Arlindo Luciano Guillermo
El The New York Times (30 de junio de 2025) publica una columna de opinión Pensar se está convirtiendo en un lujo, de la periodista Mary Harrington, que merece algunas reflexiones. Empecemos por el título. “Pensar” con argumento, criterio democrático, tolerancia, responsabilidad social y pluralidad política y cultural es una competencia que beneficia al ciudadano y a las instituciones. La democracia se nutre de las opiniones y disensiones de los ciudadanos. No hay mejor vía para resolver problemas que el diálogo, el debate y el consenso. En los regímenes dictatoriales y autoritarios, la libertad y la comunicación bilateral desaparecen. No pensar es practicar la obediencia borrega y vivir sometido a una servidumbre feudal. ¿A quiénes les conviene que los ciudadanos no piensen, no opinen, no discrepen, no protesten, se mantengan callados, en cura de silencio, que se hagan de la vista gorda de lo que ocurre a su alrededor y vivan cómodos, a cuerpo de rey, en su zona de confort? El gerundio “convirtiendo” implica proceso en ascenso; o sea, que pensar no será el derecho de todos, sino de unos cuantos o de nadie. En las elecciones y en los actos de sufragio, pensar es impostergable y urgente. ¿Por quién votar? ¿Para qué votar? ¿Cuál es el beneficio del sufragio? Pensar es equivalente a discernir, inferir conclusiones, esclarecer las ideas, aclarar los malentendidos, identificar verdaderas intenciones de los políticos y sus propuestas populistas o viables. Pensar libremente es la columna vertebral de la democracia. El ciudadano que no piensa es un zombi o un autómata que hace lo que se le ordena. “De lujo” insinúa la posibilidad de privilegio y uso de una minoría exclusiva.
Yo no soy anciano; en pocos años, lo seré. No veo mucha televisión, excepto noticias, reportajes, fútbol, documentales o películas; incursiono moderadamente en las redes sociales, sin narcisismo ni exposición mediática. Prefiero la lectura compulsiva y la escritura metódica. Leo y escribo por convicción. ¿A quién se le impide leer un libro? Incluso con censura feroz se lee a escondidas. La decisión de leer libros u optar por el celular es elección personal. Usar excesivamente teléfonos inteligentes perjudica la lectura y posterga los libros, desinfla el pensamiento crítico. Si la “comida chatarra” daña la digestión y produce diabetes u obesidad, los celulares perturban, emboban y desaceleran la función del cerebro y generan ansiedad, estrés y depresión. El fast food es tan adictivo como el celular. A Mary Harrington, sus padres la matricularon en una escuela Waldorf (educación integral) en Inglaterra. Los estudiantes no debían ver demasiada televisión. Fomentaba la importancia de la lectura, aprendizaje práctico y juego al aire libre. A la niña le cayó pésimo. Confiesa: “En aquel momento me molestó esta restricción. Pero quizá tuvieron razón: hoy no veo mucha televisión y sigo leyendo mucho. Sin embargo, desde mi época en la escuela, se ha impuesto una forma de tecnología mucho más insidiosa y tentadora: Internet, sobre todo a través de los teléfonos celulares. Hoy sé que tengo que guardar el teléfono en una gaveta o en otra habitación si necesito concentrarme durante más de unos minutos”. Hoy leer se hace cada vez más innecesario: importan más los “memes visuales, noticias falsas, noticias reales, ciberanzuelos, desinformación a veces hostil y, cada vez más, un torrente de contenido basura generado por inteligencia artificial”.
La tesis central de Mary Harrington es que la alfabetización en la actualidad -donde se aprendía leyendo libros impresos- tiene una consistencia precaria y vulnerable a las redes sociales, Internet y la inteligencia artificial. ¿Qué tipo de ciudadano esperamos cuando a un niño de tres años, los padres le dan un celular para entretenerlo, distraerlo, para que “no moleste”? El celular en manos de niños y adolescentes es una golosina adictiva, cuyas consecuencias pueden ser fatales. En una reunión de padres de familia, dije: “Si ustedes no escuchan a sus hijos, alguien lo hará. Ese alguien es ChatGPT”. ¿Cómo y qué están aprendiendo en la escuela niños y adolescentes? Ese es el dilema. Poseen celular con Internet el rico y el pobre, el que vive en zona rural o urbana, el de arriba y el de abajo. En ese contexto, cómo va el acto de pensar y reflexionar sobre lo que somos, sabemos y hacia dónde vamos. La capacidad de pensar está disminuyendo; eso es grave. El experto en IA, Kai Fu Lee, en conferencia en YouTube (BBVA), dice: “Necesitamos destrezas. Deberíamos centrarnos en las tres C: curiosidad, pensamiento crítico y creatividad. La educación debe centrarse en el trabajo en equipo, la comunicación, la colaboración, y no en hacer los deberes y exámenes individualmente y en competir unos contra otros”. Afirma Harrington. “Las plataformas de las redes sociales están diseñadas para crear adicción, y el mero volumen de material incentiva intensos “bocados” cognitivos de discurso calibrados para la máxima compulsividad por encima del matiz o el razonamiento reflexivo”. La cultura postalfabetizada ha transformado totalmente el modo de adquirir información y la conseguimos a través de los celulares, ya no leyendo textos densos; las imágenes y los videos cortos dominan el consumo; es decir, se impone la sociedad infocrática. Hoy se lee menos que antes, se consume contenido más con celulares. Esa tendencia se enfrenta con pensamiento crítico, decisiones correctas y código ético. “Adquirir y perfeccionar una capacidad de “lectura experta” de formato largo altera literalmente la mente. Reconfigura nuestro cerebro, aumenta el vocabulario, desplaza la actividad cerebral hacia el hemisferio izquierdo analítico y perfecciona nuestra capacidad de concentración, razonamiento lineal y pensamiento profundo” (Maryanne Wolf).
La lectura otorga al lector caminos de libertad, ejercicio de decir lo que se piensa, motiva la imaginación y la creatividad. Una sociedad con lectores es deliberante. La televisión, el smartphone y las redes sociales arrebatan lectores. En una institución, mientras se espera la atención, no se lee un periódico o un libro, sino se revisa obsesivamente el celular. Ahí está el ciudadano pegado como chicle al aparato distractor y adictivo. ¿Quién lee hoy novelas totales? Los miserables, El amor en los tiempos del cólera, Cien años de soledad, Rayuela o Conversación en La Catedral esperan con paciencia a sus lectores. Son miles de páginas para leer. Es más fácil encontrar lectores de cómics, novelas de terror o libros de autoayuda. La lectura de libros impresos está retrocediendo peligrosamente. El celular y ahora la inteligencia artificial contribuyen con este repliegue. TikTok tiene más consumidores que el aumento de lectores y visitas a librerías y bibliotecas. Dice Harrington: “La idea de que la tecnología está alterando nuestra capacidad no solo de concentración, sino también de lectura y razonamiento, está calando. Sin embargo, la conversación para la que nadie está preparado es cómo esto puede estar creando otra forma de desigualdad”. En los 11 meses de 2025, ¿cuántos libros hemos leído seriamente?




