Mucho ruido y pocas nueces

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

No son los políticos peruanos, salvo contadas, contadísimas excepciones, a decir verdad, gentes que se distingan por su clarificada sapiencia, por su depurado discernimiento, por su uso cuando menos ocasional de esa región del cuerpo a la que conocemos como cabeza. Y no lo son, desde luego, porque, para dedicarse “profesionalmente” a la política, en nuestro país no se precisa tener ni las más elementales credenciales académicas. Todo lo contrario. Pues diríase, incluso, que para ser un político exitoso en el Perú hay que cuidarse más bien de no mostrar ni el menor asomo de inteligencia. Hacerlo sería no sólo contraproducente para quien aspire a ganarse la simpatía de la población, sino también una suerte de garantía de fracaso en las urnas.  

Con todo y con eso, es de reconocer que por muy echados a perder que estén nuestros políticos en su gran mayoría, uno siempre tiene la esperanza de que cuando menos quienes lleguen a ocupar los cargos más altos, aquellos puestos que por su propia naturaleza implican una mayor responsabilidad por parte de los que los ocupan, sean individuos cuyas competencias los hagan no digamos ya destacar en lo que hacen, pero sí estar por lo menos a la altura de las circunstancias. Lástima que no sea así. Es lo que sucede, por ejemplo, con el cargo de presidente de la República, que por obvias razones debería estar ocupado por alguien que cuente con la solvencia académica necesaria para conducir los destinos de todo un país. Sin embargo, y como es de amplio conocimiento, en el caso del Perú casi nunca ocurre de esa manera.

Decimos esto porque basta echar un vistazo a los presidentes elegidos democráticamente en las últimas tres décadas, para darnos cuenta de que en nuestro país hemos tenido una “suerte” terrible al momento de escoger a quienes habrían de ser nuestros mandatarios. Y no hablamos ya, por supuesto, de que nuestra mala fortuna tenga que ver sólo con el hecho de que los presidentes en cuestión hayan hecho que sus mandatos se caracterizasen, en mayor o menor medida, por el imperio de la corrupción, que por obvio ya ni siquiera lo mencionamos; hablamos, básicamente, de que nuestra desgracia, nuestra vergüenza, obedece también a que no hemos sido capaces de elegir a mandatarios que se destaquen por sus cualidades profesionales, por ser, cuando menos, sujetos que sean una suerte de referentes en los campos en que se desempeñasen. Lo que si bien es cierto no es, a priori, garantía de nada; pero que sí se constituye, y esto es algo de lo que nadie podrá dudar, en al menos un indicio de que las cosas podrían marchar bien.

Esa ha sido nuestra cruz, como se dijo, desde hace ya una punta de años; y la verdad es que creíamos que, con la llegada al poder del presidente Francisco Sagasti, el maleficio, por fin, iba a romperse. Ello porque la impresión que en principio produjo en un amplísimo sector de la población, fue la de ser un hombre cultivado; alguien que por lo menos sabría conducirse con decoro al mando de la primera magistratura del país. El espejismo, sin embargo, nos duró muy poco. Pues no tardó en salir a la luz su soberana incompetencia para hacer cosas tan elementales, como dirigirse al país con un discurso medianamente coherente. 

Así, extraviado entre sus propias palabras, nuestro “presidente de lujo”, como lo llamaron en su momento no pocos noticiarios, que para la colocación de este tipo de denominaciones hacen las veces de programas de espectáculos, terminó demostrando que el puesto le quedaba grande. Que la imagen que en un primer momento quiso dar, y que dio a todos cuantos lo vimos asumir el mando en medio de la peor crisis política que ha vivido el país, no era más que eso: solo una mera imagen. Una ilusión que con el correr de las semanas se iría desvaneciendo irremediablemente, hasta mostrarnos al hombre que había detrás de ella. Un individuo que posee la “facilidad de palabra” que suele dar la lectura, sí, pero que, no obstante, carece por completo de la sustancia, esto es, de las ideas que en circunstancias normales contribuirían a darle solvencia a su discurso más bien vacío.

La prueba más grande de que los peruanos tenemos una suerte de perros con nuestros presidentes, la tuvimos durante la última conferencia de prensa dada por el señor Sagasti. Pues pudimos apreciar en toda su dimensión el nivel de incompetencia e incapacidad, para decir algo que cuando menos fuese medianamente coherente. Y lo peor es que se dio el lujo de ni siquiera darse cuenta del papelón que estaba haciendo. Porque por la forma en que llevó adelante la susodicha exposición, por la inmutabilidad con que se condujo durante todo el tiempo que duró esta, por la manera en que volvió a dirigirse a la gente después de aquello, para él no pasó nada. Para él todo estuvo bien. Y no, nada estuvo bien. Sobre todo, porque de lo que estaba hablando ese señor era de las medidas que ayudarían a paliar en algo los estragos que ya viene causando la denominada segunda ola del coronavirus, y no de los libros que ha leído. Que al parecer no le sirvieron de mucho. Como sea, ¿así como dice conocer la poesía de Vallejo, conocerá también Mucho ruido y pocas nueces de Shakespeare?