonos entre tener que convertirlo en nuestro próximo presidente y tener que hacer lo propio con la heredera del nefasto fujimorismo.
Como si no tuviésemos ya suficiente con los innumerables estragos causados por la maldita pandemia; para estar, encima, enfrentándonos al peligro de caer en las garras del populismo, de convertirnos en una nueva Venezuela; para estar, además, arriesgándonos a entregar al país a las hienas del fujimorismo. El Perú no lo merece. No merece que celebremos los doscientos años de nuestra independencia teniendo como presidente a quien encarna una de las más nefastas etapas de nuestra historia. Como no merece tampoco el que para “castigar” a nuestra indolente clase política nos arriesguemos a llevar al país al borde del abismo. Si peruanos de puro bestias es lo que somos.




