PACHABAMBA, PUEBLO ANTIGUO

Andrés Jara Maylle

El Tambo de Pachabamba es un pueblo antiguo; tan antiguo que cuando llegaron los españoles buscando un lugar propicio para reubicar a Huánuco, Pachabamba ya existía como un importante cacicazgo.

He vuelto a Pachabamba después de unos cuarenta años, aproximadamente, pese a estar tan cerca de donde vivo. Aquella lejana vez fui con don Daniel Ichigoya Espíritu y su esposa, doña Antolina López. Ellos trabajaban como labriegos en la chacra de mi padre y, como tal, no vivían en su pueblo, sino en Moras Pampa, cultivando alfalfa, camotes, maíz y algunas verduras.

Eran personas buenas y leales, además de muy trabajadoras y doblemente honradas. A ambos, especialmente a don Daniel, llegué a estimarle profundamente y por ello me dolió mucho su muerte en nuestra casa cuando aún estaba a nuestro servicio. Hasta ahora, con cualquier motivo, siempre lo recuerdo a don Daniel, hombre simple pero sabio, chacchando imparable su coca, llevando la cal con una shipina reverdecida, fumando a cualquier hora su cigarro Nacional y, de sorbo en sorbo, tomándose su aguardiente para su valor en el trabajo.

“El sábado vamos a mi pueblo. Ya hay choclitos en las sementeras”, me dijo un día. Entonces rogué a mi padre para que me diera permiso y así, una mañana arribamos a Pachabamba y nos alojamos en una casita sencilla, envejecida y casi vacía. Ya al mediodía salimos por los alrededores. Yo me dediqué a coger las últimas tunas de la temporada mientras don Daniel y su esposa conversaban con sus pocos vecinos y familiares.

El Pachabamba de mi memoria es muy distinto a como lo encontré ahora. Aquella vez lo sentí un pueblo triste, con un par de callecitas que terminaban en las chacras y más allá todo era sequedad y aridez. Al mediodía el calor era intenso y en su pequeña placita desértica no había ni un árbol que regalara su sombra. Mucho tiempo después empecé a relacionar a Pachabamba con esos pueblecitos calientes y abandonados que Juan Rulfo describe magistralmente, sobre todo en sus cuentos de El llano en llamas. Sí, Pachabamba era un pueblo triste y seco.

Ahora en cambio es un pueblo más dinámico y se evidencian atisbos de modernidad. Junto a muchas casas hay estacionado o un auto o una camioneta, señal de lo aceptable de nuestra economía. Pachabamba ahora es un pueblo más verde porque tiene más agua. Sus tierras de labranza han crecido por todos lados y en todas ellas se enseñorean los paltos. Sí, Pachabamba es hoy uno de los primeros productores de paltas esta región.

Estoy parado, como hace cuarenta años, en la misma placita que, aunque un poco descuidada, ahora luce una pileta y un bosquecito de pinos y cipreses. Ya no lo siento un pueblo triste y reseco como antes y me alegra enormemente que haya cambiado así. Miro hacia la esquina de arriba y veo un centro médico moderno. Hacia abajo se muestra también su escuela y colegio presentables para estos tiempos.

Y al frente, para el asombro de mis ojos, luce la única construcción que no ha cambiado nada en los últimos cuatrocientos años; el edificio símbolo de este pueblo antiguo en donde puede leerse su azarosa historia: allí, para verse desde cualquier ángulo está la imponente iglesia color tierra construida, creo, en el siglo diecisiete, o quizás antes.

Una hermosísima iglesia de arquitectura simple pero misteriosamente soberbia, con su torrecita en donde se refugia una gran campana que antes anunciaba la misa del señor cura. Allí, los indios que vivieron las primeras horas de la conquista escucharían atónitos las sentencias y los terribles castigos al que serían sometidos si no se inclinaban ante el nuevo dios intruso. Una iglesia, o mejor, una joya que debe promoverse y preservarse. Chao, Pachabamba. Por la memoria de don Daniel Ichigoya, juro que volveré pronto.

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