Por Arlindo Luciano Guillermo
“Si no vas a ser ingeniero, estudia para abogado”, me dijo, mientras enjugaba la frente con un deslucido mantel. Soy su primogénito, su primer grito heroico en el parto, en el Jr. Independencia, cerca del parque Roosevelt, donde, en los años 60, florecía un bosque de eucaliptos, en un claro destacaba la gruta de la Virgen de Las Mercedes. Si tuviera que elegir la docencia otra vez, lo haría mil veces sin titubear. La literatura se convirtió en pasión, mi obsesión comprar libros, no me desligo de la lectura, la escritura, la fabulación ni la composición. Ejerzo la docencia por vocación y la responsabilidad social de educar ciudadanos, convertir los cursos en medios para fomentar competencias útiles, hábito de lectura, pensamiento crítico, autonomía de decisiones, tolerancia con la discrepancia, convivencia democrática, conciencia de la pluralidad cultural, respeto de elecciones profesionales. No soy chofer rutero como mi padre. Mis tenaces noches de lectura fueron una epifanía.
Empecé enseñando Razonamiento Verbal en la academia Losa y Puga de Luis Díaz Marconi por intercesión de Roel Tarazona Padilla; aún no cumplía los 18 años. Ahí confirmé mi vocación por la docencia. Desde entonces he trabajado y estudiado sin tregua. Compré libros, leí sin parar en una habitación de 12 metros cuadrados, frecuenté amigos escritores, periodistas y políticos. Milité en la universidad en un partido de izquierda cuyo líder era Javier Diez Canseco. Me entró la locura de abandonar la facultad de educación; ese año repetí, jalé todos los cursos, incluido los que enseñaban los docentes amigos. En 1989 egresé; en marzo de 1990 enseñaba en el colegio María Auxiliadora. Ahí estuve diez años con las hermanas salesianas donde aprendí el sistema preventivo de don Bosco. Mi aprendizaje profesional fue trascendental; jamás he negado la influencia del María Auxiliadora en mi desempeño docente. Durante esa década enseñé literatura. Llevé las enseñanzas de Andrés Cloud, mi profesor en la universidad: “la literatura se aprende leyendo”. Eso hice con las estudiantes, quienes aún recuerdan, en eventuales encuentros: ritmo exigente de lectura de poesía, cuentos y novelas. Leían un libro al mes. Lo mismo hice donde enseñé. Siempre les di ejemplo y autoridad para leer libros. A mi ejercicio docente he sumado el periodismo televisivo, radial y escrito; escribí ficciones que no publico y letras de canciones cuyas melodías les corresponden a Ruco Vargas, Omar Majino y José Carlos Espinoza.
Jamás desanimé ni reculé por enseñar. En el trabajo pedagógico hay que saber para qué deben aprender un tema, cómo lo van a lograr, qué utilidad práctica va a tener en la vida diaria. Nadie ha muerto por no saber matemática ni anatomía. Si eso no está claro, solo se enseña para aprobar cursos con intrascendencia. Siempre he respetado las opiniones, opciones sexuales, colores de piel, supersticiones, ideologías, religión, ateísmos juveniles, agnosticismos precoces, posiciones económicas, procedencia cultural, desprecio por el libro y el hábito de lectura de estudiantes, padres de familia y la sociedad. El docente es un demócrata que sabe que en un salón de clases hay pluralidad de caracteres. El docente advierte a tiempo el semblante y estado anímico los estudiantes. A Leslie le asigné la lectura de Los inocentes de Oswaldo Reinoso; tenía que leer obligatoriamente. En la evaluación escrita dijo: “Esto es una porquería”. Hoy es una economista de alto desempeño, hija de una veterana enfermera de la Diresa, que combatió, en primera línea, al Covid-19, y de un docente universitario. Le puse 20 en el bimestre. Un padre de familia, muy ofuscado, me aborda en el pasillo, cerca de la capilla de la Virgen María Auxiliadora, y me reprochó: “Mire, profesor, mi hija no va ser escritor como sus amigos”. Le respondí: “Por supuesto que no, pero tampoco va a ser emolientera”. Lo tomó como una actitud irrespetuosa. Yo me retiré con la conciencia tranquila porque estaba en lo correcto: “se aprende literatura leyendo”, no con catálogos ni biografías de autores. Ese ilustre caballero, luego amigo mío, funcionario de la municipalidad provincial, se opuso a que leyeran Malos tiempos de Cárdich. “Recuento” le parecía pornográfico. Una estudiante quedó con el apelativo de Remedios la Bella porque consideraba que era más importante que el coronel Aureliano Buendía. La pillé leyendo en clases El amor en los tiempos del cólera.
Vale la pena ser docente. Horas de trabajo en el aula implica preparación de clases, lectura, investigación, sistematización de información, elaboración de PPT, videos, materiales de trabajo, instrumentos de evaluación y comprobación, revisión de exámenes, sesión de aprendizaje, elección de competencias. Despertar el interés del estudiante es un desafío y una prueba de fuego. El bostezo y la somnolencia son malos indicadores. Improvisar una clase es una estafa, una irresponsabilidad inaceptable, un atentado contra el derecho a una educación de calidad. El rol del docente es generar condiciones idóneas y adecuadas para el aprendizaje y estimular el afloramiento de habilidades y competencias. Los estudiantes no son estatuas de mármol, sino arcilla fresca y moldeable que espera al diestro alfarero. Un interlocutor deslenguado y ebrio me dijo: “Eres un fracasado, profesorcito de mierda, un muerto de hambre”. Respondí con silencio sepulcral. Años después enseñé a sus hijos en el colegio y la academia. La docencia me ha permitido vivir con holgura económica, dignidad, paz, cómodamente, sin precariedad ni complejos de inferioridad. No es verdad que el docente está condenado a la pobreza.
Sigo enseñando. Intenté tres veces ingresar, en “concurso público”, a la docencia universitaria, pero la valla académica y meritocrática es altísima para mí. Voy a enseñar hasta cuando mis facultades físicas y mentales me lo permitan. La docencia es mi vocación, mi pasión por enseñar, la satisfacción de saber que el estudiante aprende. La virtud del docente es la paciencia, la tolerancia, el respeto y la empatía. El conocimiento es posible aprender sin docente, con inteligencia artificial, tutorial de YouTube o aplicativos educativos. El ejercicio de la docencia es vocación de servicio y responsabilidad social; no se trata solo de trasferir información, evaluar y valorar aprendizajes, aprobar o reprobar. Esta rendición de cuentas a la ciudadanía no es un presagio vallejiano. Mi vida personal no es ejemplar, pero contiene experiencia y lecciones. Soy un profesor que enseña feliz, tiene el privilegio exclusivo de educar ciudadanos. El cemento y los fierros son fríos; la justicia y la ley, ciegas. La docencia es pedagogía, filantropía y la satisfacción de ver al niño de ayer convertido en un ciudadano decente y emprendedor. A estas alturas de mi vida calza preciso Joaquín Sabina: “No tengo nada que olvidar de mi pasado / por eso espero que el olvido no se olvide de quién fui / he dado más de lo que algunos me han robado / sin olvidar a la que se olvidó de mí”. (Sintiéndolo mucho).




