Arlindo Luciano Guillermo
Que los estudiantes de aquí y de allá no tienen interés por la lectura, no leen como manda el plan lector o escriben penosamente es una verdad de perogrullo. La pregunta del millón: ¿por qué no leen ni redactan correctamente, con estilo, mínimos errores ortográficos y argumentación pertinente? La pregunta cae como la manzana de Newton: “los estudiantes jamás leerán si no compran libros, no reciben motivación pertinente, ni ven paradigmas visibles de lectores en la escuela, la familia, los amigos, en la sociedad.”
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Si no hay lectores motivados y apasionados, algo hay que hacer. Quedarse con los brazos cruzados, contemplar cómo se mosquean los libros (algunos “vírgenes”, intocables, castos, sin que nadie los haya cogido para leer) en las librerías es complicidad. El problema no es liquidez ni precariedad económica, sino una fatal indiferencia y la falsa creencia que los libros no son inversión en educación a corto plazo.
Profesional que no lee se ha quedado exhibiendo el título profesional. En la maestría se analiza científicamente, se interpreta con razonabilidad, se redacta con rigor lingüístico y estilístico y cumplimiento estrictamente de normas internacionales (APA), se proponen soluciones a problemas concretos. Un profesional, un ciudadano interesado por la realidad cambiante, que solo critica y describe el problema, y no propone soluciones factibles, es charlatán, Blacamán macondiano, faquir que come clavos, vendedor de sebo de culebra, uno de esos que conocemos y proliferan. Un magister, doctor o Ph.D (doctor en filosofía) tiene más autoridad académica para ver la realidad con serenidad y acierto, percibir por dónde se dirige el destino histórico de los pueblos, cómo salimos del atolladero de la pobreza, fragilidad de las instituciones, corrupción, anomia social, nihilismo moral, falta de interés por la lectura, presencia avasalladora de las imágenes y las redes sociales, cómo detener el calentamiento global, cómo disuadir el consumismo compulsivo y la idea de que “el que tiene plata hace lo que quiere”. Si el grado académico se ha obtenido para ascenso laboral, para currículo, por vanidad y egolatría, la situación se complica y conduce, necesariamente, a la decepción y frustración. González Prada, Mariátegui y Haya de la Torre nunca tuvieron grados académicos, pero fueron los que más influenciaron en el Perú y América Latina, con ideas, pensamiento político, ideología y una visión de sociedad.
Nadie se convierte en lector por arte de magia ni por obra del Espíritu Santo. Todo tiene un inicio y un proceso, cuyo final se espera que sea el “hábito de lectura” permanente. El propósito del plan lector es ganar lectores. Una estrategia pertinente es la lectura de periódicos serios, que merezcan los estudiantes para que se informen, culturicen y diviertan. La lectura de periódicos es un buen punto de partida. Se empezaría por diarios locales. Conocer a Huánuco a través de Ahora, Páginas 3, Tu Diario y otros. Con estos periódicos se tendría los siguientes beneficios: informarse de lo que sucede en Huánuco y leer artículos de opinión. Una etapa más ambiciosa sería PERÚ 21, La República, El Comercio y Hildebrandt en sus trece. En estos periódicos hay más panorama informativo y cobertura. Solo comprar La República (los domingos) implicaría un gasto mensual de diez nuevos soles. ¿Qué representa diez monedas de un sol en la economía familia? Casi nada. El problema no es plata, sino el hábito de leer periódicos.
Los ejes de evaluación escrita girarían en torno a lo siguiente: lectura del editorial, artículos periodísticos, noticias específicas (economía, incidiendo en política, educación, deporte, salud, ciencia, cultura, etc.), reportaje más relevante publicado esa semana, análisis de la caricatura política (Carlincaturas, Eduardicidios, La República), llenado, sin ayuda de nada y con ayuda de todo después, del Geniograma (El Comercio), Domingrama.21 (PERÚ 21), Mastergrama (La República) Pendegrama (Hildebrandt en sus Trece). Con esta estrategia de lectura y análisis se tiene el dominio casi total del periódico; además de adquirir “insumos necesarios y mínimos” para estar informados, opinar y ejercer el derecho democrático del pensamiento crítico.
Si no leemos libros, entonces leamos periódicos que ilustran, educan, fomentan la lectura amena e instructiva, que objetivamente entregan información válida y creíble. Los periódicos ayudarían a dar el siguiente paso trascendental: lectura de libros según los intereses del lector y las necesidades del profesional en ejercicio para un mejor desempeño laboral. La lectura disipa dudas, permite el ingreso temeroso al principio y con paso firme luego a la autopista del conocimiento y al placer estético. La apuesta por el “ciudadano argumental, crítico y ético” sí es posible con lectura, disciplina, actuación correcta en la vida y deseo insaciable por aprender y discrepar. Jamás dejamos de aprender. Quien cree que ya no aprende está muerto en vida. La sociedad no solo progresa porque hay empleo digno para todos, se construye infraestructura de fierro y cemento, sino también con ciudadanos que leen, piensan y distinguen la paja del trigo. Este domingo vaya al quisco de la Plaza de Armas y compre su periódico para leer toda la semana. Gastará menos de lo que cuesta una botella de cerveza helada para aplacar la sed y el calor. No hay mayor placer que leer sin que nadie te obligue ni presione.



