NAVIDAD SIN CARRO

Jacobo Ramírez Maiz

La Navidad no siempre huele a panetón ni suena a villancico, a veces huele a polvo de calle, a sudor de niño y a promesa rota. Yo lo sé porque una vez fui ese chibolo que creyó en la Navidad.

Recuerdo que ese día las casas parecían sonreír con focos de colores y la gente caminaba con apuro, como si el milagro se fuera a acabar a las seis en punto. A mí me habían dicho: «ahí están regalando juguetes» y yo fui. No fui caminando, fui volando por dentro.

La casa era grande, con jardín, bien pituca para mis ojos de niño. Estaba justo al costado del cine Huánuco, ese cine viejo donde uno entraba a ver películas y salía creyendo que el mundo podía ser distinto. Ahí estaba la cola, larga, llena de chibolos con zapatos gastados, narices moqueadas y ojos brillantes. Todos soñábamos lo mismo: un carro, una pelota, unos soldaditos, cualquier cosa, con tal que sea un juguete. Yo quería un carro.

La cola avanzaba lento, el sol caía sin piedad y nadie se quejaba. ¿Quién se queja cuando la esperanza está a dos pasos? Yo contaba niños, contaba regalos, contaba mis latidos. Cada vez que salía uno con su juguete en la mano, yo apretaba los dientes y decía: ya me toca y la casa seguía ahí, abierta, generosa, como una boca prometiendo pan, pero las promesas, a veces no llegan.

Cuando ya estaba cerquita, cuando ya podía ver el interior, cuando ya sentía el carro en las manos que no lo tenían, la puerta se cerró, sin aviso, sin disculpas; como se cierran las cosas importantes en la vida.

«Ya no hay», dijo alguien, no sé quién. No me miraron, no me explicaron, no me regalaron ni una palabra, solo cerraron la puerta y el jardín quedó en silencio, como si nunca hubiera pasado nada. Los otros chibolos se quedaron parados, algunos insultaron, otros se fueron rápido, como si el dolor quemara.

Yo no dije nada, no lloré ahí, no quise. Di media vuelta y empecé a caminar por el jirón Dámaso Beraún, caminé despacio, arrastrando los pies, pateando piedritas que no tenían la culpa. Las luces de Navidad me parecieron burlonas, como risas de adultos que no entienden.

Mientras caminaba, algo se me iba rompiendo adentro; no era solo el carro, era todo. Papá Noel se me cayó de la cabeza como un borracho, Jesús se me quedó colgado en una cruz que ya no prometía nada, los Reyes Magos se perdieron en el camino, como siempre; ese día, renegué de todos, les menté la madre en silencio, con palabras que todavía no sabía decir.

Llegué a Huallayco la cuadra doce, mi barrio, mi realidad. Entré por el callejón, ese pasillo angosto donde la vida no entraba con regalos, sino con costumbres, subí las gradas de madera que siempre crujían, como viejas quejándose; cada escalón era más pesado que el anterior.

Nadie me esperaba, nadie sabía que yo venía con las manos vacías y el corazón lleno de rabia triste. Entré, me senté en un rincón, ese rincón donde uno se vuelve pequeño, y ahí sí lloré, lloré fuerte, sin vergüenza, como lloran los niños cuando todavía no han aprendido a tragarse el llanto.

Mis lágrimas caían sobre el entablado, haciendo manchitas oscuras, como si la madera también estuviera de luto. Pensé que la Navidad era una mentira bien contada, un cuento solo para los que tienen jardín y puertas grandes. Pensé que Dios repartía mal los regalos, que Papá Noel no bajaba a los cerros, que los milagros tenían dirección conocida. Ese día no hubo cena especial, ni abrazo largo, ni promesa de “el próximo año”, solo hubo silencio y ese cansancio raro que llega cuando uno entiende algo demasiado temprano.

Ahora que han pasado los años y que la Navidad vuelve, puntual como deuda vieja, yo me acuerdo de ese chibolo, me acuerdo de la cola larga, de la puerta cerrada, del carro que nunca llegó y entiendo que ese día no perdí un juguete, perdí la inocencia; me la cerraron en la cara, junto con la puerta.

Por eso, cuando veo a un niño esperando, no me río, cuando escucho villancicos, no aplaudo, porque sé que, en algún rincón de la ciudad, hay un chibolo llorando sobre un entablado, renegando de dioses y barbas blancas, aprendiendo a la mala que la vida no siempre cumple lo que promete y eso, también es Navidad.

Las Pampas, 18 de diciembre del 2025