PERIPECIES DE LA VIRGENCITA(*)

Andres Jara Maylle

A un costado de la puerta de entrada del colegio, en una gruta especialmente acondicionada, vivía la Virgen de la Medalla Milagrosa, siempre en paz, vigilante y derramando su mirada celeste a todos los que por allí pasaban. Cada 27 de noviembre era sacada en procesión por los alrededores, previa misa en la iglesia vecina, finalizando con un almuerzo de camaradería costeado por los mayordomos del año.

  El antiguo colegio debía ser demolido para la construcción de una moderna infraestructura y por ello, tanto docentes como administrativos, tuvieron que retirar sus innumerables cachivaches y llevárselos a donde fueron alojados provisionalmente: dos conocidos colegios de Paucarbamba.

En esos trajines extenuantes de última hora, parece que nadie se preocupó por el destino de la Virgencita. Como el inicio del año escolar se acercaba a pasos agigantados, los profesores se acomodaron como podían en sus nuevos alojamientos y comenzaron las clases sin muchos contratiempos.

Pasaron los meses hasta que por fin llegó nuevamente noviembre y por tanto la festividad de la Virgen. Solo entonces cayeron en la cuenta que la santa imagen no se encontraba en ningún lugar que perentoriamente ocupaban. ¿Dónde está? ¿Quién se la ha llevado? ¡Alguien debió guardarlo! Eran preguntas que los docentes se hacían unos a otros. La alarma cundió en todo el colegio y la noticia de la desaparición de la Virgen corrió de boca en boca, como reguero de pólvora. ¡Esto no puede sucedernos a nosotros. Dios mío! Clamaban docentes y directivos.

Entonces decidieron comenzar de cero, formaron una comisión ipso facto para averiguar quién fue la última persona que vio a la Virgen en su gruta. Pese a los esfuerzos, nadie sabía nada; había solo datos confusos que no llevaban a ninguna parte. Después de varios días, alguien recordó que un directivo había comentado que alguien dijo que a la Virgen lo habían encargado en la iglesia vecina cuya torre se había caído hace ya varios inviernos. Con el dato de ese alguien, la comisión se fue directo a la iglesia sin torre a averiguar si lo que se dijo era o no era cierto.

El cura de la iglesia, ante las preguntas amontonadas de la comisión, dijo serenamente que él no sabía nada de la Virgen de la Medalla Milagrosa, que no la había visto en ningún rincón de su templo. Los docentes no sabían qué hacer; desesperados como estaban seguían preguntando y pidiendo que, por favor, recordase algo. Que la pérdida no había sucedido hace cien, sino apenas un año atrás. Recuerde, por favor, padrecito, clamaban.

Animado por la curiosidad, el sacristán se acercó sigiloso ante ellos. También fue devorado a preguntas ante su silencio preocupante. Y como a él todavía le quedaba un poco de memoria dijo que recordaba vagamente que a la Virgencita, que había llegado a fines de noviembre pasado y que no tenía un espacio seguro en la parroquia, alguien decidió obsequiarla a una feligresa que asistía asiduamente a la iglesia. Pero, ¿a quién? dijeron entusiasmados los docentes. Lamentablemente, el sacristán no recordaba, pero que sin dudas se lo habían dado a algún vecino de estos alrededores.

Los docentes, entonces, emprendieron una búsqueda casa por casa sin resultados efectivos. La fecha (27 de noviembre) de la festividad estaba cerca y había que encontrar a la Virgen urgentemente. Más docentes se sumaron en la búsqueda preguntando a todo el vecindario, hasta que por fin llegaron a una casita antigua. Una ancianita abrió la puerta y al ser interrogada si el año pasada alguien le regaló una Virgencita, ella, toda maliciosa, dijo que sí: que en la iglesia sin torre se la obsequiaron y ahora vive rodeada de flores en la sala de su casa.

Señora, esa imagen es la Virgen de la Medalla Milagrosa y pertenece a nuestro colegio, y nos tiene que devolver porque ya llega el día de su procesión, dijeron los docentes, entusiasmados. Pero no contaban con el carácter testarudo de la anciana quien dijo ¡no! Y se negó tajantemente a devolverles con el sencillo argumento de que la Virgen era un obsequio y que de su casa solo saldría si pasan por sobre su cadáver.

No quedaba otra cosa que implorar, rogar, suplicar a la anciana. Que no fuera tan inhumana  con el colegio. Que, por favor, devolviera a la Virgen. Pero ella, no y no y no. A mí me regalaron y la Virgen no saldrá de mi casa, señores. Las súplicas y negociaciones no cesaron hasta que alguien ablandó el duro corazón de la anciana, quien al final decidió solo prestarles a la Virgen para que saliera en procesión y que luego, inmediatamente, se lo retornarán a su casa.

Los docentes aceptaron de mala gana y la Virgen de la Medalla Milagrosa será sacada en procesión la próxima semana. No se sabe qué pasará luego; pero entre oreja y oreja se escucha un murmullo diciendo que inmediatamente después de la procesión se podría maquinar un secuestro para que la Virgen vuelva al colegio de donde nunca debió haber salido.