Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Cuando uno creía que las cosas no podrían estar peores; cuando asumíamos que, a pesar de las innumerables imbecilidades en que viene incurriendo casi a diario la gestión del presidente Castillo, era poco probable que surgiese algo que sobrepasase en desatino, en impertinencia, en necedad a lo que en las últimas semanas hemos podido presenciar los peruanos como si de la cosa más natural del mundo se tratara, surge algo que, si cabe, viene a superar lo que, hasta el momento, al menos, parecía difícil de sobrepasar. Algo que, en circunstancias normales, que evidentemente no son las que vivimos, debería haber desencadenado una nueva crisis en el Ejecutivo, pero que, lejos de ello, ha pasado más bien desapercibido. Nos referimos, claro está, a la designación del señor Ricardo Belmont Cassinelli como el nuevo y “flamante” asesor del despacho presidencial.
Sabidas son las no pocas limitaciones de nuestro presidente. Las mismas que explican, como resulta perfectamente comprensible, la serie de desatinos en que viene incurriendo desde que tuvimos el infortunio de que asumiera la conducción de los destinos del país. Pero, con todo y con eso, resulta inexplicable que, aun cuando son ampliamente conocidas las posturas del señor Ricardo Belmont respecto de la “veracidad” de la pandemia, de la efectividad de las vacunas, lo nombre como asesor. Pues, aun cuando seguramente argumentarán que el personaje en cuestión es asesor del presidente y no del ministro de Salud, y, por tanto, sus posturas no se encuentran directamente reñidas con las funciones del alto cargo que ahora asume, lo cierto es que resulta escandaloso que alguien que desde que se desató la pandemia se ha dedicado a despotricar en contra de todo lo que implicase hacer frente al coronavirus, sea ahora quien asesore al presidente.
¿Dónde está la renuncia del ministro de Salud, que no la vemos por ninguna parte? ¿O es que acaso se puede hablar de un combate real y efectivo a la pandemia teniendo dentro del gobierno a alguien que no solo no cree en la veracidad del coronavirus, sino que además no tienen reparos en insinuar que los miles de muertos que hasta la fecha nos ha dejado la pandemia no son más que una orquestada patraña? ¿Tiene el señor Castillo humo en la cabeza, que no se da cuenta de que lejos de hacerle un favor a su gestión sumándole a la misma a Ricardo Belmont, en realidad lo hace es causarle un gran perjuicio? Pues parece que sí. Ya que no de otra manera se explicaría el que insista en ponerse trabas sobre trabas, a la menor oportunidad que se le presente para hacerlo.
Y ya que hablamos de ministros que no renuncian (y que en modo alguno van a renunciar, ya que de cojudos no tienen ni un solo pelo), resulta inevitable ocuparse del señor Luis Barranzuela, “flamante” ministro del Interior del señor Castillo, que, desde que asumió el cargo, no ha hecho otra cosa que dar claras muestras de encontrarse en contra de la erradicación de la hoja de coca. Lo que no solo evidencia una clara y flagrante oposición a los principios que durante décadas viene llevando adelante el ministerio que preside, sino que encima se contrapone a lo que la investigación y hasta el sentido común indican: que gran parte (que una grandísima parte en realidad) de la hoja de coca que se produce en el Perú termina yéndose irremediablemente al narcotráfico.
Por si su sola negativa a que se continúe con las políticas de erradicación de la hoja de coca no fuese suficiente, resulta que ahora, en apoyo a su tenaz oposición a que se continúe con la erradicación en cuestión, no ha tenido mejor idea que insinuar que, gracias a la coca que se produce en el Perú, el mundo entero puede disfrutar de la Coca Cola. Bebida gaseosa que, según el ministro de marras, sería la que se beneficiaría de la coca que se produce en el país. Afirmación que, además de flagrantemente inexacta, fracasa en su intento de buscar justificación para lo que, para cualquiera que tenga dos dedos de frente, resulta insostenible: que la coca que hoy se produce en el país “sólo” se destina para eso.
Así las cosas, queda claro que, lejos de enmendar en algo la serie de desatinos en que viene incurriendo el presidente respecto de la designación de quienes habrán de acompañarlo en su gestión, lo que venimos presenciando los peruanos es más bien una clara e innegable tendencia de nuestro mandatario a meter la pata cada vez más hondo. Lo que pasa, naturalmente, por la designación de los personajes antedichos en cargos de capital importancia. Como si fuera posible que fuese ministro del Interior un personaje que representase todo lo contrario de lo que nuestras fuerzas armadas significasen; como si fuera posible que fuese asesor presidencial alguien que no cree en la existencia del coronavirus, algo cuya atención, asumimos, es una de las prioridades de este gobierno. ¿Tendrá prioridades este gobierno?




