NADAB COTRINA CABANILLAS: LA NOVIA DE AMBO

Por Israel Tolentino

“Me gustaría que todas las mujeres salieran adelante, en lo que más les gusta hacer” frase que resume la vida de Nadab Cotrina Cabanillas (1934 – 2019). Nacida en Ambo, hija de una familia de artistas, su papá Teófilo y sus hermanos: Miguel, Romeo y Marcelino, músicos (violín, guitarra, piano y acordeón respectivamente). Su madre Juana, heredera de una rica tradición gastronómica ambina con raíces italianas. Ella, un compendio de toda esa tradición.

La tía Ñada, como le decíamos, es un caso excepcional dentro de las letras regionales, como contaba ella, a los 16 era una buena cocinera y fue este oficio, el emprendimiento que estructuró su vida y en el momento preciso, le permitió autopublicar su escritura. Con el tiempo se convirtió en “La novia de Ambo”, adjetivo que le puso el periodista Iván Arrese, y ella le añadió la frase “el ADN de la literatura ambina”, asumió ese epíteto con toda la responsabilidad que encarnaba.

Publica su primer libro “Cien años de ignorancia” a los 70 años, situándose, en la lista de voluntades excepcionales, seres que maduraron un sueño y no se detuvieron hasta llevarlo a cabo. Sus escritos, comunican en primera persona, aquello que es difícil hasta para los escritores profesionales: escribir como se habla, con esa sencillez, ingenuidad y honestidad, de una fuente de primera mano. Ella pertenecía al siglo XX, a esa generación crecida en una patria gamonal, donde estudiar dependía de la solvencia económica, de largos viajes sentada en un mixto y tener tercero de media, era el gran logro; como dice en su opúsculo “Lo mío” anhelaba con la ayuda de Dios, terminar el colegio y estudiar derecho. Tía Ñada, se formó en el entonces Colegio Nacional Nuestra Señora de las Mercedes. Fue la mujer ejemplar, líder indiscutible en esa sociedad machista en la que creció, su obra, sobre todo su postura y actitud frente a sus coetáneos le granjeó una personalidad con solvencia moral y ética, una mujer consecuente y de decisiones firmes, de blanco y negro, asumiendo sus aciertos y errores con la frente en alta, nunca tibia, sabiendo enseñar y sobre todo perdonar. Recuerdo tres anécdotas: en el amor, contó una vez: “se me fue el enamoramiento leyendo la carta repleta de faltas ortográficas, del susodicho que era su amor platónico”. En política, en una época, se dedicó a tomar fotografías, cierta mañana amanecieron tres pericotes en el trampero, ella, imprimió la fotografía la fotocopió y aumentándole un texto “así mueren los pericotes” lo repartió entre sus vecinos. Humor mordaz, sardónico e inteligente. Era la única mujer del pueblo que se movilizaba en bicicleta complemento de su rutina diaria de caminar media hora por el malecón, la calle de “las tramposas” y la plaza.  Definitivamente, leerla hoy, es oírla.

En casa de tía Ñada, aprendí en las largas vacaciones de colegial a preparar dulces. Cuando cursaba el cuarto de secundaria, un escritor de carne y hueso, Andrés Cloud, subió al tercer piso del pabellón donde quedaba mi aula trayéndome libros para la biblioteca de Ambo, me obsequió “Usted comadre debe acordarse” y “Los últimos días de papá Ata”, este incipiente lector, en ese encuentro quedó marcado inexplicablemente. La “Novia de Ambo”, fue mi madrina de bautismo, aprendí en la dulcería “Candy” a tomar un café con humita, con Andrés Cloud sentado frente a mi madrina, yo, ahijado, oyendo sus voces sin saber que muchos años después, repetiría cafés con humitas con don Andrés, hablando de tú a tú. 

“La novia de Ambo” solía repetir: “efectivamente me considero así, porque yo viví y vivo enamorada de mi tierra, Ambo. Deseó llegar al bicentenario, pero el Dios, en quien confió le regaló la eternidad en este mes. Fue sepultada el 14 de febrero del 2019 en el cementerio general de Ambo.