Por: Jacobo Ramírez Mays
Es una calle casi solitaria y recién son las seis y treinta de la tarde. Dos mocosos, como diría mi abuelita, van conversando y comiendo mazamorra detrás de dos jóvenes que caminan contando sus pasos, conversando sobre fulana y zutana, comiendo canchita y riéndose de una u otra cosa.
Los mazamorreros, por así llamarlos, terminan de comer y arrojan sus táperes a la pista. El más pequeño mete la mano a su bolsillo y sacando algo que no se puede ver bien se acerca al más alto de los jóvenes que hasta ese momento siguen caminando como si nada les pasara. Se le pega y poniendo algo a la altura de su cintura le dice en voz alta: «Dame todo lo que tienes o si no te meto punta». El joven mira desconcertado a su atacante, lo mide y se da cuenta de que si le mete un puñete lo derriba, pero desiste a su intención al pensar que le puede acuchillar.
El otro es más mocoso todavía, y se pega al otro joven que lleva, en su mano, un violín metido en su estuche; se le acerca sigilosamente y le dice: «Dame todo tu billete o si no te saco la mierda». Él mira a su alrededor y pareciera que sus ojos se nublaran. Quiere golpearlo o empujarlo para escapar, pero recuerda lo que algún momento le dijo su padre si es que tenía que enfrentarse a esos momentos: «Más vale ser gallina que gallito, porque los gallitos terminan un metro y medio bajo tierra, y no pueden contar lo sucedido». El recuerdo de esas palabras le hace desistir de sus intenciones.
Los mazamorreros, al ver que sus víctimas no reaccionan, se ponen un poco nerviosos, pierden la paciencia y uno de ellos, levantando la voz, dice: «Apúrense, mierdas, si no les metemos punta». Al escuchar dichas palabras, el que está con su violín le dice a su pequeño asaltante. «Mira, chochera, te doy luca china, es todo lo que tengo» «Ya, al toque», le responde su atracador. Al escucharle, el violinista entra en confianza, mete su mano a su bolsillo y se da cuenta de que tiene tres monedas de sol. Piensa y supone que si saca sus monedas el delincuente le quitará todo. Buscando conversación, y con el deseo de que aparezca gente para que lo defienda, le dice: «Chochera, te doy dos lucas y me das china para mi pasaje, ¿qué dices?». «Ya, ya, mierda, al toque», vuelve a repetir el zamarro sin pensarlo dos veces.
La víctima recuerda que en una de las secciones de su mochila tiene monedas de diez céntimos, pone su violín a un costado de la vereda, rebusca y encuentra cuarenta céntimos. Disimuladamente, saca un sol de su bolsillo y un poco achorado le dice: «Es todo lo que tengo, no jodas más; si no llamo a la policía» El ladronzuelo, que es un aprendiz y que pareciera que es su primer asalto, se alegra al recibir la monedas, le da un palmazo en la espalda a su víctima, sonríe, lo empuja y le hace señas al otro; seguramente para emprender la huida.
El otro, un poco más callejero y recorrido, le dice a su saltante: «Oye, solo tengo china si quieres, si no, no hay nada». El pequeño ladronzuelo pensando que más vale pájaro en mano que ciento volando, acepta la propuesta. El jovenzuelo, al ver que se acercaba un señor, le dice, «Chochera, viene un señor, ponte un poco más atrás, si no va a pensar que me estás asaltando». El “pericote” estira la mano y recibe la moneda, luego lo empuja y los dos jóvenes, al verse un poco libres, corren y se esconden en una empresa de transportes. Desde ahí, observan a sus pequeños asaltantes, quienes tiran las cucharitas que tenían en la mano y se van caminando felices por esa calle derecha de esta ciudad de los caballeros.
Los jóvenes, sintiéndose todavía nerviosos después de haber sido asaltados, lo único por que optaron fue llamar a sus padres para que los recogieran de dicha agencia.
Las Pampas, 16 de febrero de 2017



