Por: Arlindo Luciano Guillermo
Los ciudadanos paradigmas viven en la memoria histórica. “No al odio, no a la confrontación, hay que trabajar por la esperanza. Hasta siempre, les doy mi corazón”, dice, ante la multitud, poder político. La actuación en el poder político es un riesgo. Depende del comportamiento del ciudadano -autoridad electa por el pueblo, funcionario de confianza, por meritocracia, de Servir- durante el ejercicio de la función pública. Hay personajes de grato recuerdo, otros merecen la amnesia total. Escuché el reciente discurso de José Mujica Cordano, expresidente de Uruguay. Él vive con su compañera Lucía Topolansky, sin lujos ni aspavientos. Pepe Mujica tiene fama de haber gobernado Uruguay (2010 y 2015) con transparencia, honradez, responsabilidad. ¿Para qué querría un nonagenario 30 millones de dólares? ¿Para qué acumular tantas propiedades y cuentas bancarias legales y en paraísos fiscales? La vida pública de Pepe Mujica se concentra en acciones concretas por la justicia, la dignidad del ciudadano, la conciencia tranquila y el derecho de vivir feliz en la Tierra. Es uno de los escasísimos referentes de un desempeño correcto en la política y el poder. Hay una seria carencia de liderazgo en la política. Pepe Mujica desborda de autoridad ética y coherencia política. Un discurso suyo cautiva al auditorio atentísimo, que escucha, aplaude sin parar. Dice: “Soy un anciano que está cerca de emprender la retirada de donde no se vuelve”.
A Juan Acevedo, el notable dibujante (de historietas y caricaturas), le dijeron que este 2024 el Premio Casa de la Literatura lo recibiría merecidamente él; luego le dijeron que no. ¿Qué argumentó el Ministerio de Cultura, que depende del Minedu? Razones burocráticas que se resuelven con rapidez si hay voluntad. ¿Por qué se le niega este premio a Juan Acevedo? De lejos se sabe que es una grosera censura al arte y al desempeño del artista. El arte independiente es una piedra incómoda en los zapatos de los gobernantes; representa un “enemigo público”. La disensión es democrática. Cualquier censura al arte es inaceptable. Una tira cómica o una caricatura política es un misil, más poderoso que un editorial correctamente escrito. El día del paro de transportistas (23 de octubre), el genial Carlín hizo una demoledora caricatura, en La República, inspirado en la coyuntura política y el peruanísimo personaje de Juan Acevedo: el cuy. Presenta a una multitud de cuyes, de diversas especies y colores, protestando en las calles. Los que van adelante sostienen un pasacalle: “Cuyes sí, ratas no”. Detrás avanzan los cuyes, con banderas y brazo erguido, apoyando a sus líderes. Unas cuantas ratas, desde un balcón, observan malhumoradas. El mensaje es elocuente: los cuyes son el pueblo sufrido por la indolencia del gobierno, el grado de descomposición moral de la política, el azote diario de la inseguridad pública. Los cuyes exigen solución de sus problemas; las ratas contemplan y los desprecian. La censura al arte, al derecho a la crítica y a la libertad de expresión es un atentado contra la democracia y la civilización. Hacerse de la vista gorda, mirar como un estrábico la realidad, someterse al silencio infame es cobardía y felonía consigo mismo y la historia. Si la Casa de la Literatura le negó el premio a Juan Acevedo, la legitimidad y la admiración viene a raudales del pueblo. Con o sin premio, la grandeza y el genio de Juan Acevedo se consolidan y agigantan. Acevedo y Carlín son artistas geniales.
Escucho a Joan Manuel Serrat (80), los latidos de mi corazón aumentan exponencialmente; es la magia de la palabra, la poesía y la música. Cantor, compositor y trovador, que habla y aún encandila con su voz y su congruencia moral. Amigo personal de Joaquín Sabina. Recientemente recibió el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2024. En el discurso de agradecimiento dijo: “Soy una persona que se alegra mucho de la vida. Una persona que se siente querida, se siente respetada, a la que le gusta el oficio al que dedicó la vida que es escribir canciones y cantarlas. (…) Creo en la tolerancia, en el respeto al derecho ajeno, en el diálogo como la única manera de resolver los asuntos justamente. Creo en la libertad, la justicia y la democracia”. Un Serrat conectado con la realidad desde los sueños, la música y la gratitud. “Tu nombre me sabe a yerba / de la que nace en el valle / a golpes de sol y de agua / tu nombre me lleva atado / en un pliegue de tu talle / y en el bies de tu enagua”. Gustavo Gutiérrez es el fundador de la teología de la liberación. Fue una incomodidad para la iglesia católica conservadora, que tenía acostumbrada a la feligresía a creer que la Tierra es un eterno “valle de lágrimas”, que la pobreza y la injusticia dependía de Dios. Para los cristianos de la década del 80, Gustavo Gutiérrez y su teología de la liberación fueron opción social y política desde las lecciones de Cristo, la solidaridad con los despojados de la riqueza material. Mi profesor de religión en el colegio, en 1982, fue el sacerdote monfortiano, impulsor de la teología de la liberación, Ivo Libralato Gardín. Gustavo Gutiérrez falleció el 22 de octubre. En 1971 se produjo un remezón en la iglesia católica: se publicó Teología de la liberación. Perspectivas. Provocó un sacudón en los cristianos henchidos de sensibilidad social, deseos de justicia y acercamiento a las necesidades del pueblo. Supimos que existían Camilo Torres, Arnulfo Romero, Hélder Cámara y muchos sacerdotes que remontaban la oralidad del evangelio, el sermón dominical, la casa cural, la imposición de sacramentos. La teología de la liberación exigía que la fe se convirtiera en acción concreta por la justicia, equidad, respeto y dignidad del prójimo; demandaba que las enseñanzas de Cristo se transformen en hechos, sin alejarse de la fe ni del espíritu religioso. La pobreza y la exclusión social no son castigos ni maldición de Dios, sino una desatención del Estado, las instituciones públicas, apatía ciudadana e irresponsabilidad de los gobernantes, que siempre llevan agua para su molino personal y partidario.
Nadie es inmortal; el poder acaba pronto. La única oportunidad de ser feliz, servir a los demás, sin joder ni intoxicar es hoy, no ayer ni mañana. El “poder político” o las “pequeñas parcelas de poder” son ilusiones momentáneas. Lo racionalmente lógico es vivir correctamente. No hay política ética porque hay desconfianza, incoherencia, venalidad y banalidad. En alguien debemos creer. Ni Cristo ni Buda ni Madre Teresa de Calcuta van a resucitar para enderezar el destino de los pueblos. Hacen falta “ciudadanos correctos” que inspiren y practiquen vocación de servicio, integridad moral como Pepe Mujica y Gustavo Gutiérrez. Un ejemplar de Teología de la liberación me lo prestó, y nunca se lo devolví, el pastor Edgard Iturri Sipión. Supe entonces que desde la fe, Cristo y coherencia cristiana se podía luchar por la justicia social, contra la pobreza material, la solidaridad y la dignidad. Es mejor hacer y equivocarse, que no hacer nada y criticar por conveniencia. Es difícil hoy ser fiel a las convicciones políticas y filántropo y desprendido con la vocación de servicio.




