Por: Andrés Jara Maylle
Ante los desastres que están ocurriendo, sobre todo en la costa central y norte del país, nosotros los de Huánuco no podemos sino estar agradecidos por tanta benigna suerte.
Pero, claro, no nos confiemos de nuestra buena estrella porque la sabia naturaleza puede darnos en cualquier momento (cruzo los dedos y toco madera) desagradables y trágicas sorpresas.
Sucede que las aguas de lluvias intensas, convertidas en huaicos indetenibles, bajan con gran estrépito por todas las quebradas de la costa arrasando a su paso viviendas, sembríos, hombres y animales y destruyendo toda infraestructura (grande o pequeña, valiosa o insignificante).
Como muy pocas veces se ha visto, pueblos pequeños y ciudades populosas, de la noche a la mañana, han amanecido bajo dos metros de agua ante la mirada atónita de los pobladores que no saben qué hacer ni a dónde ir. Pareciera que la naturaleza y no Dios (como algunos extraviados predican) se ha ensañado con los peruanos que viven en esos territorios de dolor y tragedia.
Y frente a ese panorama desolador que sucede al otro lado de la cordillera, es increíble, para bien, que por estos valles estrechos todavía todo esté en calma, o haya una relativa tranquilidad, teniendo en cuenta que por los siglos de los siglos, unas lluvias persistentes y tenaces pueden provocarnos similares o peores calamidades, como las muchas que hemos vivido y que nuestra memoria guarda con asombro, temor y respeto por esa fuerza natural e invencible.
Como bien sabemos, las montañas que rodean el valle donde se asienta nuestra ciudad son caprichosas y accidentadas, por ello mismo, desde los tiempos prehistóricos somos dueños de una gran cantidad de quebradas por donde en épocas de lluvia bajan atronadoras avalanchas que nos convierten en víctimas de su fuerza indomeñable.
Entre las muchas, está, por ejemplo, la quebrada de Llicua, apacible por estos años, hipócritamente pacífica, como que por allí todo es seguro. O quebradas más pequeñas pero igual de violentas como las que nacen en las faldas de Jactay y Nauyan Punta y que desembocan en las primeras cuadras de los jirones Seichi Izumi, Tarapacá, Huánuco o General Prado.
Pero sin lugar a dudas, las más perniciosa, impredecible, turbulenta y asesina, que incluso ha moldeado la topografía de la parte norte de nuestra ciudad, es la quebrada de Las Moras. Esta inicia su recorrido mortal en las zonas altas de Jactay, Rondos y La Florida (pueblo también conocido como Shogosh, en quechua). Desde allí, cuando arrasan las lluvias locas, los grandes chubascos, o esos chaparrones que oscurecen a la ciudad, van juntando sus aguas, hilo a hilo, zanja a zanja, hacia la quebrada mayor: ancha, profunda y tenebrosa que puede verse desde cualquier punto de esta ciudad en desamparo.
En realidad, la quebrada de Las Moras la conforman dos desfiladeros o gargantas ásperas e intrincadas, cada una con su propia fuerza mortal. Una nace al pie del mismísimo pueblo de Rondos, a unos cien metros de la iglesia y de su principal callecita; la otra se inicia a un costado de La Florida o Shogosh. En tiempos de lluvias grandes, el lodo y las piedras bajan con ensordecedor rugido en un desorden líquido, y se unen, con todo el peligro que conlleva, muy abajo, a sesenta metros antes de llegar al puente también llamado Las Moras, recientemente construido.
Por eso, la quebrada de Las Moras es realmente temible y debe convertirse en el centro de atención de autoridades y especialistas para prevenir y evitar lamentos y desgracias indecibles. Y no lo digo por venenoso, alarmista, fanfarrón o mentecato. Lo digo porque la (des)ventura familiar ha hecho que mi existencia (como lo manifesté ya tantas veces) lo haya pasado al borde del huaico y del río.
Y vaya las avalanchas por la quebrada de Las Moras y las crecientes del Huallaga generoso que vi y sufrí en este medio siglo de vida.
De las muchas, jamás olvidaré aquel atardecer del 18 de marzo de 1979. Por el cauce de Las Moras se precipitó tal vez una de los aludes más impresionantes de los últimos tiempos y que, para nuestra suerte, no ha vuelto a repetirse en esa magnitud hasta ahora. Desde aquella pronunciada curva (donde actualmente se unen el jirón Independencia y la avenida Circunvalación), por donde la fuerza del fango había roto la débil defensa, se extendió hacia abajo un inmenso mar de lodo y piedras inundando, básicamente, los sembríos de los pocos habitantes de esa pampa. El huaico desembocó en el Huallaga en un ancho que se extendía desde la última cuadra del jirón Abtao hacia quinientos metros río abajo. No exagero si digo que desde ese día, en todas Las Moras, la altitud sobre el nivel del mar haya subido por lo menos un metro, altitud que hasta ahora ostenta. Si no me creen y piensan que exagero, que cualquier poblador de Las Moras cave un hoyo en su casa y verá que vive cómodamente sobre los restos de ese y otros huaicos más antiguos.
Otro caso más reciente en donde se confabularon el huaico y el río, en trágica dupla. En 1994, la creciente del río fue tal y al huaico de Las Moras aún peor, que las aguas del Huallaga se desbordaron e inundaron gran parte de lo que hoy es la urbanización Huayupampa.
No menos funesto fue la noche del seis de noviembre del 2010. Esa madrugada una fortísima lluvia sorprendió a los huanuqueños y por Las Moras se precipitó una avalancha de gran proporción y que, contando con la complicidad del Huallaga que en esos días tenía poco caudal, represó sus aguas a un nivel tan alto que desde la desembocadura del huaico hasta casi al pie del puente Pavletich, se formó un gran embalse que más parecía a la hidroeléctrica de Chaglla. La prensa aún guarda imágenes de aquella actuación fabulosa de la naturaleza.
Mejor no sigo, porque si no muchos pueden sentirse alarmados e irse a convocar marchas contra el abuso del huaico, o a rezar pidiendo clemencia divina.



