Escrito por: Ronald Mondragón Linares
La filósofa española Monserrat Nebrera acuñó el concepto “generación de cristal” para referirse a los jóvenes actuales -nacidos aproximadamente en la década de los 90 para adelante- que tienen en común ciertas características, como su extrema fragilidad emocional, indefensión y frustración total ante el fracaso, dependencia frente a padres sobreprotectores, nula autoridad de estos, bajísimos niveles de lectura, intolerancia ante las críticas, entre otras. Lo que falta agregar aquí es que dicha generación son nuestros hijos.
Me temo que no solo la llamada “generación de cristal” está emocionalmente quebrada. Hay todo un contexto sociocultural que sobrepasa largamente las consideraciones generacionales y es la época en que vivimos, es decir, la dictadura atroz de la tecnología, la rimbombante mediocridad de las redes sociales, el desdén manifiesto por el conocimiento y el saber, el desprecio sistémico por las humanidades y las artes, la pérdida del sentido de la existencia y de la vida, el culto a lo efímero del sexo, el cuerpo y el dinero, la ruina de los valores fundamentales y las actitudes positivas ante la vida. Y es aquí, en esta época signada por el celular, el supermarket y los destinos on line, en que están ellos, nuestros hijos, hijos de la Generación X como nos llaman a nosotros.
Nosotros vivimos y recordamos nuestros mozos y juveniles años de la década de los 80. Somos hijos de una época marcada a fuego por la angustia, una escalofriante y paupérrima situación social y de condiciones de vida, el fenómeno de El Niño, la violencia del senderismo y los grupos alzados en armas, y el horror de la crisis económica en el primer gobierno aprista. Nosotros vivimos, además, el punto de quiebre que desencadenó en el viaje sin retorno hacia la era informática en que iba a nacer la transparente y frágil “generación de cristal”.
El nuevo contexto cultural y social que se abrió hacia el nuevo siglo albergó en su seno la dinámica de un peculiar conflicto generacional: una generación -la nuestra-, aturdida en el consciente y en el subconsciente por el miedo y la incertidumbre, contra una generación que recibía el amparo del fin del conflicto armado y las placenteras bondades de la tecnología de punta digital. Es decir, un conflicto entre una generación que arrastraba una angustia colectiva frente a otra que necesitaba resguardo y calma. Probablemente, esto último lo haya recibido en demasía.
El resultado de la dialéctica generacional lo conocemos y lo experimentamos todos. Lo que sucede es que solo se habla de los jóvenes de nuestro tiempo y sus taras, que tan bien procuran mantener los sostenedores de un sistema cultural invisible, pero horrendamente inhumano que conlleva a la pérdida -a la vez- del amor propio y la empatía, así como a la destrucción de valores fundamentales como la solidaridad, el temple y la resiliencia. Sin embargo, no se habla de que en esta dinámica las dos generaciones enfrentadas perdieron. Ambas cayeron en la corriente de un mundo desgastado por la trivialidad y la indiferencia como norma de vida y, aparentemente la situación actual aún continúa así, sin viso alguno de salida a la crisis.
Recuerdo que en la década de los 80 estaban aún en boga los conceptos de “La personalidad neurótica de nuestro tiempo”, de Karen Horney. Allí se hablaba ciertamente de la neurosis del hombre contemporáneo, cuyo origen era sus angustias y sus miedos. Creo que hay una necesidad creciente de un estudio psicológico, de esa importancia, enmarcado en esta época y en este tiempo nuevos.
No somos iguales, pero nos parecemos un poco a “la generación de cristal” los fundadores de esta. Quizá nos diferenciamos en que muchos luchamos desesperadamente contra la corriente y contamos con los últimos rezagos de fuerza y esperanza. Creemos en el porvenir y en la fuerza monumental que dirige el presente y orienta el futuro, que es la fuerza del espíritu. Queremos un mundo de fraternidad y alegría, donde nadie sea esclavo de sus miedos ni del asedio de su propia mente, que produce un innoble sistema de dominación cultural como el que sigue vigente.




