PALABRAS DEL PASTOR

Por: Andrés Jara Maylle
Ya son más de las diez de la noche y Gabriel Eligio está sentado y chacchando, como lo hace algunas veces, bajo uno de los frondosos molles que tiene en su huerto; como quien contempla la vasta noche sin luna de estos días infames.
Entonces, desde algún lugar del asentamiento humano Jorge Chávez, que ocupa toda la falda del cerro Sengan Urco le llega, claro y potente, la voz del pastor, que en tono enérgico emplaza y resondra a todos los que por alguna razón no tienen a Dios en sus corazones mezquinos.
En el asentamiento humano Jorge Chávez hay cientos de casas y casitas y no hay duda de que una de ellas habrá sido acondicionada como lugar de culto por algunas de esas muchas iglesias “evangélicas” que en los últimos treinta años han proliferado como hongos después de la lluvia, tanto en la ciudad como en el campo.
Gabriel Eligio se imagina el tamaño de los parlantes que debieron haber puesto en la parte más alta de la casa, pues el sonido es fuerte y se expande por todo el entorno. Él que siempre ha desconfiado de los pastores de almas (con las excepciones del caso) considerándolos unos simples charlatanes, vendedores de cebo de culebra o advenedizos arrepentidos, ha decidido escuchar atentamente el discurso altisonante y autosuficiente que le llega a sus oídos a esa hora de la noche.
Por su voz engolada, a veces suplicante y llorona, y otras, francamente amenazadora y belicosa, se imagina la facha del pastor que micrófono en mano debe estar perorando frente a sus sumisos feligreses. Se imagina que debe ser alguien de mediana estatura, más chato que alto, bien peinado, con corbata y saco que sin embargo no ayuda a mejorar su apariencia. Eso sí, por lo que está diciendo, debe ser alguien que se siente por encima de todos los que les están escuchando; pues él, como pastor, sabe todas las cosas del cielo y de la tierra.
El pastor debe creerse un predestinado, debe creer que él tiene la llave del cielo y lo dice casi sin pudor, parece que su trato con Dios es de tú a tú y sabe a quién atacar o a quién halagar. ¡Arrepiéntanse, hermanos! ¡Arrepiéntanse, ahora! El Señor ya viene, está en camino y nos juzgará todos. Los que aquí estamos seremos salvos, seremos bendecidos. Yo se los aseguro: el cielo es solo para nosotros. Todos los que alabamos a Dios seremos salvos. Porque el Señor vendrá con su ejército invencible y someterá al demonio. ¡Aleluya, hermanos. Dios está con nosotros! dice categórico.
Luego se escucha música y gritos y ayes y alabanzas por un buen rato. Las canciones también dicen lo mismo: pide arrepentimientos y entregas totales a Dios que ya está en camino. Después nuevamente habla el pastor. ¡Aleluya, hermanos. Oremos al Señor, gritemos su bendito nombre y arrojemos al demonio de nuestras casas, de nuestro cuerpo. Aleluya, hermanos. No olviden: el demonio está en todas partes y está acechándonos con sus engaños para irnos con él. Fuera demonio maldito. El Señor está conmigo. ¡Fuera demonio, fuera Satanás. Fuera: mi cuerpo está libre y alaba al Señor!
Gabriel Eligio no sabe si reírse o ponerse serio, pero sigue escuchando al Ministro de Dios, como de rato en rato se llama a sí mismo. ¡El Señor es poderoso y castigará a todos los que no cumplen con su palabra!, amenaza de manera tajante. ¡Uno por uno, castigará a todos los hijos de Satanás! Especialmente a los infieles. Gabriel Eligio no sabe si con infieles se refiere a los no creyentes o a los desleales del sentimiento (entonces piensa en el destino que les depara a algunos de sus amigos que con tanta facilidad y éxito practican con total frescura el deporte de poner cuernos) ¡Y también castigará a los fornicarios, porque eso es pecado, hermanos! (nuevamente Gabriel Eligio piensa en otros conocidos que sin empacho cuentan jactanciosamente de sus muchas hazañas en dicho rubro) ¡Así es, hermanos. El Señor ya viene y castigará a los infieles y fornicarios, recalca con más fuerza el pastor puro y vengativo.
Por eso, hermanos, ustedes deben conocer y practicar la palabra de Dios. ¡Aleluya, aleluya! Y la palabra de Dios está acá, hermanos, en la Biblia. ¡Aleluya! Acá está todo y bien claro. Por eso estamos aquí alabando a nuestro Señor. Ya en tono medio quejumbroso y llorón, añade. Porque la palabra es bendita, hermanos, hay que cumplir con sus santos mandatos. Y uno de esos mandatos es orar al Señor, alabar su nombre, porque él ya está por llegar. Y otro mandato, hermanos (aquí es evidente que finge su voz llorosa) es cumplir fielmente con el diezmo hermanos. ¡Y el Señor sabe, hermanos, quién cumple y quién no cumple. Sabe quién miente, porque el Señor es grande hermanos, el diezmo también es un mandato. Aleluya, aleluya, hermanos. Salvemos a nuestras almas alejándonos del demonio y de Satanás!
Por ahí hubiese empezado, piensa calladamente Gabriel Eligio. Pastor bandido: asustar con el infierno, con el demonio; prometer el cielo y la gloria, solo para terminar pidiendo el diezmo, como los alcaldes, como los gobernadores, como los presidentes piden a Odebrecht. No hay diferencias, es lo mismo cuando algunas malas autoridades piden el “diezmo” de las obras y los pastores piden el diezmo a nombre de un Dios bíblico.
Gabriel Eligio se da cuenta que está escuchando ese discurso vicioso y repetitivo por más de dos horas. Es casi la medianoche y decide irse a dormir. Antes da una mirada hacia el cerro de donde viene la palabra del pastor y se ríe sin un porqué; luego, mira más al norte, donde resalta la silueta oscura e imponente del gran Padre Gaga, ese macizo montañoso que era el apu protector de su padre y ahora es de él. Ese Dios-montaña que no pide diezmos a nadie. Se va a dormir, pero en su cerebro sigue tronando la voz amenazante del pastor. Aleluya.