MI PAÍS, AHORA LO COMPRENDO, ES AMARGO Y DULCE

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

 ¿Realmente conocemos la historia de la república desde 1821 hasta hoy? ¿Qué hemos aprendido de historia en la escuela, la universidad, en la familia o en la tertulia de amigos? ¿Solo ha bastado las lecciones de historia que procedían de los clásicos libros escolares de Gustavo Pons Muzzo o Juan Castillo Morales? Recuerdo, casi fotográficamente, a mis abnegados docentes de historia exigiéndonos memorizar la frase de Bolognesi, algunas aposiciones epónimas, fechas, personajes (Leoncio Prado con su taza de café frente a un pelotón de fusilamiento en Huamachuco), episodios de la guerra contra Chile, la invasión nazi a Polonia; de los fascistas Mussolini y Francisco Franco, de los campos de concentración nazi, del surgimiento, en 1982, de Sendero Luminoso en Chuschi nada; solo un listado de obras públicas de presidentes de la república, conflictos bélicos y diplomáticos (casi siempre desfavorables para el Perú) con países fronterizos. Para ese estilo de historia, la memoria repetitiva, pasiva e irracional era el modo de aprender historia del Perú. ¿Tiene propósito enseñar historia del Perú privilegiando la repetición sin ton ni son?  

 La jura y proclama de la Independencia, el 28 de julio de 1821, fue solo un acto protocolar similar a las ceremonias en las plazas de armas de las ciudades de hoy los domingos, el 7 de junio o Fiestas Patrias. El generalísimo don José San Martín -ese argentino libertador, aquel mismo que había cruzado valientemente los Andes junto a las tropas de patriotas de Chacabuco y Maipú, el que desembarcó en Paracas- ingresó a Lima cuando el virrey José de la Serna había escapado al sur (Cusco) para desde allí seguir gobernado el virreinato más grande de América del Sur. Sinceramente (no hay que ser un historiador) para el pueblo, la servidumbre de las haciendas y casonas aristocráticas, los negros esclavos, los indios discriminados y considerados socialmente inferiores, los mestizos emprendedores o los pequeños comerciantes no significó libertad, igualdad, autonomía, patria ni oportunidades para mejorar la vida y la condición social. San Martín fracasó con el proyecto monárquico junto a su hábil ministro Bernardo Monteagudo. Luego ingresa a la escena Simón Bolívar, Manuelita Sáenz y Faustino Sánchez Carrión. Tendríamos que esperar el 6 de agosto y el 9 de diciembre de 1824 para sellar la independencia y la firma de la capitulación. España tuvo el descaro de reclamar colonias. Por eso se produjo el Combate de Dos de Mayo en 1866; era presidente del Perú Mariano Ignacio Prado , padre de Leoncio Prado Gutiérrez y Manuel y Javier Prado y Ugarteche.

 El bicentenario de la independencia nos coge en crisis institucional y credibilidad de líderes políticos y en la encrucijada existencial de elegir, en segunda vuelta, entre opciones radicalmente opuestas. En 200 años no hemos aprendido a sancionar democráticamente a gobernantes que hicieron del Perú un botín de guerra, una “parcela feudal” o una empresa privada para hacer lo que quieran; lo peor: con nuestro voto y consentimiento. En democracia también hay masoquismo, lealtad perruna, lecciones tiradas a la basura, rectificaciones convertidas en sinvergüencería y recurrencia patológicas. Luego de años regresan a las elecciones como si nada hubiera pasado. Terruquear (acusar deliberada y falsamente de comunista y terrorista) es la vil y maquiavélica estrategia para borrar del mapa al contrincante político e ideológico ante la carencia e inopia de argumentos y debate razonable. Vivimos aún en un país con brutales desigualdades sociales y económicas, con brechas sociales de espanto donde la gente no exige empleo, sino “bonos del Estado” para sobrevivir, con estudiantes que no tiene acceso a una educación de calidad, con escasa atención primaria de salud, sin agua, desagüe, ni luz eléctrica, con ciudadanos que viven en la espesura de la selva o en las alturas de la cordillera, sin oportunidades ni derecho a mejorar la calidad de vida. Hoy aún se mata a ciudadanos inocentes por razones políticas y de “absurda limpieza social”. Ese Perú va a cumplir 200 años mientras otros ciudadanos tienen sueldo fijo, rentabilidad, van prestos (por no decir felices) a los centros comerciales, gozan de tecnología, Netflix, cable y otras gollerías (merecidas por supuesto) de la sociedad consumista, de espectáculo, de trivialidad y la comodidad en la zona de confort.    

 Las redes sociales se han convertido en el otro escenario del debate político, las simpatías y preferencias electorales, pero con ferocidad, insolencia e impunidad descomunales. Un meme es equivalente a un pasquín, un libelo o una sentencia a muerte sin pruebas ni alegatos. Se insulta, difama, adjetiva cruelmente, azuza o, en vano, convencer sin argumentos, solo con palabras e imágenes henchidas de odio y resentimiento. La discusión así es una bravuconada de barras bravas. No hay docencia política, reforzamiento de la democracia electoral, no importa quién gobierne, pero mi candidato tiene las mejores credenciales para hacerlo. Las redes sociales, en esta coyuntura, son fuente de toxicidad, ambigüedad, miedo y estupidez.

 El ensayista, periodista, crítico literario y poeta Sebastián Salazar Bondy (1924-1965), uno de los mayores exponentes de la Generación del 50, en 1960 publicó el libro Confidencia en alta voz. Uno de los poemas de elevada sensibilidad, desilusión, pero también de fe y esperanza, titula Todo esto es mi país. Se advierte, desde el principio, el reconocimiento de la pluralidad y diversidad, no solo lingüística y multicultural, sino también geográfica, social, política, histórica e ideológica. En realidad, eso es el Perú. Basta viajar solo 30 minutos para comprobar la zona rural y sus carencias o levantar la mirada hacia los asentamientos humanos en los cerros o montañas para constatar que las diferencias con la ciudad son notables a leguas. “Mi país, ahora lo comprendo, es amargo y dulce”. Este verso resume las contradicciones que conservaremos siempre, pero, a la vez, es una fortaleza y un desafío para vivir en democracia, respetando las ideas, al ciudadano, las instituciones, la vida y la voluntad del pueblo.