Escrito por: Jorge Cabanillas Quispe
Julián caminaba raudamente por la plaza de Armas de la ciudad de los vientos. Estaba sumamente enojado y no era para menos después de todo lo acontecido durante aquel día. Él, que de por sí detestaba los domingos, había decidido salir a caminar. Ese domingo no había inmovilización obligatoria y decidió salir. Apenas había avanzado una cuadra con su motocicleta, una voz enérgica desde un patrullero le pidió que se detenga.
—Caballero, usted no sabe que no se puede transitar con vehículos privados. Le vamos a tener que poner una papeleta.
No tuvo reacción, quería decir al efectivo que como casi todas las disposiciones del Gobierno, esta también le parecía absurda. No pudo articular palabra, firmó su papeleta y retornó a su domicilio. Pensó en quedarse ahí; sin embargo, una voz interior le aconsejaba que no debería darle gusto a los policías, que ese domingo ya había pasado cosas suficientemente malas como para que le pase una peor. Abrió la puerta y decidió salir a caminar. De repente su celular comenzó a sonar. Eran los burócratas de su trabajo exigiendo documentos y firmas sin interesarles que sea domingo. Se enojó y apagó su celular. «Nada puede ser peor», pensó nuevamente.
Se acercó a una tienda para comprar un cigarrillo y poder caminar tranquilamente por el malecón hasta llegar a la plaza. Al ingresar una señora bastante malhumorada le dio un sermón acerca del cuidado de la salud y de los nocivos efectos del cigarrillo. Tampoco dijo nada, asintió con la cabeza, se sintió culpable y se retiró del establecimiento. Durante su recorrido recordó por qué odiaba los domingos y sentía que ese día, ese único día él no encajaba en el planeta. Desde niño, los domingos le producían un sentimiento de tristeza sin razón aparente. Quizá porque los domingos son los días en los que uno pretende despertarse más tarde, pero ocurre todo lo contrario. Por esa razón y por pura rebeldía cada sábado se embriagaba para poder dormir hasta el mediodía del día siguiente.
Mientras pensaba sin darse cuenta llegó al centro de la ciudad. Decidió ingresar al Fon Wa, un conocido restaurante al centro de la ciudad. «Me voy a dar un gusto. Quizás así arregle este domingo tan pendejo», se dijo a sí mismo. Esperó durante aproximadamente media hora, eso le molestaba, y, desde luego, preparar lo que había pedido no suele demorarse tanto. De repente, por fin frente a él, una mesera colocó un plato de chaufa de pollo. La primera sorpresa llegó con el primer bocado, estaba demasiado salado, hizo un ligero gesto de disgusto y levantó la mano para pedir un vaso de chicha para mitigar el mal sabor. Sonrío al pensar que ese era su día de mayor saladera como decían sus amigos en el colegio, y continuó comiendo. «Nada puede ser peor», susurró. De repente, entre los cortes de la cebolla china notó algo que no formaba parte de los ingredientes del arroz chaufa: una cucaracha. Cucaracha que a diferencia del pollo estaba completamente dorada. Comenzó a refunfuñar dentro de sí, pensó en gritar, en maldecir públicamente a la moza, pero un momento de lucidez le hizo comprender que ella no tenía la culpa. Se puso en pie y llamó amablemente a la mujer que lo había atendido para hacer su reclamo. Esta, desconcertada, se fue hacia la cocina, salió y sin ofrecer disculpas se acercó a la caja. Julián permaneció en pie frente a la caja esperando una disculpa, pero lo que recibió fue una boleta con la que pretendían cobrar la mitad del platillo. Se quedó estático. Sentía como la sangre le iba subiendo raudamente y sus latidos se iban acelerando.
—No pienso pagar —sentenció.
—Pero comió la mitad —respondió la moza.
Seguramente la cajera vio cómo la expresión de los ojos de Julián iban cambiando y, tratando de calmarlo, le dijo que solo pague de la chicha. Julián dejó unas monedas y salió sin decir palabra alguna. No valía la pena ni siquiera exigir el libro de reclamaciones porque no estaba a la vista en ese lugar. Se marchó.
Ahora fumando un cigarrillo en la plaza de Armas, Julián con una papeleta en el bolsillo, con un sermón que no deja de resonarle en la cabeza y con la imagen de una cucaracha estampada, reafirma su odio a los domingos y maldice el momento en que levantaron el confinamiento.




