Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo
Toda mi vida he dedicado a leer, escribir y enseñar. No sé si hice bien o mal, pero la satisfacción de haberme desvelado leyendo, como un insomne feliz, el Quijote, Cien años de soledad, La casa verde, Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo, cuentos de Ribeyro, Rulfo, Borges, la poesía de Vallejo, Neruda, Valera, Baudelaire, Rimbaud, Buesa, Paz, Lorca, Cárdich, nadie me la quita. Nunca he renunciado, aún en los peores momentos y de escaso tiempo por el trabajo absorbente, a la lectura ni a la escritura. Hasta cuando duermo leo y escribo. Mi experiencia de lector está incluida en mis vivencias conscientes que afloran como testimonio de logro personal y desempeño profesional. No he leído “por gusto” o porque un libro “me gusta”, sino por necesidad de satisfacer un hábito, una costumbre provechosa y útil. Nadie lee “por gusto”. Lo hacemos porque la lectura es el instrumento de mayor efectividad para el aprendizaje y alfabetización constante.
Quien lee tiene temas de conversación, se expresa con facilidad, utiliza un léxico variado y rico que se adecúa a las circunstancias comunicativas. El que habla mucho dice poco; el que habla con fluidez, sin leer, es charlatán, demagogo, sofista; esos abundan en elecciones y en los mercados vendiendo sebo de culebra y brebajes. El que no lee carece de reflejos inmediatos para comprender la información, lo que ve y escucha. Escuchamos canciones privilegiando la melodía, pero no reparamos (para nada) en el contenido, el lenguaje, el tema predominante, el personaje simbólico, menos la poesía que hay en los versos. Una canción es un poema con melodía. El merengue “Las avispas”, de Juan Luis Guerra, es una canción cristiana, pero se baila como si fuera “La bilirrubina”, “Ojalá llueva café”, “Cambió mi corazón” o “La vida es un carnaval”. En ese contexto, los lectores de poesía son escasísimos como una especie de animal en extinción. La poesía es más exigente con el lector. Muchas veces se repiten versos de memoria, pero no se sabe qué se repite. El lenguaje literario está codificado en metáforas, adjetivos exactos o audaces, imágenes verbales, símiles y un yo lírico que, a veces, se confunde groseramente con el autor.
No es cierto que los estudiantes deben leer lo que “les gusta”, sino lo que los educa, instruye, les crea hábito. Con ese argumento, sus lecturas van a terminar en Harry Potter, Crepúsculo o El señor de los anillos, solo diversión, entretenimiento, sin propósito de información ni espíritu crítico; o quizá algún libro de autoayuda y, con optimismo, leerán El alquimista de Paulo Coelho o Desapégate sin anestesia de Walter Riso. La lectura no hace sabio, tolerante ni dechado de virtudes éticas; convierte al lector en culto, ilustrado, versado, enciclopédico, pero no necesariamente en ciudadano correcto ni en opinólogo infalible. Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, “furioso lector”, poseedor de una gigantesca biblioteca, autor de célebres novelas, con opinión pública de cobertura mediática, decidió apoyar y auspiciar la candidatura de Keiko Fujimori. ¿Tomó la mejor decisión? ¿O representa hoy una desilusión y una decepción política? Democráticamente, es problema de Mario; él puede defender al arcángel Gabriel o a Belcebú, a Barrabás o a Jesús, a Salomé o María Magdalena. Pero tiene que asumir históricamente, y ante sus lectores, el costo de sus decisiones. Jamás he leído “por gusto”, sino por necesidad de aprender, imaginar, informarme y comunicarme con el escritor. La lectura promueve el pensamiento crítico tan útil en una sociedad democrática, en la universidad, en la redacción responsable de un ensayo académico o un artículo científico, en la toma de decisiones razonables distantes de la estupidez, la intolerancia, el fanatismo energúmeno y el racismo cultural. La lectura quita las cataratas en los ojos y otorga al pensamiento apertura y pluralidad.
Recientemente he leído dos libros de Mario Vargas Llosa: La realidad de un escritor (Edit. Triacastela, Madrid., 2020. Págs. 214) y Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina (Edit. Alfaguara, 2021. Págs. 151). El primero contiene el testimonio asombroso, aleccionador y minucioso de cómo Mario Vargas Llosa concibió, investigó, fabuló y escribió La casa verde, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo e Historia de Mayta. El Mario Vargas Llosa escritor, novelista, inventor de poderosas ficciones, periodista de argumentos, legítimo ultraliberal y lenguaje categórico se mantiene incólume, pero en política discrepo diametralmente, no lo juzgo (quién soy para hacerlo), lo tolero porque esa es la actitud de un demócrata coherente: aceptar irrisorias, medianas y grandes discrepancias; quien no tolera es autoritario, fanático, cero argumentos, incapaz de aceptar a alguien que hace, siente y piensa diferente. Para muchos, MVLl es una descomunal decepción porque públicamente, sin tibieza, con uñas y dientes, defendió y promovió a una candidata a quien él mismo combatió ferozmente en elecciones pasadas. El segundo libro es una reveladora y extensa conversación de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez en 1967 en el auditorio de la Universidad de Ingeniería. En ese año, MVLl había sido galardonado con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por La casa verde, un portento de modernidad y uso de técnicas sofisticadas; mientras que Gabo publicó Cien años de soledad, novela extraordinaria, de lectura inacabable y de relatos fantástico, sin dejar de lado la historia de América Latina. En ese diálogo, MVLL fue el entrevistador lúcido, informado e inquisidor; Gabo, un paciente, hábil y memorioso interlocutor.
Nadie lee “por gusto” como tampoco se come “por gusto”, se baña “por gusto” o ama “por gusto”. Creo en una sociedad de lectores, de ciudadanos argumentales, donde comprar un libro sea tan necesario como ir al supermercado para abastecerse de víveres o asistir a la librería o la biblioteca sea equivalente como ir a un centro de diversión o a la misa o leer sea tan placentero como comer, dormir o viajar. Sin lectura el pensamiento crítico, las habilidades comunicativas y la disposición de información son escasos, mínimos, incapaces de aprendizajes significativos y trascendentales. Un lector habitual es un televidente menos, un condicional menos al celular.




