Nada ha cambiado, persiste lo habitual.

El fenómeno del turismo masivo transforma las localidades costeras, homogeneizando experiencias y diluyendo identidades. Sin embargo, persisten reductos que ofrecen una autenticidad inesperada. Esos bares ajenos a la fiebre del verano, anclados en una atmósfera de otra época, se revelan como oasis de desconexión, espacios donde el tiempo parece detenerse. Lugares donde la liturgia del fútbol se vive con una pasión desprovista de artificios.

…según la investigación publicada por El País, quien visite o resida en un enclave turístico comprenderá mejor la peculiar felicidad que supone hallar, sin premeditación, un bar que escapa al bullicio de agosto y a las exigencias del turismo contemporáneo.

En la descripción se menciona Sanxenxo, donde a escasos metros de los establecimientos de moda, un bar de siempre continúa ofreciendo una experiencia singular. “Dos veteranos” observan un partido del Villarreal-Oviedo, cada uno en su mesa, acompañados de vino y whisky respectivamente. El pago en efectivo es la norma, y los comentarios futbolísticos, directos y sin filtros, fluyen libremente. Se evoca el recuerdo de un aficionado exaltado en Pontevedra, criticando airadamente una jugada de Arbeloa. Este tipo de anécdotas reflejan la espontaneidad y el arraigo que caracterizan estos espacios. La publicación destaca que “la Primera División”, con su particular resonancia, actúa como un elemento unificador.

El reportaje, en su comparativa, rescata un monólogo de Carlos Blanco, donde un hincha, en lugar de recurrir a la violencia verbal, optaba por adjetivos inusuales para increpar al árbitro: “¡Parcial!” o “¡Voluble!”. En el bar de Sanxenxo, la interacción se basa en la observación mutua, buscando la complicidad a través de una risa compartida. A pesar de encontrarse en pleno apogeo turístico, reina una calma singular. La ginebra Gordon’s, servida en vaso de tubo, se erige como un símbolo de continuidad. La supervivencia de estos bares, añade el artículo, garantiza una conexión irrenunciable con un pasado que se desvanece gradualmente, pero que perdura en la memoria colectiva. “Este tipo de establecimientos”, con sus calendarios futbolísticos colgados y su rechazo a las tarjetas de crédito, preservan un ritmo propio y una autenticidad valiosa.

El reportaje concluye subrayando el carácter espontáneo de estos lugares. Nadie ha decidido conscientemente que sigan siendo así. Su persistencia es tan natural como el flujo de la marea o el encendido de una radio de transistores. En estos entornos, el tiempo se estratifica. Las derrotas deportivas, aunque dolorosas, generan historias, anécdotas y frases memorables que trascienden el resultado. Al cruzar la puerta de uno de estos bares, el visitante se encuentra de golpe con una atmósfera de antaño, donde la ginebra se sirve sin hielo y la modernidad se detiene. Estos espacios actúan como cápsulas morales, donde la vida adquiere una dimensión diferente. Se trata del último ritual que nos queda. Cabe destacar que, según datos del INE, Galicia recibió “más de 5 millones de turistas en 2024”, lo que evidencia la importancia de preservar la autenticidad de estos enclaves frente a la homogeneización turística. Un estudio de la Universidad de Santiago de Compostela señala que “el turismo experiencial, que busca la inmersión en la cultura local, está en auge”, lo que refuerza el valor de estos bares como elementos diferenciadores de la oferta turística.