PASIÓN POR LA LECTURA Y LA ESCRITURA

Por Arlindo Luciano Guillermo

Nadie lee ni escribe las 24 horas del día. Un buen lector lee en promedio cuatro horas diarias. Leer es hábito de provechoso resultado; escribir, necesidad de comunicación y solidaridad. El escritor periodista es un espécimen excepcional; tiene la ventaja de la formación literaria y la habilidad lingüística. Ernest Hemingway jamás hubiera escrito Adiós a las armas ni Por quién doblan las campanas sin la corresponsalía de guerra. García Márquez, antes que novelista y fabulador, fue periodista y reportero. Vargas Llosa adolescente primero escribió en La Crónica, luego La ciudad y los perros y Conversación en La Catedral. Ambos premios Nobel se dedicaron al periodismo escrito con talento, exploraron las posibilidades reales y artísticas del español y el contexto social, político y cultural. Leer Noticia de un secuestro, Relato de un náufrago, Diario de Irak, Contra viento y marea o Lenguaje de la pasión es sumergirse en el oficio de escribir periodismo con libertad, reflexión, objetividad histórica y lenguaje literario. El periodismo y la literatura siempre tuvieron maridaje. Escribo no para sabios, eruditos, cultos ni lumbreras académicas, sino para el ciudadano de cultura promedio (no sabe mucho, tampoco nada), que sabe lo que lee, entiende, analiza y toma una posición frente a la realidad y la vida. No escribo para agradar, sino para comunicar y hacer pedagogía democráticamente. Escribir es también un acto de responsabilidad social y cultural; el lector tiene el derecho de leer un texto escrito correctamente, con claridad, sencillez, contundencia argumental y la posibilidad de motivar su pensamiento crítico.       

En 2016, en Puerto Inca, teníamos que resolver un conflicto social. Viajamos con algunos funcionarios del Gorehco. Durante el debate, un docente de primaria, en un distrito de la provincia, exigía que lo escuchara. Le decía que me esperara un momento; la situación estaba en el clímax. Me entregó un fólder. Prometí tramitarlo en Huánuco. Luego de mucha insistencia lo abrí y encontré con letras mayúsculas grandes el título Artículos periodísticos y debajo mi nombre y apellidos completos. Eran unos 30 textos periodísticos fotocopiados que había publicado en el Diario Ahora. Quedé estupefacto, sin palabras. Aquella figura menuda sonreía feliz. Quería que le escribiera una dedicatoria de puño y letra; así lo hice. Lo abracé. Es el lector que más aprecio. No recuerdo su nombre, no sé si sigue leyendo lo que escribo. Me dijo que cuando viajara a Huánuco tomaríamos café. Nunca más supe de él.

Unos consagran su vida al celibato, al sacerdocio, una profesión liberal; yo prefiero la lectura y escritura. Desde que escribí un breve artículo, por imposición de Roel Tarazona, en la Revista Perú de Hevert Laos, no dejo de escribir ni leer, de opinar ni decir lo que tengo que decir. Ese es mi destino. Leo con disciplina, con horario riguroso, aprovecho el tiempo libre de mis actividades cotidianas que me permite un sueldo para sobrevivir. Leer es un acto ético y de lealtad; si no leo estoy con cargo de conciencia. No concibo mi vida personal, profesional ni pública sin leer, sin escribir, sin comprar libros en Crisol, en Willy Garrido, en la FIL a veces, en una feria o en un quiosco ambulante. En esos afanes bibliómanos, hace muchos años, en la Avenida Grau (Lima), encontré, entre libros de segunda, la primera edición de Leoncio Prado (1939) de Esteban Pavletich. Mis libros y yo siempre fuimos gitanos. Mi vida está ligada a la lectura, los libros y la biblioteca; tuve la mía, pero, en un arrebato de locura, me deshice de más de la mitad porque vi en ellos a un chivo expiatorio de mis infortunios personales. Escribir no solo es gobernar licencias y posibilidades del lenguaje, audacias de la poesía, adjetivo atinado y enriquecedor, verbos en modo indicativo, sino también sinceridad, autenticidad de pensamiento y actitud. Un reaccionario y ultraconservador es tan respetable como un revolucionario e incendiario pensador; no hay verdad absoluta ni ciudadano infalible; tiene derecho de opinar con libertad, tolerancia y pluralidad democráticas.

No soy más ni mejor por leer y escribir; nunca he vuelto a ser el mismo después de leer y escribir. Si yo tuviera que elegir un oficio hasta el último día de mi existencia sería leer y escribir. No pienso vivir sin leer ni escribir. Soy profesor, pero me doy tiempo para leer una hora antes de ir al colegio, los sábados y domingos más horas, los feriados igual. Cuando hay vacaciones, aparte de descansar, dormir más, viajar o disfrutar la compañía idónea, se lee más. Leer más implica comprar libros. El hábito de lectura obliga un presupuesto adicional. Prefiero el libro físico, aunque a veces recurro al e-book. La lectura es un acto solitario. Cuando menos compañía mejor. Obliga privacidad y silencio sepulcral. Es imposible leer en una casa llena de niños o durante una jarana. La vida tiene matices, particularidades; no hay un solo estilo de vida: la mía es leer y escribir. Leer es placer y absorción de cultura; la escritura, acto de comunicación y pedagogía solidarias con el lector. 

Me gano la vida como docente, corrijo textos escritos, invierto tiempo en leer y escribir con pasión para comunicar lo que sé, siento, pienso y creo. Aprendí a hacer periodismo en las calles, redacté en una máquina de escribir en JSV y Studio 5. Leí a maestros del periodismo escrito, lecciones en bares y cafés: Vallejo, Vargas Llosa, García Márquez, Ribeyro, César Lévano, Manuel Jesús Orbegozo, Hildebrandt, Eloy Jáuregui. Cuando Hildebrandt en sus Trece llegaba a Huánuco lo distribuía César Seijas. Lo compraba solo para leer el editorial “Matices”. Así aprendí a escribir con lenguaje y código periodísticos, a decir objetivamente los hechos, usar poesía, crear metáforas, ser contundente y honesto con la opinión a riesgo de represalia. El editorial de Hildebrandt era lección y cátedra de periodismo escrito. 

Leeré hasta cuando los ojos me lo permitan o la lucidez del cerebro no sea diezmada por el Alzheimer; escribiré mientras goce de libertad y tiempo necesario. En su editorial “Matices”, en Hildebrandt en su Trece (11-8-23), Hildebrandt escribe: “Yo soy un lobo de las Malvinas. Soy un muerto. Pero sigo siendo alguien que cree en las historias bien contadas, un sujeto de profesión lector, de muy esporádico ingenio y esperanza magra. Alguien, en suma, que coge un libro bien hablado y siente el placer de las palabras, el encanto avasallador de lo que convence a punta de belleza”. Es cultura que procede de la lectura, el libro y la estética. Prefiero la escritura con lenguaje claro, poesía, coherencia, argumentación sólida y capacidad de hacerme cómplice de lo que dice y propone y cuando no es así tengo derecho a discrepar. Admiro la escritura correctamente puntuada, adjetivo preciso, lenguaje literario, metáfora que resume un suceso. Como Hildebrandt, también soy una especie en extinción. No necesito lujo, fortuna ni bienes para vivir feliz, solo un libro.