No solo de papa vive el hombre

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Habida cuenta de que el virus de mierda ese no ha podido aún, aún no, acabar con nuestra farragosa memoria; que, por más venida a menos que se halle, todavía encuentra los aromas, los nombres, los rostros que se le encarga. Y habida cuenta también de que precisamente porque todavía no la hemos perdido, es que recordamos una que otra cosa; y recordar, como se sabe, es volver a vivir; es que cada vez que nos asalta la impresión de que algo que estemos viviendo en un determinado momento, ya lo hayamos vivido en otro tiempo, en otras circunstancias, nos dé por ponernos en estado de máxima alerta; por abrir muy bien los ojos; y prestar particular atención a lo que en condiciones “normales” quizá ni siquiera nos detendríamos a analizar. Y lo hacemos, valgan verdades, porque es imposible no hacerlo; menos aun conociendo casi, casi “de memoria” lo que habrá de suceder si seguimos por el camino que, “ignorantes” de lo que nos sobrevendrá, insistimos en seguir recorriendo. 

Lo anterior ocurre, desde luego, por el simple y sencillo e incuestionable hecho de que la historia, esa suerte de notaria impasible de los aciertos y yerros en que incurre el hombre durante su paso por el mundo, es, a fin de cuentas, circular. Condición, esta, respecto de la cual no tiene nada que envidiarle, dicho sea entre paréntesis, a su prima hermana la literatura; que en este punto, cuando menos, no ha podido todavía superar a la realidad. Porque sin importar cuánto nos afanemos en negarlo, cuánto gritemos a los cuatro vientos que de lo que se trata en el fondo es de meras y vulgares coincidencias, lo indiscutible es que hay hechos que se repiten cada cierto tiempo, y contra ello no hay nada que podamos hacer. Además, es evidente que la historia parece tener una extraña predilección por hacernos vivir de nuevo situaciones que por lo general desearíamos no volver a experimentar ni aunque se nos recompensase, como promete la sabiduría popular, con todo el oro del mundo. 

Precisamente porque deberíamos ser conscientes de que la historia, como se dijo, es circular, vale decir, porque existen cuestiones que de tanto en tanto se repiten, y, por tanto, deberíamos estar a buen recaudo de no dejarnos sorprender nuevamente por ellas; es que no deja de inquietarnos la facilidad con que algunos olvidan ciertas cosas que, por el hecho mismo de estarlas viviendo cada cierto tiempo, no deberían olvidar jamás. Pues son en el fondo situaciones por las que ya se ha pasado, y que no deberían resultarnos, en consecuencia, para nada ajenas. Es bien sabido, sin embargo, que no sucede así; y que lo que suele pasar, más bien, es que hacemos en realidad todo lo contrario, esto es, que lejos de aprender de las lecciones que nos van dejando el paso del tiempo y los golpes que nos da la vida, nos empeñamos tercamente en seguir andando nuestros mismos trillados pasos.

Constatamos esto, sin ir lejos, a raíz de lo que viene pasando en los últimos días con los productores de papa de la región; quienes, al igual que hicieron hace unos años atrás en circunstancias similares a las de ahora, pretenden hacer que el gobierno regional vuelva a comprarles su producción, por estar, según ellos, en la obligación de hacerlo. Lo que nadie parece recordar, y los mencionados “productores” menos que nadie, es que los principales beneficiados con aquella pasada compra no fueron, como sería lo razonable, los agricultores más pobres, aquellos que por obvias razones todavía justificarían, si acaso, el que el Estado les compre sus productos; sino más bien los grandes “empresarios”, individuos que para contarlos nos sobran los dedos de las manos; y que, como a la larga se acabó sabiendo, acrecentaron aquella vez aún más sus ya de por sí grandes fortunas comprando a precios ínfimos los productos de los pequeños agricultores, para después vendérselos al gobierno regional al doble o hasta al triple del costo que ellos habían pagado.   

Si bien lo último que desearíamos hacer es poner en tela de juicio el que los productores de papa (al igual que los productores agrarios de todo el país) se encuentren pasando por momentos sumamente difíciles a causa de los estragos económicos causados por la pandemia; tampoco podemos cerrar los ojos ante una realidad que por haberla vivido ya, y por habernos dejado por ello mismo no pocas lecciones, no deberíamos dejar que vuelva a suceder. Porque si es un hecho el que los problemas económicos de los agricultores no se solucionan de esa manera, obligando al Estado a la dación de subsidios, es aun más incuestionable la ineficacia de un procedimiento que a la larga a los únicos a los que beneficia es a los grandes inversores, que ven en los dineros del erario público la mina de oro perfecta con que seguir engordando su patrimonio.

¿Algún día se nos quitará de la mente aquello de que es “papá gobierno” quien tiene que solucionarnos todos nuestros problemas? ¿Seguiremos hasta el fin de los tiempos repitiendo cojudamente la misma historia? Si tanto perjuicio causa a la economía de los agricultores la producción del famoso tubérculo, ¿no sería razonable que se comience a pensar en cultivos alternativos? ¿Solo de papa vive el hombre?