ORACIÓN DE UN DESESPERADO

Por: Jacobo Ramírez Mays
La semana pasada me encontré con mi amigo Federico, que alguna vez fue llamado El Terrible. Anda flaco, con la gorra hasta las cejas para esconder su calvicie, aunque creo que tranquilamente podría ser presidente del club de los ceplas.
Conversamos un rato y, entre risas, me confesó que la diabetes se ha convertido en su nueva religión: ya no come dulces, ya no toma cerveza (aunque a veces se mete dos chelitas bien heladas a escondidas de su señora). Pero lo más grave no es eso. Bajó la voz, miró al suelo como quien recuerda tiempos gloriosos, y me soltó una bomba, haciéndome prometer que no lo contara.
Yo levanté mi mano derecha y juré por todos los santos que nunca se lo diría a otra persona, pero no le dije que no lo escribiría. Entonces me dijo: «Una parte de mi cuerpo, una que me acompaña desde la cuna y que antes se paraba más que combi cuando recoge pasajeros, ahora no se mueve ni con misa de resurrección, ni con viagra, ni con fantasía. Nada de nada».
Me citó a Gabriel García Márquez: «Los hombres vienen con sus polvos contados».
Y con la tristeza de un goleador que ya no acierta ni uno solo, me confesó que se los había gastado toditos. No supo planificar, no supo ahorrar pan para mayo. Me dijo que se comió toda la torta el primer día de su cumpleaños.
Recordando sus palabras, me fui a mi casa preocupado. Mientras viajaba, pensé: «No más gaseosas, no más dulces, no más postrecitos». No quiero terminar como Federico: con diabetes y con el nene en huelga de hambre permanente.
Pero esa noche, el insomnio me abrazó. Me revolcaba en la cama y, por fin, cuando el sueño me vencía, soñaba cosas horribles: que el nene malo no reaccionaba ni con rezos, ni con santos, ni a sopapos. Era el apocalipsis íntimo.
Me levanté, y recordando viejos tiempos de mi estadía en el Seminario, me arrodillé y, juntando las manos, recé lo siguiente:
Oh tú,
Señor de los cuerpos que ya no obedecen.
Dueño de la sangre que a veces se va, pero no baja,
te suplico de rodillas, pero con el pantalón puesto,
porque tengo miedo,
un miedo varonil,
un miedo que no se llora con lágrimas,
sino con silencio, vergüenza y pastillas azules.
No permitas, oh divinidad,
que se me muera el compadre,
el amigo fiel, el bastón de juventud,
el testigo silencioso de tantas historias mal contadas.
No dejes que se me vuelva puro adorno,
colgante sin función,
accesorio nostálgico,
reliquia de guerra que ya no entra en batalla.
Tócame, Señor,
pero no el alma:
¡tócame la circulación, el nervio, el milagro!
Haz que vuelva a saludar,
aunque sea con timidez,
pero que salude, por amor a la vida y a la dignidad masculina.
Dale fuerza,
aunque sea para una última función,
una despedida gloriosa,
una ovación de pie,
aunque solo dure lo que un padrenuestro mal dicho.
Y si San Pedro escucha esta súplica,
que mire para otro lado,
que no lo anote en el libro,
que diga:
“No vi nada, no escuché nada, yo también soy hombre, hermano.”
Y si ya está escrito en el cielo que esto se acaba,
que se me avise con tiempo,
para al menos escribirle una carta de despedida
y comprarle un ataúd discreto entre mis calzoncillos.
Amén, mi Dios; por favor,
no me lo mates todavía.
Y si se levanta, aunque sea por error,
prometeré no abusar,
no presumir,
no volver a llamarlo “el vengador nocturno”.

Las Pampas, 17 de julio del 2025