En un giro inesperado, la élite tecnológica, desde los entusiastas de las criptomonedas hasta los ejecutivos de alto nivel y los fundadores de startups, están adoptando una versión de la masculinidad que recuerda a tiempos pasados. Lejos de limitarse a las disputas en las salas de juntas, estos hombres están canalizando su energía en combates físicos, una tendencia que ha ganado popularidad en los últimos tiempos, evidenciando una curiosa revitalización del ideal del hombre fuerte. Esta tendencia no es nueva, pues en el mundo corporativo desde siempre las formas de demostrar poder han ido cambiando según el contexto y los gustos del momento. En este caso, la masculinidad hegemónica se expresa a través del combate.
Según la investigación publicada por The New York Times, esta nueva obsesión por el combate se ha extendido por todo Estados Unidos, donde hombres como Andrew Batey están aprendiendo a golpear, patear y, en algunos casos, a martillar a sus oponentes con los puños. Mark Zuckerberg, el multimillonario director ejecutivo de Meta, se ha convertido en la figura emblemática de este movimiento, mostrando en Instagram, una de las aplicaciones de su propiedad, su impresionante transformación física de un delgado nerd informático a un luchador de artes marciales. En 2023, Zuckerberg lamentó que la cultura corporativa se estuviera volviendo “castrada” y carente de “energía masculina”.
El reportaje comienza con la descripción de Andrew Batey, un inversor de capital de riesgo de Florida, en la conferencia de criptomonedas ETHDenver. Batey, vestido con una sudadera negra adornada con los logos de varias empresas de criptomonedas, no estaba allí para establecer contactos, sino para pelear en vivo en YouTube. El evento requería un pesaje oficial previo a la pelea, donde Batey se despojó de su ropa hasta quedar en calzoncillos, mostrando un peso de 195 libras, justo lo necesario para el encuentro. La escena, captada por las cámaras, subraya la naturaleza performativa de esta nueva obsesión.
La devoción por las artes marciales dentro de la industria tecnológica, según el artículo, es una faceta de un cambio cultural más amplio que ha trastocado la política estadounidense. Muchos de estos fundadores de empresas tecnológicas convertidos en luchadores persiguen un ideal de masculinidad cargado de testosterona que está en auge en las redes sociales. Zuckerberg, un entusiasta practicante de jiu-jitsu brasileño, es un claro ejemplo de esta tendencia. El auge de esta afición por las artes marciales estaría ligado a un sentimiento de recuperación de una masculinidad que, según ciertos círculos, se ha visto amenazada.
Karate Combat, una empresa que combina la competición atlética con el espíritu de una startup tecnológica, vislumbró una oportunidad de mercado. La compañía creó Influencer Fight Club, una nueva competición para aficionados que se ofrece como parte de eventos profesionales y que ha ganado popularidad en las redes sociales. Nic Carter, un inversor conocido por sus publicaciones combativas en X, es uno de los nombres destacados que ha participado en este tipo de eventos. Batey, tras asistir a un evento de Influencer Fight Club, decidió que quería participar también. Para ello, invirtió una suma considerable en entrenamiento, nutrición y compañeros de sparring, poniendo su carrera en suspenso durante cuatro meses.
El texto también presenta a Chauncey St. John, un emprendedor de criptomonedas que se enfrentó a Batey en ETHDenver. St. John, tras una difícil experiencia en el mundo de las criptomonedas, buscaba la oportunidad de relanzar su perfil público y reclamar lo que él llama “masculinidad divina”. La pelea, que tuvo lugar en el Stockyards Event Center, atrajo a una multitud de espectadores y generó un gran revuelo en las redes sociales. Aunque Batey ganó el combate, St. John afirmó no haberse avergonzado de su actuación y se mostró dispuesto a repetir la experiencia. El artículo cierra con la reflexión de que, quizás, tras esta fachada de competitividad y masculinidad exacerbada, subyace la búsqueda de conexión y camaradería entre estos “buenos tipos”.




