El reciente encuentro entre representantes de Estados Unidos e Irán en relación al programa nuclear iraní, evidenció una seriedad notable y un esfuerzo palpable por evitar una nueva conflagración en Oriente Medio, una situación que ninguna de las partes desea. La reanudación de las negociaciones la próxima semana anticipa un camino arduo, dado el previsible escepticismo de los sectores más radicales en ambos países, así como la oposición de Israel a cualquier acuerdo. La diplomacia nuclear enfrenta un desafío crítico.
Según la investigación publicada por The New York Times, las conversaciones revisten mayor urgencia que el acuerdo nuclear de 2015, impulsado por la necesidad de Irán de aliviar las sanciones económicas. El país persa, presionado por Israel y con sus aliados regionales debilitados, anhela la recuperación económica, pero también reconoce la amenaza directa a la República Islámica. La advertencia del entonces presidente Trump, quien retiró a EE.UU. del acuerdo original por considerarlo insuficiente, sobre posibles acciones militares drásticas contra Irán, añade tensión al escenario.
El líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, ha otorgado a sus negociadores una última oportunidad para intercambiar las ambiciones nucleares de Irán por una seguridad duradera, un mandato que marca un punto crucial en las aspiraciones iraníes. Este diálogo se produce en un contexto regional marcado por la creciente inestabilidad y la rivalidad entre potencias, lo que subraya la importancia de alcanzar un entendimiento que contribuya a la paz y la seguridad internacionales. El primer acuerdo nuclear, conocido como JCPOA, logró frenar temporalmente el programa nuclear iraní, pero su futuro es incierto.
Las conversaciones en Omán prometen eficiencia, contrastando con las negociaciones del acuerdo de 2015, que involucraron a Irán y seis potencias mundiales (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania), con la Unión Europea como mediadora, proceso que se prolongó durante dos años. En esta ocasión, las conversaciones son bilaterales, aunque con la observación de actores como la Unión Europea, Rusia y China, simplificando el proceso y agilizando la comunicación.
Aunque Estados Unidos persiste como “el Gran Satán” para el ayatolá Jamenei, también posee la clave para moderar a Israel y asegurar un acuerdo perdurable. La insistencia de Irán en conversaciones indirectas a través de Omán, frente a la preferencia de EE.UU. por un diálogo directo, se resolvió con un compromiso pragmático: el enviado especial de Trump, Steve Witkoff, interactuó directamente con el ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, al término de la reunión.
La elección de Omán como sede de las conversaciones refleja su papel tradicional como mediador en la región, gracias a su política exterior neutral y sus relaciones diplomáticas con ambas partes. La situación económica en Irán se ha deteriorado significativamente en los últimos años debido a las sanciones y la pandemia, lo que hace que el alivio económico sea una prioridad para el gobierno iraní. Sin embargo, el país no quiere renunciar a sus ambiciones nucleares.
“Este es el mejor comienzo posible”, afirmó Ali Vaez, director del proyecto Irán para el International Crisis Group, reflejando un optimismo cauteloso. “Pudieron haber tropezado, pero acordaron reunirse de nuevo, se encontraron juntos al final y coincidieron en el objetivo último”. La comunidad internacional observa atentamente este proceso, consciente de las implicaciones geopolíticas de un acuerdo o de un fracaso en las negociaciones.




