Escrito por Arlindo Luciano Guillermo
En Huánuco hay tantos libros publicados y escritores en vitrina que no sabemos a quién leer primero, a quién preferir o quién reúne los requisitos (o estándares de calidad literaria) de haber escrito y publicado un libro que sorprenda al lector, capte el interés de un estudioso o crítico literario y los convierta en cómplices leales y devotos inclaudicables. No es muy difícil saber qué libros un huanuqueño, de mediana o elevada cultura y preparación académica y profesional, debe leer antes de dejar de respirar el aire aún fresco de este valle ameno donde la primavera es eterna.
Considero (como siempre desde mi personal punto de vista) que hay un “paquete de libros” de autores huanuqueños que todo nacido en Huánuco (y los “incorporados” también) debe leer antes de partir al más allá (como todos en el momento natural o por decisión propia) donde no sabemos si habrá condiciones favorables para enmendar el craso error terrenal. Estamos a tiempo para leer a escritores huanuqueños, si no de este catálogo, lo que le atraiga y le permita un disfrute equivalente a la comida apetitosa, un vino añejo de cosecha 1997, una golosina pecaminosa, un plato típico de la región. Las ferias de libros de la Asociación de Escritores de Huánuco y de la Editorial Amarilis Indiana, que constantemente se organizan en la ciudad, y Crisol en Oppen, si hay un poco de presupuesto, son escenarios idóneos y perfectos (como las ofertas en Real Plaza u Oechsle) para comprar libros y leerlos. Los libros no caen del cielo ni al escritor le sobra dinero para publicarlos. Nunca es tarde para revertir adversidades ni enmendar actitudes de autolesión y desidia culturales como no haber leído libros a tiempo, en el momento exacto, como la oportunidad que se presenta en bandeja.
De Esteban Pavletich hay que leer tres libros: No se suicidan los muertos, Leoncio Prado., Una vida al servicio de la libertad y Revelación de Kotosh. Ahí están el talento, la posición ideológica y la versatilidad de Pavletich. Los cuentos de Adalberto Varallanos, principalmente, “En Chaulán no hay sagrado” y “Terrible”, este último tiene analogía con el famoso cuento de Andrés Cloud: “Bajo la sombra del limonero”. Cuentos andinos de Enrique López Albújar. Sería imperdonable no haber leído “Los tres jircas”, “El hombre de la bandera”, “El campeón de la muerte” o el célebre “Ushananjampi”. De Samuel Cárdich hay que leer cinco poemarios para deleitar el lirismo y experiencia e interés social convertidos en poesía: Hora de silencio, De claro a oscuro, Blanco de hospital, Memoria del dolor y Heredar la Tierra. De Andrés Jara es obligatoria la lectura de Entonando retornos y Bajo el mismo cielo: exhibición de sentimiento, nostalgia y afecto a Huánuco. Para constatar la continuidad generacional es preciso leer Agujeros negros de Juan Giles Robles, Cuentos impunes de Jorge Cabanillas, La otra orilla de Rosario Sánchez y El lienzo de Blake de Arthur Chávez. Leer Mis crónicas de ayer de Virgilio López Calderón es disfrutar del Huánuco que se fue y nunca regresará. Es “pecado literario” no haber leído los libros inaugurales de “los tres en raya”: Malos tiempos, Pecos Bill y otros recuerdos y Usted comadre debe acordarse, así como El viejo mal de la melancolía (M. Malpartida), Ay, Carmela (A. Cloud) y Náufragos de la noche (S. Cárdich). La lectura de estos libros (y otros que seguramente elige con libertad el lector) otorgan merecida autoridad para opinar sobre la literatura de Huánuco o cuestionarla.
Como no soy inmortal ni Peter Pan ni Lázaro para resucitar, algún día voy a morir, dejaré de respirar aire y caminar. Cuando llegue esa hora tengo dos posibilidades, excepto que desaparezca por arte de magia: que me introduzcan dentro de un ataúd y me metan a un nicho o me depositen en una fosa o termine mi existencia física, controvertida e intensa y con ganas de vivir 100 años en un crematorio y las cenizas conservadas en una urna o esparcidas en las aguas del río Huallaga. Cualquiera que sea mi destino, tengo encargado quien cumpla mi último deseo: seis libros, los seis ases que leí infatigablemente, me deben acompañar al agujero o al caldero: El principito, Los versos del capitán, Pedro Páramo, Cien años de soledad, Mi planta de naranja-lima y Los heraldos negros. Con esos libros me distraeré en mi largo viaje hacia el Paraíso (eso espero) o al Infierno (si lo merezco). Debe ser tedioso un periplo desconocido sin hacer nada.
¿Por qué estos libros aguadan mi partida de la Tierra? Ellos saben que la hora va a llegar. Leer El principito, desde la vez que lo hice en la tranquilidad de una habitación que antes fue cocina familiar, es alimentar diariamente mi “niño interior” que morirá conmigo. Merced al principito sonrío, río, veo la vida con sentido del humor, a veces con “iras santas”, sin renunciar a la utopía de la felicidad ni a la ética. Los versos del capitán caló hondo en mi sensibilidad de lector de poesía. Neruda es cómplice para que yo tenga tres hijos; su poesía me ayudó para la persuasión y el ablandamiento. Pedro Páramo es una advertencia y una revelación: ¿cómo es el Infierno? Me imagino igual que Comala: calor como en el interior de un horno encendido y almas extraviadas que hablan, lloran, fornican y piensa como si estuvieran vivas. Cien años de soledad refleja la desaforada imaginación de Gabo y la pletórica historia de América Latina. Sé que iré al encuentro de Remedios la Bella, Aureliano Buendía, Melquiades y Catarino. Mi planta de naranja-lima es una novela, cuyo personaje es Zezé, un niño pobre, ingenioso, tierno que descubre tempranamente que la vida es pan duro o mordedura de perro rabioso, pero, a la vez, como la otra cara de la moneda, imaginación, sensibilidad, solidaridad y gratitud. Y, finalmente, Los heraldos negros, poemario donde el dolor humano está vivo como herida abierta y la blasfemia parece una “inocente insolencia”, sin dejar de lado el sentimiento amoroso y el entorno familiar. Tal vez me encuentre con Miguel Vallejo Mendoza. Así que, para leer durante mi viaje sin retorno, ya tengo qué releer.




