Crónicas de un apóstata
Por Jacobo Ramírez Mayz
Abro mi Facebook, y veo que tengo una nueva solicitud de amistad. La fotografía que observo me muestra a un hombre gordito, peladito, de buen aspecto. Se le ve intelectual. ¿Se tratará, acaso, de un nuevo integrante de la asociación de escritores? Hago clic, y ya lo tengo dentro de mis contactos.
Al día siguiente, suena insistentemente la alarma de los mensajes de textos. Se trata de mi nuevo amigo. Su nombre es José Veloso y en su mensaje me informa que es gerente del Banco Nacional de Filipinas, y que es la voluntad de Dios el que se haya contactado conmigo. Esas palabras hacen que me persigne. Levantó los ojos al firmamento y digo que por fin Diosito escuchó mis súplicas.
En su mensaje dice que está discutiendo cuestiones de negocios y, al mismo estilo de nuestro presidente, quiere que lo asesore, puesto que seré beneficiado. ¡Gloria a Dios, Aleluya!, digo dentro de mí. Él me manifiesta que un ciudadano de su país, llamado Gentian Mayz, tiene un depósito en su banco de doce millones quinientos mil dólares y que la fecha del depósito se venció el año pasado, y que, si nadie lo cobra, el director del banco se quedará con todo ello. Me aclara que ese tal Gentian entregó la geta al soberano por causa de un accidente de tránsito y que debe estar gozando de Dios en estos momentos. Ese infeliz hombre con tanto dinero no tenía ningún pariente registrado, ni herederos cercanos. Como le habían pedido su informe, él buscó en internet una persona que tenga el mismo apellido y se haga pasar por su familia. El primer cojudo que supuestamente encontró, claro, era yo. Le dije que estaba interesado, que era demasiado generoso, un filántropo, y que si en el mundo hubiera dos como él, habrían menos pobres. Además, me iba a convertir en millonario de la noche a la mañana y eso era importante para mí.
Me sigue escribiendo y me manifiesta: «Cuando encontré su nombre con su apellido me emocioné mucho. Si me confirma ser pariente de Gentian, estoy seguro de que la transacción se ejecutará de acuerdo legítimo». Y remata: «es mejor que reclamemos el dinero porque los directores del banco ya son ricos» (mi demonio me dice que ya no seré más pobre en un país de pendejos) y termina: «no soy codicioso, que sea 50 % y 50 % , yo ese dinero lo invertiré para la caridad, que eso siempre ha sido mi sueño». Yo también le digo que ese es mi sueño, ser caritativo, compartir hasta el último pacae, chirimoya y plátanos que tengo y que si tendría cabello lo regalaría para la peluca de cualquier santo patrono de un pueblo, pero que lamentablemente no tengo ni dinero ni pelo. Se ríe.
Finalmente, se despide diciéndome que trate esa información como confidencial y que le escriba a su correo electrónico personal [email protected], y que Dios me bendiga. Claro, cómo no me va a bendecir, digo dentro de mí, si este pendejo me quiere tomar el pelo.
Al día siguiente, nuevos mensajes con el mismo tenor y que urge que le responda porque si no los fondos se irán a otra parte. Y así continúa fregando dos días más. Entonces le respondo justificando que soy un hombre trabajador, que me dedico a explicar temas trillados a mis alumnos, que fumo mucho, chaccho como endemoniado y tomó aguardiente todas las noches. Parece que no le importa eso, me pide mi número de tarjeta y que le envíe mi correo. Le digo que solo tengo correo institucional, me responde que está bien y que se lo envíe. Le mando el siguiente correo: policí[email protected], lo lee y ¡plop! comienzan a borrarse todos los mensajes que me había mandado. Me rasco la cabeza y digo que mejor le hubiera dicho la verdad. Reniego porque el tío Shata metió sus narices justo cuando iba a convertirme en millonario. Lamentablemente, el famoso sacha José me dejó tirando cintura.
Las pampas, 26 de mayo de 2022




