No podemos ser los equivocados

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Debemos estar los peruanos entre las personas más proclives a dejarse someter por la dictadura de las minorías del mundo entero. Superados solo por España y Argentina en lo que toca a aceptar a pie juntillas cada nueva imbecilidad con que aparece todos los días el progresismo zurdo, nuestro gusto, insano por fuerza, por consentir cosas que en principio no tendrían por qué ser aceptadas por nadie con dos dedos de frente, a no ser, claro está, que sufriera de algún tipo de trastorno mental congénito que lo llevase a aceptar determinadas situaciones como si de la cosa más natural del mundo se tratara, es ya tan proverbial, tan consabido, tan pasmosamente extendido, que ni el más desesperado de nuestros afanes por querer negar la realidad, por desear encontrar, si acaso, algún tipo de explicación, de justificación razonable, para dicho estado de cosas, podría librarnos finalmente de la más triste y dura de las constataciones: es la nuestra una generación de infelices que prefieren aceptar la imposición de hasta las más inverosímiles situaciones, con tal de no ser condenados por el dedo acusador de las masas, con tal de no sufrir el escarnio y la cancelación sociales, con tal de no convertirse en eso a lo que hoy se teme más que a la muerte misma: con tal de no ser políticamente incorrectos.

Las pruebas irrefutables (porque las tenemos por doquier) de que hemos llegado a ese punto de estupidización colectiva las encontramos a cada paso, en cada esquina, que, de tanto tropezar con ellas, de tanto verlas día y noche (noche y día), uno termina por acostumbrarse a su presencia, por llegar a pensar, incluso, que a lo mejor “eso” que tanto lo afecta, eso que tanto lo sorprende, es en verdad lo “normal”, y que es uno, en realidad, quien se encuentra completamente equivocado. Pero no. No es así. No es decididamente así. Algún vestigio de sensatez nos ha de quedar aún, porque estaríamos dispuestos a jurar que no es así. No somos nosotros los equivocados. No podemos ser nosotros los equivocados. 

Los que sostenemos, por ejemplo, que no hay justificación ninguna para tener que consentir, que soportar, que algún desatinado se sienta con el derecho de ir a almorzar a un restaurante acompañado de su perro (con el consentimiento, ¡faltaba más!, de los propietarios del establecimiento), y que este se encuentre poco menos que sentado a la mesa del susodicho como si de una persona se tratase, mientras los comensales que se encuentran a su alrededor tienen que consumir sus alimentos haciendo de cuenta que no pasa nada, no podemos ser los equivocados.

Los que sostenemos, por ejemplo, que la palabra de una mujer, por el solo hecho de serlo, esto es, por ser la palabra de una mujer, no puede estar por encima, ni por debajo, claro está, de la de un hombre, sobre todo en contextos de índole legal en los que, por obvias razones, las consecuencias de asumir que las mujeres no mienten jamás podrían llegar a tener repercusiones tan graves, tan indiscutiblemente injustas, que podrían incluso llevar a la reclusión de por vida a quien fuera víctima de semejante insensatez, no podemos ser los equivocados.

Los que sostenemos, por ejemplo, que un hombre que se asume mujer, esto es, que un hombre que por el solo hecho de considerarse del sexo contrariose sienta con el derecho, por decir algo, de participar en una competición deportiva reservada a las mujeres, y que encima pretenda que nadie diga nada cuando por obvias razones acabe ganando a quienes por una cuestión de evidente superioridad física terminará por ganar, no puede pretender que nos quedemos callados solo porque protestar por tamaña injusticia es hoy visto, ¡el colmo de los colmos!, como un acto de abierta y censurable homofobia, no podemos ser los equivocados.

Los que sostenemos, por ejemplo, que un sujeto que por decisión propia ha decidido convertirse en vegano, y que por el mismo hecho de serlo se siente con el derecho de criticar, llegando en ocasiones a la denostación, a la descalificación, a la injuria, a quienes, al contrario de él, ven en el consumo de carne como medio de alimentación la cosa más natural del mundo, no tiene ningún derecho a pretender que los demás hagan exactamente lo mismo que él, solo porque, a su juicio, es dueño de una superioridad moral que lo pone por encima del común de los mortales, no podemos ser los equivocados.

Pero sí. Para esta sociedad contemporánea nuestra que es ni más ni menos que el mismísimo mundo al revés, somo nosotros los equivocados: Los que creemos que un perro no puede estar por encima de un ser humano; los que creemos que la palabra de una mujer no puede estar por encima de la de un hombre (ni viceversa); los que creemos que un hombre que se asume mujer no puede competir en certámenes deportivos en igualdad de condiciones que una verdadera mujer; los que, en definitiva, creemos que nadie que por tener una alimentación en la que no figura la carne se deba sentir superior moralmente a quienes sí la tienen.